I
Bastante
tiempo ha no leía una obra sutilísima y recalcitrante como El olor humano de Ernő Szép. ¿Por qué tiene esa característica?
Bueno, para responder me agarraré conceptualmente de aquello que las academias de
Budapest sostienen, es decir, el abszurd
elő futár o la fundación del absurdismo de la mentada capital húngara y,
por ende, el prístino posmodernismo distanciador presente también en el teatro
de Brecht; el pesti nyelv o el urbano
sociolecto de la comunidad del ingenioso autor y la kisgyerekoptika, la “visión aniñada” –vale aclarar, del Holocausto–,
y añadiré mi lectura que es esta: una atroz sátira.
A
sabiendas del origen lúdico, humorístico, de cabaret y de cafetín sofisticado, quién
puede negar que el libro esté escrito en forma de sketch de sitcom, más
actualmente, de pretérito videoclip
de YouTube, y cuyo supuesto género cronical, un ápice purgativo, y ese recato
medio burgués, sean únicamente excusas para burlarse de él mismo y de la catástrofe
ya que carece de armas teóricas con las cuales enfrentar la devastación.
II
Szép
troca su mayor defecto, el seno meditativo, y lo convierte en su mejor escudo:
la broma, por eso el relato tiene un tono ameno; acrece y al término se licúa
con una frase demoledora en inglés: “… if
you want, remenber, if you want, forget”.
Mientras
seguía, confieso, el andar de los párrafos sentí que el cáustico cineasta
alemán Ernst Lubitsch, de pronto e inexplicablemente, apagó las luces del plató de To be or not to be fue al bar más elegante, y seguro, de Estados
Unidos y comenzó a contar el capítulo titulado “Hitler” –a mi juicio el de
mayor calidad por ser dilucidante– en el que trabajadores forzados y muy esforzados
imaginaban, con cierta alevosía, cómo castigar al dictador tras la guerra:
–Mira
[comenta un personaje refiriéndose al Führer], hay que ahorcarlo tantas veces como
se ha perdido a otro por su culpa.
–Hijo
[replica alguien de la concurrencia], yo no sé cuántas millones de veces habría
que llevar a Hitler a la horca. Iba a durar años.
–Le
quedará tiempo [alguno remata el tema]. No va a tener otra cosa que hacer.
Así
hasta el hartazgo se echan de ver ejemplos en todo el texto, unidos velozmente con
la técnica ernoniana logrando no sólo, como señalé, la sensación de una charla
casual sino también la de leer un periódico.
III
En fin, Szép se defraudó mucho a causa de la recepción del texto y paulatinamente perdió su relativa fama, la posición social y el aprecio crítico del momento; una frase acuñada por él calza de modo exacto en el pesar eurípido del escritor: “Fui Ernő Szép”. Extendiendo la problemática, también debe aseverarse, junto a Borges y poniendo sobre el tapete el “Examen sobre la obra de Herbert Quain”, que esa obnubilación del cotarro culto se reduce a unas escasa líneas del cuento borgeano: “Quain solía argumentar que los lectores –a principios del siglo XX– eran una especie ya extinta. ‘No hay europeo (razonaba) que no sea escritor, en potencia o en acto’”. Sí, y hogaño, es lícito argumentar que un editor –me refiero a los de fuste– antes lector, y usualmente devenido en crítico o escritor o al revés, es un “leyente”, quien lee, y no más un Lector con mayúscula.
De resultas, interpretaron e interpretan el escrito igual que la editorial Gallo Negro cuya edición del 2017, traducida sin cuidado, sirve a este humilde prosador para vituperar a la meca de la intelligentzia y a sus diagnósticos epidérmicos resumidos en la oración de la contraportada enseguida transcrita: “Es una crónica trágica, y sin embargo no renuncia a capturar en lo indigno destellos de piedad, de belleza y hasta de ironía.” De acuerdo, mas, le es difícil aceptar, ni siquiera totalmente, la posibilidad de que el pícaro Ernő se burle de un asunto peliagudo como la masacre nazi. Claro, de lo contrario, venderían menos.
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