Cuento: Oregón

 

Cada férreo movimiento hacía temblar la madera mohosa.

–Apúrate… debo volver a trabajar –dijo una voz femenina en la penumbra.

Un breve espasmo recorrió el cuerpo del varón.

–¿Adónde vas, Máximo? –de nuevo habló la mujer.

Máximo, sentándose, encendió la lámpara.

–A ningún lado, Amalia –pronunció con sequedad.

Mediante la ventana del comedorcito ingresaban luces de neón. Miró el solitario pavimento alumbrado por la intermitencia.

–Saldré, mi amor.

 

Afuera, el hálito de los transeúntes se deformaba. Uno de ellos, elegantemente ataviado, preguntó la hora. Le hizo caso omiso. Frente al volante de un Chevy condujo dieciséis cuadras. Y se detuvo en la parte trasera de un club.

“Amalia tiene razón”, pensó o comentó, “es necesario partirle la cara”.

–¿Contraseña?

–¡Abre, Jack! ¿O acaso no me recuerdas?

–¡Oh, Max!

–Sí, sí, regresé. Ahórrate el saludo.

–Sobra el insulto –replicó Jack subiéndose el cierre de su chaqueta.

–¿Dónde está tu jefe?

–Donde siempre.

Al pasillo lo separaba un tabique por cuyos intersticios se colaba el vaho de los comensales. Pudo oír a alguien espetar “¡atrapa a ese cabrón! ¡cueste lo que cueste!” Sentado en el escritorio, un hombre medianamente calvo sonrió con picardía.

 

–¡El gran doble V! ¡Máximo Wendell! ¿Dónde estabas escondido? –exclamó colgando un teléfono.

–¿Por qué enviaste a asesinarlo, Michael?

–¡Directo al grano! ¡Ja, ja!

–Me arruinaste…

–Cálmate Max, toma asiento.

Michael extrajo un habano de su chaqueta.

–¿Deseas? –agitó el primero.

–No fumo.

La brillantez de diversos adornos deslumbró, como lo hacía siempre, a Wendell.

–¿Cuál era el nombre de tu contacto?

–Adrián Torinto –silabeó enfáticamente, luego hubo una pausa–. Me jodiste…

–Bueno –pitó–, desconfío de los italianos.

–Pero, confías en mí ¿verdad? Entonces ¿por qué lo mataste?

–Escucha, Maxi. Es mejor desconocer ciertas cosas, ya sabes.

–De cualquier forma, me debes dinero. Fue tu culpa que mi última operación fracasara.

–Ha pasado un año.

–Si no te reclamo nunca pagarás. Me debes dinero, Mike. Veinte de los gruesos por el cargamento.

–Repítelo –profirió y se aproximó a Wendell.

Veinte de los gruesos por el cargamento.

Dio una honda calada y apagó el fuego en la chaqueta tweed del interlocutor.

–¡No te debo un centavo! Lo que te prometí fue por compasión.

–Aunque sea dame mi parte.

–¿Aún no lo adviertes, Max?

–¿A qué te refieres? –inquirió, confundido.

–Torinto jugaba a doble cara. ¡Así es, así es!

–Sólo quiero largarme a Oregón con Amalia, Michael. Estos últimos meses han sido jodidos.

–¡El noble señor doble V anhela irse de la ciudad! –extendió los brazos–. De aquí nadie se va, querido. El oficio no nos abandona nunca.

–¿Lo pensarás? –flexionó las rodillas para levantarse.

–Ya lo pensé, viejo amigo. Te propongo algo: ¿recuerdas a Moe? El gordo maricón.

–Sí.

–Anda a cobrarle. Actúa como la estrella que eres y tráeme los setenta mil de su caja fuerte y tendrás no un tercio, sino la mitad.

–¡Vete al infierno, Mike! Quiero dejar el trabajo…

Jack entró para noticiar al jefe sobre una reunión agendada.

–Disculpa, ocupaciones, ya sabes.

Max insistió.

 

Wendell reposaba en el taburete de una cafetería adornada con fotos de celebridades, productos Coca-Cola y familias contentas. Por las sucias mamparas entraban débiles rayos invernales.

–¿Qué pasó, Maxi? –le interrogó Amalia cariñosamente.

–No hubo suerte… ¡aaah! –resopló–. Habrá que planear algo más.

Amalia trajo una taza de café.

