Introito
La única equivocación estilística de Proust al
escribir Por el camino de Swann,[1] es su predilección
por el barroquismo, quizá debido a su juventud, en varias partes de su
fragmentaria novela. Cabe aclarar que discuerdo de quienes tienen una opinión
hiperbólica o afirman que el afamado escritor parisino reinventó la literatura,
pero sí he de reconocer que introdujo el género “no ficcional” de las memorias
–antaño compuestas, y a causa de ello más importantes, por socialites y nobles– a la literatura con sus digresiones tendientes
a la filosofía, música, religión, etcétera.
Lo cual le permite crear algo mejor que, como él dijo,
una catedral gótica llena de ventanales, cúpulas y gárgolas pues al final, la
obra, causa letargo y posee un carácter contranovelístico. [2] El
deseo de Proust es de protesta, mas una antigua reconocida desde los tiempos
del Gilgamesh y la Biblia –así, al
menos, dan muestra sus innumerables versiones o cambios internos–. Sin embargo,
insisto, apacigüemos nuestros encomios, Marcel dista mucho de ser perfecto y
también demasiado hondo, lo que es patente, verbigracia, cuando juzga la
Historia.
Juzgar “con” la Historia
Terminar el primer volumen de su monumento
bibliográfico lamentándose de lo que llamaba “vulgaridad e insensatez” respecto
del tocado de las damas de principios del siglo XX, da cuenta de una omisión
propia de su tiempo y de muchos tiempos: juzgar históricamente.
Un juicio depende del momento en que se viva y del
consenso mayoritario de personas que ignoran, por lo general, la naturaleza
humana. Me causa extrañeza que un observador profundo como lo fue el autor de
que se trata no haya advertido cómo avanza la Historia, es decir, según el
esquema de Sartre: dialécticamente, con incoherencias, retornando. La Historia,
en ese sentido, está entrecruzada, atravesada, verticalizada y horizontalizada
por todos sus caminos habidos y por haber.
Consecuentemente, el contenido de la frase marxista
“el hombre hace la Historia” obvia preguntarse ¿con qué fin amén del práctico? [3] Contestar
“con uno espiritual” derrumbaría la teoría de Marx, al menos en sus aspectos
materiales. Más bien, un pensador moderno se preguntaría ¿para qué “el hombre
hace la Historia”? La hace, replico, por un terrible aburrimiento, por el ansia
de cambio. ¿Qué son si no las modas? ¿qué impulso llevó a las feministas
decimonónicas a contribuir con la variación del vestuario femenino?
El impulso creador o creativo del hombre le viene de
la emoción, máxime, de los sentimientos. A nadie se le ocurre exclamar “hoy
pintaré ‘La creación de Adán’”, “hoy descubriré las partículas atómicas”, “hoy
compondré el ‘Claro de Luna’…” No, no, los grandes trabajos se cocinan
lentamente guiados por algo parecido a la intuición sometido a una parcial
racionalidad.
Por eso, ya volviendo a hablar de Proust, jerarquizar de
modo temporal ocultando el gusto del confidente es apresurado. ¿Qué diferencia
profunda hay –le cuestionaría– entre los corpiños, las siluetas en S, la
chistera de los caballeros y las actuales zapatillas, los tejanos o el saco
deportivo? Ninguna.
El tiempo
El autor concibe el tiempo como un pedazo de memoria
que puede desmontarse, alterarse y hasta jugarse. Eso se echa de ver en la
escena de las magdalenas al principio de la obra; en ella, el dulce y el té
representan el ansia por aprehender el pasado. Charles Swann, por su parte, y aunque
a menudo el autor le contagia sus pálidas convicciones, representa el ancla
cronológica, un organizador involuntario de la estructura prosística. Odette,
en cambio –a quien con negligencia la conoce al inicio de la novela en casa de
su tío–, representa otra ancla, ésta sujeta a la realidad perdida.
Ir por el camino de Swann significa, además, ir por el
camino matizado, frecuentemente oscuro, de esa alta y mediana burguesía que
luego del Segundo Imperio presumió de asemejarse a la nobleza reinante y a la
pretérita aristocracia; y ya que nada es demasiado gustoso, la imaginación
proustiana, nos muestra, de refilón, el mundo de las cocottes y las demi-monde,
aquel de la simulación, la perfidia y las torpes convenciones sociales; en
suma, el mundo.
Y no es que la gente de alto copete sea nefasta o vil,
si no que es tonta, verdaderamente boba. Tampoco Marcel defiende al pueblo, opuestamente,
lo analiza con fiereza y en bastantes ocasiones lo vitupera; por ejemplo, enseñándonos
el doble rasero de la criada Françoise. [4]
Lo prohibido
Ha menester resaltar tres momentos en que el escritor
parisino sugiere y publica relaciones lésbicas a la sazón reprobables: a) Mme
Verdurin comenta, alegre, que ha sido la casamentera de dos mujeres; b) Charles
recrimina a Odette respecto de una carta anónima donde se afirma que ella tenía
amantes de ambos sexos y c) el narrador, escondido, atisba a la hija del
pianista Vinteuil abrazada con una amiga famosa en la comarca por su lubricidad.
La lectura
Por último, el escritor argentino Ricardo Piglia afirmaba acerca del vínculo del pensamiento y las emociones con la lectura más o menos lo siguiente: “Lo que uno ha pensado y sentido muchas veces se encuentra en los libros.” Claro, tal vez, la razón estribe en que pertenecemos todos a una misma especie constituida de forma similar y, dadas unas condiciones estimulantes, reaccionamos parecidamente. De igual guisa supone Marcel ya que se inventa a Bergotte, un escritor desconocido, y a Bloch, [5] un intelectual y compañero de colegio, para definir que la lectura nos deja apropiarnos de la vida del personaje sobre el que leemos.
[1]
Marcel Proust, Alfaguara, Colombia, 2025.
[2]
Ya sabrán que esa es una feliz
invención de Julio Cortázar.
[3]
A propósito, la averiguación
sartriana trasciende su posición ideológica, puesto que él era marxista.
[4]
Quien se comporta altaneramente con los suyos del mismo modo que una comadre de
barrio.
[5]
Ese Bloch caracteriza el típico intelectual del que se burlaba Woody Allen –en Stardust memories compara a los intelectuales
con la mafia– que, dicho sea de paso,
absorbe tanto de Mel Brooks, los hermanos Marx y Perelman, como de Svevo,
Chéjov y el mismo Proust, a quien cita en muchas de sus películas.
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