La Inteligencia
Artificial simboliza el inicio de una distopía parcialmente análoga a la de “Un
mundo feliz”; la diferencia radica en la simulación digitalizada y el
ofrecimiento voluntario de lo íntimo. Bueno, en verdad, el
ofrecimiento no es completamente voluntario sino también coercitivo;
verbigracia, el sistema económico actual, o sea, el capitalismo tardío que
opera bajo la consigna de la democracia liberal, beneficia –entre la clase
media y el pueblo–, en mayor medida, a quienes tengan cierto capital.
De lo contrario, deben conseguirlo y, para ello, son
contratados por empresas que al mismo tiempo favorecen a Estados con el
propósito subyacente de que sus legisladores elaboren leyes ad hoc. Es interesante notar –e
inevitable alargar este discurso– que ese esquema
empresarial se caracteriza por la camaleonidad,
es decir, abundantes libertarios tomaron el fantasmal concepto marxista y las
intrépidas aventuras de Fouché para darle vuelta transformándolo en una
plastilina manipulable que puede ser ora antiracista ora proaborto con el único
fin de vender un largometraje sobre el Ku Klux Klan o preservativos. Entonces,
aparece el subempleo, empero, según mi fórmula, igualmente es manoseado por el
pérfido sistema, retroalimentando al simio aléxico… Sartre se equivocó de
axioma: el mercado precede a la substancia y, por ende, deja de nutrir a la
existencia.
En fin, causa contrición
entrever, mejor, prever el término del espíritu humano debido a la disolución
de la realidad mediante cables y redes. Seguro que de aquí a cincuenta años en
adelante cualquier atisbo de dolor o un mínimo de placer sufriente –más allá de
las recompensas– serán eliminadas con fármacos profilácticos. [1]
Así no dejarán espacio alguno para la eclosión del talento, de la verdadera
inteligencia; [2]
mudando de palabras, hemos fabricado nuestro propio féretro, uno que está en la
nube.
[1] La voz profiláctico, a es común en la jerga médica; según el DRAE proviene
del griego y designa el método para preservar al paciente o, él mismo,
preservarse, precaverse, de una enfermedad.
[2] Definir ‘inteligencia’
es complicado, no embargante, compararla, como hizo el psicólogo estadounidense
Gardner, con la habilidad, incluso con el talento, es caprichoso y respalda,
quizá deliberadamente, las locuras de esta era donde el genio se democratiza
multiplicándose. Erran, igual, quienes, echando mano del efectivismo
corporativo, la califican de “capacidad para llevar a cabo planes y resolver
problemas”.
Ambas posturas son
demasiado simples; yo, en vez de ello, sugiero esto: la inteligencia ha de ser eso que permita inventar un sistema
abstracto con el cual darle sentido al pandemónium cósmico.
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