–¿Descansaste? –servía–. ¿Regresaste en la madrugada? –la última gota se deslizó fuera de la taza.

–Descansé en el auto.

Sonó el timbre de la campanita e ingresaron dos sujetos. De reojo, Max vio cómo se acomodaban en la primera fila de asientos. El ocioso cocinero colocó los platillos solicitados en el alféizar de la ventanita. Amalia preparó el lápiz.

–¡Ven un segundo! Mira a esos tipos. Pretende que conversas conmigo. Escucha: toma la orden y fíjate si llevan placas en el cinturón.

–¿Por qué, Maxi?

–Hazlo.

Bebiendo el café y mirando al frente aguzó el oído. Alrededor se encontraba un muchacho pecoso y un caballero senescente. Éste leía el periódico, disgustado, encima de la barra:

El tiroteo registrado el año anterior en el puente Farewell ha sido esclarecido por el teniente Budy Wodruck, quien está a cargo de la investigación por requerimiento especial del capitán Sally Benson. Las pruebas concluyeron que el detective Adrián Torinto estuvo vinculado…

–¿Y?

–Ninguna placa.

–Hazme un favor; cuando lleves su pedido observa la calle de enfrente y luego me dices qué observaste.

Amalia secaba vasos y los alineaba, mientras tanto, Wendell comía tarta. Ella se dispuso a ir. Él alzó la cuchara.

–¿Es grave, Maxi?

–Dime.

–Hay un Ford negro estacionado al frente.

–¡Miserables! –golpeó la mesa e hizo temblar los utensilios.

El caballero senescente murmuró “imberbe”. Máximo saldó la cuenta del desayuno y se marchó echando un vistazo desafiante a aquellos “miserables”. Ya en el exterior anotó las placas de los vehículos.

 

Detrás del mostrador, cuyos accesorios lucían ordenados a la perfección, un recepcionista conversaba por teléfono.

–Buenos días, muchacho. ¿Se encuentra el teniente Budy Wodruck? –recitó la oración múltiples veces con leves modificaciones–. ¡Ey! ¡Me oye? –le arrebató el adminículo–. ¡He hablado como un estúpido durante diez minutos! ¡Estoy harto! Dime dónde está Bud Wodruck.

–¡Señor, por Dios! ¡Quién es usted? ¿Cómo osa…?

–Quiero hablar con él urgentemente ¿entendiste? –tomó el nudo de su corbata y lo apretó.

Varios policías rodearon a Max y se calmó.

–Soy amigo de Wodruck. Me llamo Máximo Wendell. Comunícale mi presencia.

El recepcionista obedeció mirando a sus compañeros.

–Dice que lo verá en Loíza. A la 1 p. m.

–No, no. Necesito verlo ahora mismo.

–Señor, por favor, no quiero importunar al teniente.

–¡Me dejas pocas opciones, muchacho!

De repente se volteó, empujó a sus asechadores y abrió la puerta de un largo pasillo. Trotó cincuenta metros hasta una oficina con un cartel que decía Teniente Budy Wodruck.

–¿Demasiado trabajo, Bud? 

Bud alzó las cejas por encima de los anteojos. Incontables curiosos escudriñaban la persiana.

–Ah, Max –escrutaba documentos; así agachado sus canas sobresalían–. No deberías estar aquí.

–¡Pamplinas! ¿Por qué no me das un abrazo?

Wendell palmeó fuertemente la espalda de Bud.

–Siquiera hubieras llamado antes de reaparecer. Te estuve buscando.

–Requiero un favor, Buz. Es de vida o muerte. Tengo a dos miserables pisándome los talones.

–A ti siempre te pisan los talones, Max. Y nunca sabes a dónde dirigirte.

–Este es el número de placa de su coche, averígualo, por favor. Deseo saber quiénes son.

–Probablemente te preocupas en vano, Max.

–No, no, es serio. Tienes que ayudarme.

–Te fijaste en su apariencia.

–Jamás los he visto. Parecen detectives. Sin embargo, conozco a muchos y a ellos jamás los he visto.

–Bueno, hay mucho por hacer.

Bud se acercó al minibar.

–¿Sigues bebiendo lo mismo, Max? –inclinó una botella con ligereza.

–Muy temprano…

–¿Para ti?

Invitó una copa a Wendell y se puso cómodo.

–¿Sigues con ellos, Max? –bebía whisky.

