Resulta
antojoso que varios literatos posean la cualidad de intuir el futuro examinando
el presente o remontándose al pasado. De ese modo guardan mayor relación con la
ciencia. Por ejemplo, el filósofo Robert P. Crease igualó los grandes
experimentos científicos a obras maestras del arte. Y el neokantiano Georg
Simmel sugirió, gracias a la falta de documentos, que la Historia fue creada
por los historiadores.
Muchos
teóricos conquistaron la verdad deduciendo –‘deducir’ significa imaginar
lógicamente–: nadie llegó a la pirósfera, mas, afirmaron su existencia en el
pizarrón; un tal K. jamás fue contratado, mas, vaticinó la absurdidad
burocrática. He ahí el parentesco, entonces ¿por qué no ficcionar lo ulterior
desde ya como Orwell, Bradbury o Dick?
Estos
cultores del género science fiction [1]
soñaron en vez de inventar, posiblemente compartían la superstición del vulgo,
a saber, eludir nefastas predicciones febriles narrándolas. Yo, que estoy
vedado de ese privilegio literario; yo, que huyo de la rusticidad, relataré
dos:
1.
Soportaba
el peso de una mochila escalando un médano. Frené, transpirado, y me limpié la cara;
el desierto, repleto de bultos irregulares, o la verticalidad solar provocó que
sacara un aro diamantino. En el lugar más elevado del médano una sombra hacía
gestos receptivos. No hubo tiempo para aquilatar; inesperadamente varió la
circunstancia.
Frente al espejo un desconocido contorno oteaba sus granitos. Salió del baño hacia dos alfeizares vertiginosos, y una recia voz exclamó: “¡Eh, Matías! ¿La guardas? ¡Muéstramela, muéstramela!” Aquel fervor procedía de un canoso vaquero ubicado en un departamento fronterizo. Tendió las manos revelando una sonrisa; ahora emulaba el imperativo. Sin que lo notara, hombres brotaron a su zaga… y Matías lanzó la argolla.
Transición
[Los
siguientes baches lingüísticos configuran el ambiente: niebla que hiede a
tabaco; una mesa de raros objetos; perfiles iluminados; un diálogo
ininteligible; John Wayne o John Ford apuntándome con un revólver.]
2.
Librándose
de alguien rodó por la escalera.
–Siéntate
–le mandó una dama pelirroja–. Bienvenido al cabaret Antonella.
Obvió
el parche gracias a la elegancia de su interlocutora.
–¿Conoces
a Matías? –inquirió fumando.
Luego
abultó sus pechos reposando el torso sobre la mesa.
–Fíjate
–con los dedos recorrió una de sus piernas y, abriendo el escote inferior del
vestido, la cruzó–, como sabía que ibas a venir me puse pantis de tul… ¿Me
deseas? –preguntó ávida, arrojó los
tacones y se despojó de la ropa interior–. Tal vez eres Matías y esta sea una ocasión
irrepetible, tú ocasión.
De
pie, rosó mis labios y pronunció de manera salvaje:
–¡Sí,
eres él! ¡Tómame, qué esperas?
Lo
demás fue silencio.
O no tanto, pues aparecí
sentado en la última fila de un aula universitaria y observé una gran pizarra
de acrílico llena de símbolos lógicos que, según matemáticos ingleses y
alemanes, sirven para comprobar la veracidad de afirmaciones. Al lado de la
prolija tabla estaba parado un hombre inelegante, muy diferente de la imagen paradigmática
de un profesor, parecía un jovenzuelo de los años setenta, con el cabello afro,
camisa de ancho cuello y jeans acampanados, mezclado todo eso
con el estilo pandilleresco de inicios de siglo, es decir, gorro deportivo,
zapatillas Nike y cadena plateada.
