El
5 de mayo había llegado pronto del trabajo y almorzaba fumando un cigarrillo
lacónicamente. Desde esa rutinaria posición disfruté del sosegado vaivén de las
palmeras. Sucedía frente a mi hogar, en un parque concurrido. Usualmente era
despejado tras el atardecer, salvo por no muchos enamorados que rozaban sus
labios a oscuras.
Mirándolos
con lascivia finalicé mi decimosegundo pitillo y, de súbito, una gavilla ocupó
el horizonte. Conjeturé que alquilarían la losa deportiva y les di nula
atención. Fui a mi oficina a revisar ensayos de mis alumnos –nada bueno hallé,
las mismas palomilladas de siempre– hasta que el cuco pio las 5.
Estimulado
quizá por una corazonada o por el instinto territorial, resolví verificar su
presencia. ¡Carijo, qué espanto colosal me llevé al verlos tendidos en un gran
banco! ¡Qué querían? ¿Robar? ¡A pequeñoburgueses? Luis, mi vecino, reparó en
los invasores durante un segundo y pasó de largo, apurado. ¿Qué o quién lo
apuró? ¿Ocultaban viles intenciones?
Cuando
trataba de estudiar su desaliño, sus modales fingidamente nobles y su habla
entre jergal y refinada, una alarmante sirena hizo que nuestros ojos se
encontrasen. Ellos, como el armario de Narnia, exhibían maravillas: entreví el
tamaño de la verdad; reafirmé que la finitud –igual que la infinitud– era
un sofisma; asistí al final de este universo y comprobé la placidez de morir.
Aquel
intolerable sonido, que precedió a mi abducción, [1]
venía de un patrullero. Un oficial bastante abultado bajó para exigirle a la
banda sus documentos de identidad. Todos los cedieron afablemente; sin embargo,
citando a la Constitución de 1993 refutaron la imputación del presunto delito
en que incurrían:
–Ajá
–dijo el policía, aburrido–, están molestando a los vecinos.
–Y
ellos a nosotros –espetaron al unísono.
He
olvidado en qué momento decidí velar a los foráneos leyendo a José Romero,
quien afirmaba: “El entendimiento de una novela es incomparable al efecto
sentimental generado por su lectura” (Movilidad,
p. 55) –cuánto más podría discordar de ese señor.
Evoco,
sí, rodearme de humo o haberme colocado la piyama; evoco, sí, acariciar a mi
gata Esmeralda u oír el minigong que mi padre trajo de China. Evoco, sí,
descorrer la cortina esperanzado en su retiro o cabecear diez segundos; evoco,
sí, poner el separador en la página 5 o 155… Mas, con tino, sí rememoro la luz
natural que me informó sobre su ausencia. Ella, en vez de tranquilizarme,
propició un extenso cuestionario.
Inconsciente,
salí; afuera una reconocida voz me guio a una fachada cuyo seguro estaba
destruido. Penetré el jardín y luego la casa; no obstante, los gritos, la
tiniebla y unos pasos ubicuos, disminuyeron mi valor. En un iluminado cuarto
yacía Luis; supe de su deceso empleando fríos procedimientos médicos.
Desde las alturas un estrépito interrumpió mis sospechas de homicidio; ahora nada iba a detenerme, subí: entes saltaban al techo de una pensión contigua. Persiguiéndolos me topé con la habitación 5, lugar de melancólica felicidad, aunque en ese instante su dueña fuera ultrajada. Enérgicamente intenté socorrerla, pero todos mis nervios se entumieron. Aun la voz, pues me desoí injuriosos reproches y hartos lamentos –¿acaso era víctima de una hemiplejia?–. Sea como fuere, los verdugos ya habían girado.
[1]
Lector, le ruego comprenda que, bajo insólitos estímulos, pude haber alterado
el orden de los sucesos y las siguientes líneas guarden incoherencias.
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