–Voy a largarme, Buz. Como te lo prometí. Voy a largarme para Oregón.

–¿Te enamoraste, Max? –inquirió Bud, socarronamente.

–No. Pero tampoco estoy solo.

–¡Ahí está! El terrible miedo al compromiso, tan antiguo como Sally Benson.

–¡Por Sally Benson!

–¡Por Sally Benson!

Brindaron.

–Leí en el periódico que te encomendó la investigación –dijo Max.

–Sí. Tenía un vínculo especial con el muchacho… Por eso –Bud lo miró como reprochándole– no debiste volver, Max.

–En cuanto averigües eso, me marcharé, me marcharé para siempre.

Cayó el silencio. Wendell escrutaba un reloj colgado en la pared.

–Bueno, hay mucho que hacer –replicó Buz.

–Toma. Llámame en cualquier momento –le dio el número de su teléfono.

–Cuando termine, hazte un favor y no regreses –el rostro de Bud era severo.

 

Del abrigo sacó un cigarrillo. El tranvía traqueteaba con fuerza. Miró sus extensos cables, la faz de los pasajeros y su andar parsimonioso, mientras absorbía el humo agras. Ulteriormente Jack le pidió consejos acerca de pistolas, dudaba entre adquirir una Colt o una Berreta.

–¿Para qué la quieres? –dijo Wendell con sequedad.

–Tiro. Deseo practicar tiro –Jack se frotaba los dedos–. Hace frío ¿verdad?

–Comienza por la pequeña –continúo, desatento–. ¿Allí está?

–Creo que con una amiga. Cuando pone el seguro está con…

Tocó sucesivamente.

–¿Significa la Berreta? –intervino Jack en medio del barullo, entusiasmado.

–¿Tienes la llave de esto? –forcejeó la cerradura.

Le alcanzó el llavero y probó diferentes llaves. Al fondo de la habitación, Mike contemplaba a un pez dorado en su inmensa pecera.

–Shu, shu ¡Aprécienlo! Ahora el pequeño T. va a aparearse. ¡Aprécienlo junto a Mozart!

El ritmo del piano provenía de algún lugar desconocido.

–¿Mandaste a que me siguieran, infeliz? –bramó Max.

–¡Qué pena! ¡El gran Doble V no disfruta los placeres de la carne! ¿Qué tal le va tu zorrita Amalia?

Wendell impactó una silla contra el vidrio, en el transcurso hizo volar unas desordenadas hojas. El pez, impávido, seguía reproduciéndose.

–¿Crees que voy a poner a mis adorados en una pecera convencional? No, señor, se equivoca. Usted ha golpeado una película blindada.

Max cruzó la oficina e impactó el rostro de Mike contra la película.

–¿Le han hecho algo a Amalia?

–¿De qué hablas? –apoyado contra el vidrio Mike sonaba infantil–. ¿Tú amiga? Ni siquiera la conozco, nunca me las has presentado.

–¿Por qué la mencionaste?

–Era un comentario gracioso, nada más. ¿Acaso te olvidaste la risa en la cama?

–Llegaron a la cafetería unos detectives. ¿Los mandaste a seguirme? ¡Responde! ¡Cobarde! –presionaba su cara con mayor intensidad.

–Por supuesto que no. Confío en ti.

–Quieren asesinarme, Michael, quieren asesinarme. Creen que yo fulminé a Torinto y es falso. Debes aclararlo.

–Sí, sí. Primero suéltame, me asfixias.

Mike peinó sus escasos cabellos recomponiéndose.

–A ver, a ver –carraspeó–. ¿Llegaste a verle las caras?

–Negativo –Wendell caminó por el despacho con las manos en los bolsillos del pantalón.

–¿Tenían alguna marca en particular? ¿Recuerdas algún gesto?

–Mm, uno de ellos, el más bajo, sonrío cuando me marché.

–¿Dónde sucedió?

–En Loíza 56.

–El cafetín cerca del Barrio Judío.

–Pues, claro.

Se sentaron.

–Le diré a Terry que investigue –pronunció acariciándose la barba.

De nuevo en pie y cerca de la pared, Max observó el reflejo de su faz agrietada y manchosa.

–No te olvides de la función el jueves. ¡El célebre actor vuelve a las tablas!

–Ya.

–Te avisaré si encuentro al responsable. Es más, te aseguro que hablaré con el capitán Sally.