De pronto, una fuerza
insólita me jaló hacia la primera fila y, coloqué, sosegado, mis codos encima
del pupitre. El maestro se aproximó al público y espetó seriamente: “Alumno
Romeo”. ¿Romeo? ¿Quién nombra así a su vástago?, pensé. “Alumno Romeo”, repitió
aún sin gritar. “¡Alumno Romeo!”, me miró fijamente, e inseguro, contesté: Sí,
profesor. “¡Tengo que llamarlo tres veces para que responda! ¿Acaso necesita
que le timbre el teléfono?” La audiencia río y volteé poniendo cara de
sorpresa.
Ese no es mi nombre,
profesor. “¡Cómo, ahora quiere que vaya a la Dirección de Registros y traiga su
documento de matrícula!” Los muchachos volvieron a desternillarse; empecé a sospechar
sobre mi permanecía en la realidad, y disimuladamente, me pellizqué el dedo
meñique. “Mejor, muéstrenos su DNI. Vamos, sáquelo de su billetera. Todos
ansiamos ver su rostro de tristes ojeras y labios enfermos.” El gentío gritaba
¡qué la saque!, ¡qué la saque! ¡Están locos? No la mostraré, exclamé igual de
alterado. “Si no lo hace por las buenas, señor Romeo, lo hará por las malas.”
¿Me amenaza! Me voy a quejar al decanato. ¡Qué se lo saquen, qué se lo saquen!,
seguían cantando, con euforia, mis compañeros saliendo de sus butacas y
aplaudiendo al ritmo de su lema.
El catedrático se lanzó tratando
de meter su mano en mi cardigan negro. Eludí el atropello y
chocó contra el respaldo del asiento del pupitre; troté hacia la salida
mientras la turba me perseguía. Manipulé la manija: estaba bloqueada. Entonces
cogí un extintor de emergencias y pregoné: ¡Daré golpes a quien trate de
tocarme! Luché como pude, mas, fui rodeado por varios; me samaquearon llevándome
al centro del salón. Y alzado en brazos, un tipo cuyo nombre desconocía extrajo
mi billetera y enseñó el documento al pueblo cual Robespierre la cabeza de Luis
XVI. Luego me soltaron y empezaron a asfixiarme con sus húmedos cuerpos; pedí
auxilio, pateé sin atinar y oí de nuevo.
“Alumno Romero,
despierte, se quedó dormido. Explicaba las leyes de la lógica filosófica”. Sí,
perdón. Ayer no dormí bien; continúe, qué dijo. “Decía que nada debe darse por
sentado, todo debe comprobarse. Vea éste enunciado que he escrito y fíjese el
de abajo. ¿Nota alguna diferencia?” Claro, el primero es una oración que
afirma, y el segundo ya no es una oración sino la simbolización de esa oración.
“Excelente, ahora repare en éste símbolo”, trazó una raya. La cual sobresalía
del muro plastificado, aumentaba en relieve; busqué complicidad en mis
compañeros, pero no obtuve respuesta.
Regresé a la posición
original y noté su ausencia (la ausencia del catedrático); con la mirada,
indagué y justo inició un sismo, un terremoto, y se disparó la manada
aglutinándose en la puerta, empujándose y desoyendo al brigadier de la clase
que era yo. Las paredes caían y el techo se desquebrajaba; aturdido, sacudí la
cabeza para quitarme el polvo del yeso, y reparé en algo que brillaba a lo
lejos, algo esplendoroso que se acercaba lentamente. ¡Es la raya, es la raya!, bramé.
Dibujándose con infinitud en la Vía Láctea, flotaba y yo junto a ella, carente de
oxígeno o traje astronáutico que me protegiera de la radiación.
Soñaba, cavilé, dentro
de un sueño y, probablemente, dentro del anterior. Insulté a mi magín por
parecerse a una muñeca rusa, contemplé la Luna y maldije al divino creador por
no haberme dado, para usar un famoso galicismo, la chance de despedirme de mamá. Tal vez fenecí durmiendo, medité, ¡irónico!,
en una clase donde el Circulo de Viena era celebrado… ¿Qué haré en medio del
silencio rotundo, en medio de la eternidad, en medio del aburrimiento?