Max dio la vuelta antes de salir y tranquilamente comentó “debería matarte”.

 

Contiguo a la orilla, el río reverberante se partía en gotas. Reciamente pisaba los charcos que guardaban barro. Buscaba, debajo de herrumbrosas vigas metálicas, pistas. “Seca” resolvió tras estudiar una mancha rojiza. Separando heno y en cuclillas siguió un trayecto que terminaba en una piedra. Debajo de ella halló un papel numerado.          

Después, de vuelta en su departamento, el haz de luz le ayudaba a desvestirse. La habitación era austera; milímetros de polvo se acumulaban en los rincones. Había un jarrón del cual caían pétalos encima de sus cuadernos, cuyos trazos paralelos ordenaban una lista. Fue a sentarse en la cama presurosamente. Desenfundó del calcetín un arma plateada, la puso encima del velador y de inmediato palpó el edredón. Tocaron. Se detuvo para simular silencio, pero volvieron a tocar.

–¿Quién? –dijo con parquedad.

En la mirilla apareció Amalia.

–Soy yo.

–Pasa, cariño –hizo que pasara jalándola.

–¡Cuánto me alegro de verte!

–Ya encontré la manera de solucionar el problema –Amalia le besaba–. Ya sé que hacer.

Ella tanteó su pecho y frente.

–¿Estás bien, Maxi? Pareces afiebrado… Acuéstate.

Ya tendidos, Wendell miraba a la pared o al techo.

–Tenemos que ir a Oregón.

–Yo crecí en Oregón –comentó Amalia–, en un pueblecito llamado Monroe.

–Yo crecí en Bell Green –dijo Wendell–. Recuerdo a mi viejo y a mi hermano. Recuerdo que íbamos a pescar al lago Horseband ¡esos momentos eran buenos! –tragó saliva–. La pasamos bien durante diez años, como mínimo, hasta que papá enfermó y mi hermano y yo nos inscribimos.

Ella secó el sudor con su palma.

–Yo vivía con mamá, pero nunca nos llevamos bien –dijo Amalia–. Era como una madrastra. En cambio, con papi, sí tenía una relación saludable. A menudo jugaba…

–Nunca debí venir a esta ciudad.

Circularmente acarició su camisera sudorosa.

–Tranquilízate y enfócate en el futuro –pronunció, segura, acostándose en el hombro de Max.

Intuyendo que la atisbaba desplegó los párpados. Tenía la boca entreabierta.

–Tus ojos eran grises la primera vez que nos conocimos. En este instante, se ven verdes.

–Es por la lámpara –palpitaba.

Sus dientes inferiores estaban ligeramente desalineados.

–Eres hermosa.

 

Bostezando levantó el fono.

–Max ¿sigues despierto? Habla Bud Wodruck.

–Dime, dime –todavía bostezaba.

–Ya sé quiénes te siguieron, Max. La matrícula del coche pertenece a los detectives, George Schull y Andrew Sanders, recién nombrados. Fueron compañeros del muchacho que ambos conocemos.

–George Schull y Andrew Sanders –Wendell apuntaba–. ¿Sabes el número de sus placas?

–Sí, pero no puedo arriesgarme a dictártela. En la comisaría se han vuelto estrictos. Han emitido una orden judicial para que intervengan los teléfonos de todo el departamento. Benson aceptó…

–Has hecho bastante Bud, muchas gracias.

–Encontrémonos en Loíza, deseo decirte algo; no, espera. Mejor en…

–Ya tengo lo que necesito Buz, gracias.

–Leo tu mente, Max. Si yo fuera tú no arriesgaría nada.

Tras el estrépito Amy se movió destapando su cintura. Wendell sacó de un cofre doblemente cerrado, cuyo anverso de la cubierta guarnecía una malla que presionaba dos fotos amarillentas y borrosas, chapas que rezaban 1926-1944.

 

Mereció el aplauso de Max la jugada maestra de un billarista. A quien le rodeaban cuatro admiradores musculosos. Silbó nerviosamente y, de pronto, aquellos afables muchachos asieron los tacos como bastones.

–Barry, no, no –dijo Wendell–. Si tratas de desenfundar, ellos te dispararán –a su zaga cuatro sujetos apuntaron. Anduvieron diez segundos–. ¡Eh, Moe, gordo infeliz! ¡Sal! ¿O te traigo a patadas! –mascaba chicle.

Alisó su oscurísimo cabello, luego oteó aproximarse a un cliente que recibió la goma directa en la cara. Lejos del salón principal, un barril beige fruncía el ceño.

–¡No me reconoces, Moe?

–¡Ese es… Máximo Wendell! –con suavidad palmeó sus mejillas–. Estás arrugado, Maxi. Oí que te retiraste –se separó–. Pero ¿qué te trae por aquí?

–He regresado por ti –de la faz de Moe brotaban perlas–. Por eso, enumeraré lo que haremos: primero, comunicarás a Barry ¡el chico del parche! que nos dejé en paz; después te dirigirás a la caja fuerte… sereno, sereno. Y, Todd dame el maletín, aquí meterás el dinero de la deuda: setenta-mil. Yo te acompañaré; iremos lentamente.

–Pe… pero, pe… pero.

–No tartamudees, Moe. Sé amable, vamos, por los viejos tiempos.

 

En el despacho, Moe colocó la combinación. Wendell ponía los billetes atados, diligentemente, dentro del bolso. Cada tanto iba al umbral, allá ambos bandos se escrutaron con alevosía, y regresaba a seguir su tarea.

–¿No me tenderás una trampa, Moisés? –Moisés soslayó la respuesta–. ¡Ah?

Moisés arremetió contra Max de un puñetazo en la quijada. Aturdido, oyó ráfagas. Y corriendo cerró el maletín. Al través del polvillo divisó la americana del tramposo y lo retuvo. Él logró zafarse y subir a su coche blanco. Max, sin atinar, quemó plomo.

 

–Nos engañó el hijo de perra.

–¿Tus colegas? –preguntó Michael, azorado.

–Nos enredó –Mike le miró como si volviera a preguntar–. Desconozco si haya sobrevivido alguno.

–¡Mierda!

Wendell escogió un trago al azar de la colección de su empleador.

–Ahí están los setenta mil.

Revisó superficialmente.

–Ahora, mi parte –secó sus labios, sediento.

–Anda a que los verifique Thomas. Cuando vuelvas te daré la tercera parte, por los daños y perjuicios.

–¿En serio?

–Esto no lo había planeado. Creí –puso la mano en su espalda, condescendiente– que todavía estabas hecho… –Max lo esquivó y tiró la puerta.

 

Escudriñaba la bruma aferrado al timón. El sudor transitaba sus dedos. Cambiaba de velocidad forzosamente, estaba agotado, bastante agotado. Quiso secarse con el pañuelo, al retirarlo flotó una hojita numerada: 56970… y frenó. Apeó su Chevy al lado de una cabina ocupada por un caniche y su pudiente dueña. Esperó fingiendo leer el periódico. Marcó, lívido: ¿Hola? ¿Quién habla? ¿Quién es? Oigo su respiración. Era una voz joven y sensual. Más adelante, apoyado en el vetusto mostrador de una tienda gritó. 

–¡Je, je! ¡Si ese es Máximo Wendell! ¿Qué deseas, buen amigo?

Hablaba un anciano vestido con boina, chaqueta y pantalón escoces. Cuyos tirantes frotaba ardorosamente.

–No has cambiado mucho, eh Thomas. Te conservas bien –extendió la mano.

–¡Es el trago! ¡Je, je! Pero ¿qué te trae por aquí?

–Necesito que hagas un último trabajo, Thomy –deslizó el cierre viendo en torno–. Verifícalos –alzó un fajo.

–A propósito –Thomas fue hacia él–. Tres días ha vinieron dos oficiales a preguntar por ti, Max. Mira –mudó de semblante–, siempre serás bienvenido, pero Michael ya…

–Comprendo, comprendo –intervino Wendell–. Yo también quiero renunciar a este oficio. Pero necesito que hagas este último trabajo, por favor, y jamás me volverás a ver.

–No, no, eres bienvenido. En cambio, Michael…. estoy viejo y quiero vivir mis horas tardías en sosiego. Mi esposa e hija también están preocupadas.

–Siempre he mencionado a Michael sobre las cualidades de tu servicio: discreción, precio, seriedad. Prometo –Wendell dibujó una sonrisa– que no te hará daño.

–Entonces ¿para cuándo lo quieres?

–Lo más pronto posible… –el anciano ocultó el encargo.

Pausaron.

–¿Tienes el Libro de Direcciones? –preguntó Max.