Revisé el reloj que me
regaló mi tía, al menos seguía funcionando, acto seguido quise formular una hipótesis
acerca del tiempo como el ingeniero de aquella novela de Mann, mas, frené
mis ánimos. Siquiera supe que la progresión existe y es medible, y si la
progresión es medible en la muerte, significa que nuestra consciencia puede
emplearse para descifrar incluso lo irracional. ¡Menudo descubrimiento! ¡Kant
acertó!, chillé emocionado.
Deslizábame conducido
por el azar, por los hados, a la espera de no chocar con algún astro; en ello esquivé,
instintivamente, un asteroide y, a la postre, durante mi peregrinaje
extraterrestre, escuché sonidos de distinto jaez, cavernarios y un tanto
grotescos imaginando que Galileo debió escuchar esos ruidos helénicos, dignos
del Polifemo odiséico o del Cancerbero danteano.
Seguramente, aquilaté al
cabo, seducido por los murmullos del Sol dobló su telescopio. ¡Ah!, desde aquí
no logro divisar los océanos, estoy en una posición opuesta a mi hogar. Penoso
resulta saber que pronto los humanos absorberán la fuente líquida. Deseamos
demasiado… ¿para qué? ¿cuál es el fin? ¿sirve la golosinería cerca de la
extinción? De esa suerte, una que cualquier lector superficial juzgará de neurótica,
iba moviéndome en el mantel negro de lunares fulgentes; cambié de dirección
para otear a Marte y con tino rieló un riachuelo pícaro a la vera de una nave
Space X cuyo bastidor mostraba un dibujo de dos personas desnudas saludando.
¿Cuántos planetas o
exoplanetas pretende colonizar la NASA?, pregunté. Un cuerpo fugaz pasó encima
del dios romano y siguiendo mi costumbre pedí un deseo; deseé, por supuesto,
redimirme del calvario. A pesar de que, ocasionalmente, libre y ágil, me
divertía volando al través del universo. Todavía estoy a tiempo de volverme
epicúreo, manifesté, descreer de la existencia del cielo y complacerme con todo
esto. ¡Badajo! Trataré de dormir, quizá el sueño me conduzca hacia otro lugar.
Sin embargo, no lo hice,
más bien, evoqué, de manera inédita, a Ingrid Bergman, en una famosa escena de Casa Blanca. Lucía particularmente
bella con su vestido de encaje, ojos acuosos, comisura ligera, nariz respingada
y simétrica, cabellera llena de bucles de finos contornos y rostro acorazonado;
parecía, en suma, un cuadro renacentista.
Y exactamente unos segundos
después empecé a visualizar la raya que se extendía en un espacio lúgubre.
Impactó contra un platillo musical produciendo un sonido hondo. De ahí brotó un
grupo de cadáveres enfilados y la raya se convirtió en una flecha que los
laceraba hundiéndoles en la negrura inferior. Llegó mi turno, sentí a la muerte
aproximarse y no la temí porque me liberaría del castigo… oí el golpe de una
regla y callé.
No
reflexioné en ellos hasta describirlos, porque la escritura concede otra forma
intelectiva. Freud hipotetizó que al acostarnos nuestro inconsciente proyecta
temores egocéntricos. Pero ¿cómo analizar un Ego mutable? Especialmente sueño en desconocidos, todos varones y
hablantes de idiomas foráneos. A menudo sé quién es Matías Chuquiruna y no
reniego que yazca rodeado de libros; también a menudo ignoro quién soy y acepto
la nueva realidad como yo el
recuerdo, al levantarme.
Aparte, las figuras oníricas carecen de orden temporal; de repente brincan hacia delante o hacia atrás –¿son lucubradas por Faulkner?–. Incluso si echamos mano de la teoría estructural bartheseana –en síntesis: una prosa impuntual guarda proporciones–, hay recelo de aseverar lo que ocurrirá. Pues el hilo a seguir se transforma velozmente, igual los fines.
[1]
Tremendo pleonasmo, pues casi toda la cultura humana es ficticia.
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