–¡Seguro, desde la primera edición! Compro antiguallas. Tómalo; acá.

Arrancó, inadvertidamente, la página 145.

 

Raspó la pista, horas, detrás del sol. Llegó a una panadería donde comensales, atraídos por el cálido olor del pan, ingresaban interrumpiéndose. Verticalmente analizó un edificio. En su intercomunicador se leía: Janet Crown.

–Hola, señorita Crown. Soy Máximo Wendell, amigo de James Santini.

Nadie contestó.

–Señorita Crown ¿se encuentra?

Al costado del nombre antedicho se dejaba ver otro nombre femenino.

–Diga –pronunció una mujer mayor.

–Soy Máximo Wendell, busco a Janet Crown. ¿Usted sabe si se halla en su domicilio?

–¿Quién la busca? ¡Quién? –la voz parecía quebrarse.

–Señora –casi grita– soy Máximo Wendell, amigo de James Santini, pareja de Janet Crown.

–¡Ay, esa mujercita trae hombres cada fin de semana! –tosió–. Toque el aparato.

–No contesta, señora…

–Jones –tosió de nuevo.

–Sí, Jones. ¿Sabe dónde puedo hallarla?

–Trabaja de 9 a 5 y regresa a las 6. Es probable que vuelva en seguida. ¿Gusta esperar adentro?

–No, no. Esperaré en mi carro. Falta poco para las 6.

 

Reclinado en el asiento, despertándose, percibió el dulce aroma que emanaba esa zona apetecible. El vientre lo impulsaba a abandonar la dormitación. Mas, mediante el espejo, una bella dama de vestido carmesí hurtó su ánimo. Ella se sostuvo en las barandas del balconcito ubicado en el cuarto piso. Wendell la contempló y contempló cómo fumaba, con boquilla, sofisticadamente.

–Buenas noches, señorita Crown. Soy Máximo Wendell, amigo de James Santini. Tal vez lo conoce…

–Sí, claro –dijo la señorita Crown–. ¿Algo malo ha ocurrido?

–Puedo subir un momento a discutirlo. Tengo noticias lamentables que…

–¡Ay, no! –balbuceó.

–Desde la infancia he sido amigo de Santini –explicó, apurado–. Tenga confianza en mí.

–Está bien. Suba, señor Wendell.

Intentó cogerse del verde tapiz para no caer de la resbalosa escalera. Un alto candelabro a gas refulgía el prolijo ascenso. Las alfombras eran del mismo color que el tapiz de tal modo que combinaba con la madera. Reconoció unos pómulos finos y brillantes al final del pasillo.

–¿Normalmente tarda tanto? –desde el quicio interrogó la señorita Crown.

–Disculpe –Wendell se quitó el sombrero–. Vengo a informarle sobre un tema peliagudo… ¿puedo pasar?

–Adelante, señor Wendell. Perdone el desorden. Justo –varió de tono– preparaba té ¿quiere una taza?

–Gracias.

El departamento no aparentaba amplitud, sin embargo, lucía espacioso. Finos armarios de caoba estaban distribuidos con perfección, y los accesorios que guardaban, pulcros. La radio tocaba un blues relajante de Ray Charles, I can’t stop loving you o It had to be you.

–Tome asiento –ofreció la señorita Crown.

Wendell dudó de sentarse en una otomana o en un sofá.

–Cuidado, quema –puso la tacita con su platillo en la mesa central–. ¿Dónde conoció a James, señor Wendell?

–¡Oh! Éramos compañeros ¿y usted?

–Un día se presentó –la señorita Crown quiso prender su cigarro, Max le compartió fuego– diciendo que vendía pólizas para jóvenes empleadas. Yo le dije que estaba interesada y regresó. Tras firmar el contrato me invitó a salir –se paró sin pretextar–. Éste es el contrato.

–¿Puedo preguntarle qué clase de relación tuvo con James? –leyó el papel sorbiendo té.

–¿Le es relevante esa información, señor Wendell? –afirmó–. Éramos pareja –prosiguió la señorita Crown sin pausa–. Estábamos enamorados.

–Lamento decirle lo siguiente, señorita Crown: James no fue vendedor de seguros. Fue un detective corrupto liado en un escándalo. Su verdadero apellido era Torinto, y su nombre Adrián. Lo mataron por ese motivo –Max agachó la mirada.

–Ya lo sabía –dijo la señorita Crown acomodando su cabello hacia atrás.

–¿Cómo?

–Confesó. Al principio no le creí, después lo corroboré.

–¿No hizo nada por ayudarlo? ¿No denunció el caso? ¿No le aconsejó?

–Pensaba que podría mantenerme a salvo. Además, para qué ir a declarar, señor Wendell. Ellos no iban a descubrir nada y usted lo sabe. Si fue realmente su amigo, lo sabe –apagó el cigarro–. También me contó que usted vendría.

Wendell tembló.

–¿Por qué tras un año viene a contarme esto? –insistió la señorita Crown.

–Yo no lo sabía, no sabía que Torinto… Es que ahora…

–¿Qué pasa ahora, señor Wendell?

–Me contó sobre usted y lo mucho que la amaba. Quise venir, pero…

–¿Qué quiso, señor Wendell? –la señorita Crown se acercaba cada vez más a Max.

–Quise salvaguardarla, quise ayudarle. Quizá vengan a por usted… ¡no lo comprende? – abruptamente aproximó su rostro al de ella– y también quise…

–Quería tener una oportunidad conmigo ¿verdad, señor Wendell? –retrocedió haciendo un mohín–. Bueno, no lloraré sin consuelo y rogaré que me salve. Lo que pasó tuvo que pasar, porque James o Adrián no oía a nadie, ni siquiera se oía a sí mismo. ¿Ahora qué va a hacer conmigo?

Él la miró de hito en hito.

–Será mejor que me vaya.

En efecto, partió.

 

Impertérrito cruzó la habitación revuelta. Las demás cosas mantenían su quietud, igual el teléfono. “Aló, señora Wodruck,” estuvo a punto de romperse en llanto. “Disculpe el horario, ha ocurrido un hecho terrible y me urge conversar con Bud.” La señora Wodruck protestó luego de comunicarle a su marido.

–Dime, Max ¿qué sucedió?

–Sabes algo de George y Andrew; han entrado a mi casa, Buz. Y se han llevado todo el dinero.

–No. ¿Qué quieres decir? ¡Qué desgraciados!

–Han escamoteado mis ahorros, Buz. Se lo han llevado todo.

–Escucha, Max –enfatizó Bud, nervioso–. Tienes que largarte hoy mismo. Esto es insostenible, ya no puedo protegerte.

–¿Por qué no me avisaste, Buz…? Debiste llamarme antes, así pude haber sacado mi dinero.

–¡A qué diablos te refieres, Max? ¡Escúchame por una condenada vez en tu vida! Si no te vas a donde sea hoy mismo, mañana irán a por ti. Ya no puedo protegerte.

–No tengo dinero…

–Tienes el Chevy. Es suficiente para que te largues adónde sea. Vete, Max, vete.

 

En el cielo raso del club abrió un agujero.

–¡Damas y caballeros! –discursaba Wendell. El público se alborotó–. Sin permiso de ustedes me presento: soy Máximo Wendell. A quien unos matones dirigidos por el traidor, y dueño de este restaurante, perjudicaron injustamente. ¿Les parece adecuado?

Jack, intimidado, salió de la trastienda.

–Va el primer abatido, pobre, apenas contaba veinticinco. Que ello no les enternezca, señores y señoras, fue un matón despiadado. A continuación, iré a por la mayor lacra.

Examinó la correa del occiso.

–No todos verán la segunda parte del espectáculo, pues debo cruzar el tabique.  

Moviendo el llavero dirigió sus silbidos hacia el despacho de Mike.

–Cariño –pronunció con jocosidad– cobra y piérdete.

–¡Carajo! –exclamó Michael.

–Págale, por favor. Nadie merece trabajar gratis.

La muchacha recibió el dinero, desconcertada, y se perdió.

–¡Vístete, hijo de perra! –Max disparó contra un adorno persa–. ¿Por qué tuviste que enviarlos, Michael?

–Yo no envíe a nadie.

–¿Cómo te enteraste de mi dirección? ¿Quién te informó?

–¿Estás bien, Max?

–Eh, eh. Quédate donde estabas… Dime ¿por qué enviaste a esos detectives, Mike?

–Repito, no envíe a nadie ¿me dejas? –quiso encender su habano.

–¿Por qué te empecinas en mentirme, Michael? Éramos socios, me debes un poco de respeto.

–Claro, Max.

–¿Te divierte esto? ¿Mm? ¿Conoces a un tal George Schull o a un tal Andrew Sanders?

–No, no.

–¡Deja de mentirme! –tiró el habano y metió el cañón en su boca.

–Au, au. ¡Ni siquiera sé la dirección de tu casa, Max! No sé dónde vives. ¡Créeme!

–¿Conoces a Janet Crown?

–¿Janet Crown? De ningún lado. ¿Qué es otra de tus conquistas impresentables?

–Paga tu deuda, la mitad. ¡Rápido! –le soltó.

–Si me permites. Tengo que buscar la clave en mis cajones.

Así lo hizo.

–Ahórrate el drama al ver el cadáver –comentó Wendell, inescrupulosamente–: he matado a Jack.

–¡Dios, mío! ¡Eres un imbécil!

 

“Loíza 56” anunciaba un inmenso cartel. Amalia atendía a tres abuelos; desde la calle Wendell suplicó que saliera. Ella, tajantemente, rehusaba. Entonces él, aproximándose, la aprehendió. Me urge hablar contigo, decía, sonriendo al grupo.

–Tres huevos revueltos, dos cafés cortados y uno con azúcar y leche, dos pies de frambuesa.

Jaló de su uniforme varias veces. Amalia fue a depositar la orden. Con precaución, Max la seguía.

–Por favor, ven afuera un rato.

–Quieres irte, por favor.

–Amalia, Amalia, ven por favor. Ven un rato.

–¡Detente! –giró, enfurecida–. ¡Lárgate!

–¡He dicho ven!

–¡Suéltame, bruto, me dañas!

–Iremos para Oregón. Tengo el dinero. Faltan los boletos de avión.

–¡Ya no quiero, Max! –el cartel alumbraba la escena.

–¿Por qué? ¿Qué he hecho? ¿Qué ha pasado?

–Me he dado cuenta de la situación.

–¡Es que eres idiota, Amalia! El futuro nos espera.

–Tuviste razón, esos hombres eran oficiales y me contaron lo que hiciste. ¿Sabes? Pensé conocerte hasta hace dos días.

–¡Les crees más a ellos? ¡No lo maté, Amalia, no lo maté!

Ella empezó el retorno. Y él la atrajo hacia sí empujándola.

–¡Fuiste tú! ¡Fuiste tú! ¡Fuiste tú, zorra!

Max la abofeteó hasta tumbarla y cargó el puño con firmeza.

 

Mantuvo encendido el motor. La señorita Crown estaba en la terraza. “Qué se le ofrece”, indagó. “Quiero disculparme.” “Suba.” Al entrar chocó con un hombre de anteojos y canas.

–A su camisa le ha salpicado algo rojo, señor Wendell.

–¡Oh, perdone, señorita Crown!

–Dígame Janet.

–Janet. Venga conmigo a Oregón. La quieren asesinar a usted y a mí, por ser la única testigo con vida.

–Si apenas lo conozco, señor Wendell. Y la primera impresión que dio no fue tan buena.

–Desde luego. Perdóneme, perdóneme –Max juntó las manos–. Debe creerme, quieren asesinarla –pronunció, asustado– y quieren asesinarme. Somos los únicos testigos del asesinato de Torinto.

–¿Por qué piensa que no descubrirán nuestra huida?

–Porque aún estamos a tiempo. Es complicado explicarle la historia; si viene conmigo se la detallaré. Podemos ir al aeropuerto o en bus, da igual.

–¿Tiene boletos?

–Da igual. Debemos huir en este instante: decida. Es muy simple ¿sí o no? –sollozó y cogió su rostro–. Janet, por favor, conteste.

La besó.

 

Ambos huían por la carretera rayana al puente Farewell. Mediante el retrovisor él atisbó a un Ford. Ella también, y los dos atisbaron el marcador de velocidad.

–Agárrese –pisó a fondo.

Como si vaticinara el desenlace Wendell frenó, sin embargo, Janet giró el timón desviándolo del carril. Se deslizaron por la rampa y cayeron al río. Rompió el cristal y la llevó hasta la orilla. Exhausto, se tendió boca arriba. En lejanía, pudo distinguir a un trotador.

–¡Agente George Schull, baje el arma! –enseñó su placa.

–Y el agente Andrew Sanders –exclamó otro–. George, voy a darle los primeros auxilios a Janet.

–Caramba. Si le enseñamos la maniobra. Caprichos de novato.

Comentarios