Cada
férreo movimiento hacía temblar la madera mohosa.
–Apúrate…
debo volver a trabajar –dijo una voz femenina en la penumbra.
Un
breve espasmo recorrió el cuerpo del varón.
–¿Adónde
vas, Máximo? –de nuevo habló la mujer.
Máximo,
sentándose, encendió la lámpara.
–A
ningún lado, Amalia –pronunció con sequedad.
Mediante
la ventana del comedorcito ingresaban luces de neón. Miró el solitario
pavimento alumbrado por la intermitencia.
–Saldré,
mi amor.
Afuera,
el hálito de los transeúntes se deformaba. Uno de ellos, elegantemente
ataviado, preguntó la hora. Le hizo caso omiso. Frente al volante de un Chevy
condujo dieciséis cuadras. Y se detuvo en la parte trasera de un club.
“Amalia
tiene razón”, pensó o comentó, “es necesario partirle la cara”.
–¿Contraseña?
–¡Abre,
Jack! ¿O acaso no me recuerdas?
–¡Oh,
Max!
–Sí,
sí, regresé. Ahórrate el saludo.
–Sobra
el insulto –replicó Jack subiéndose el cierre de su chaqueta.
–¿Dónde
está tu jefe?
–Donde
siempre.
Al
pasillo lo separaba un tabique por cuyos intersticios se colaba el vaho de los
comensales. Pudo oír a alguien espetar “¡atrapa a ese cabrón! ¡cueste lo que
cueste!” Sentado en el escritorio, un hombre medianamente calvo sonrió con
picardía.
–¡El
gran doble V! ¡Máximo Wendell! ¿Dónde estabas escondido? –exclamó colgando un
teléfono.
–¿Por
qué enviaste a asesinarlo, Michael?
–¡Directo
al grano! ¡Ja, ja!
–Me
arruinaste…
–Cálmate
Max, toma asiento.
Michael
extrajo un habano de su chaqueta.
–¿Deseas?
–agitó el primero.
–No
fumo.
La
brillantez de diversos adornos deslumbró, como lo hacía siempre, a Wendell.
–¿Cuál
era el nombre de tu contacto?
–Adrián
Torinto –silabeó enfáticamente, luego hubo una pausa–. Me jodiste…
–Bueno
–pitó–, desconfío de los italianos.
–Pero,
confías en mí ¿verdad? Entonces ¿por qué lo mataste?
–Escucha,
Maxi. Es mejor desconocer ciertas cosas, ya sabes.
–De
cualquier forma, me debes dinero. Fue tu culpa que mi última operación
fracasara.
–Ha
pasado un año.
–Si
no te reclamo nunca pagarás. Me debes dinero, Mike. Veinte de los gruesos por
el cargamento.
–Repítelo
–profirió y se aproximó a Wendell.
–Veinte de los gruesos por el cargamento.
Dio
una honda calada y apagó el fuego en la chaqueta tweed del interlocutor.
–¡No
te debo un centavo! Lo que te prometí fue por compasión.
–Aunque
sea dame mi parte.
–¿Aún
no lo adviertes, Max?
–¿A
qué te refieres? –inquirió, confundido.
–Torinto
jugaba a doble cara. ¡Así es, así es!
–Sólo
quiero largarme a Oregón con Amalia, Michael. Estos últimos meses han sido
jodidos.
–¡El
noble señor doble V anhela irse de la ciudad! –extendió los brazos–. De aquí
nadie se va, querido. El oficio no nos abandona nunca.
–¿Lo
pensarás? –flexionó las rodillas para levantarse.
–Ya
lo pensé, viejo amigo. Te propongo algo: ¿recuerdas a Moe? El gordo maricón.
–Sí.
–Anda
a cobrarle. Actúa como la estrella que eres y tráeme los setenta mil de su caja
fuerte y tendrás no un tercio, sino la mitad.
–¡Vete
al infierno, Mike! Quiero dejar el trabajo…
Jack
entró para noticiar al jefe sobre una reunión agendada.
–Disculpa,
ocupaciones, ya sabes.
Max
insistió.
Wendell
reposaba en el taburete de una cafetería adornada con fotos de celebridades,
productos Coca-Cola y familias contentas. Por las sucias mamparas entraban
débiles rayos invernales.
–¿Qué
pasó, Maxi? –le interrogó Amalia cariñosamente.
–No
hubo suerte… ¡aaah! –resopló–. Habrá que planear algo más.
Amalia
trajo una taza de café.
–¿Descansaste?
–servía–. ¿Regresaste en la madrugada? –la última gota se deslizó fuera de la
taza.
–Descansé
en el auto.
Sonó
el timbre de la campanita e ingresaron dos sujetos. De reojo, Max vio cómo se
acomodaban en la primera fila de asientos. El ocioso cocinero colocó los
platillos solicitados en el alféizar de la ventanita. Amalia preparó el lápiz.
–¡Ven
un segundo! Mira a esos tipos. Pretende que conversas conmigo. Escucha: toma la
orden y fíjate si llevan placas en el cinturón.
–¿Por
qué, Maxi?
–Hazlo.
Bebiendo
el café y mirando al frente aguzó el oído. Alrededor se encontraba un muchacho
pecoso y un caballero senescente. Éste leía el periódico, disgustado, encima de
la barra:
El tiroteo registrado el
año anterior en el puente Farewell ha sido esclarecido por el teniente Budy
Wodruck, quien está a cargo de la investigación por requerimiento especial del
capitán Sally Benson. Las pruebas concluyeron que el detective Adrián Torinto
estuvo vinculado…
–¿Y?
–Ninguna
placa.
–Hazme
un favor; cuando lleves su pedido observa la calle de enfrente y luego me dices
qué observaste.
Amalia
secaba vasos y los alineaba, mientras tanto, Wendell comía tarta. Ella se
dispuso a ir. Él alzó la cuchara.
–¿Es
grave, Maxi?
–Dime.
–Hay
un Ford negro estacionado al frente.
–¡Miserables!
–golpeó la mesa e hizo temblar los utensilios.
El
caballero senescente murmuró “imberbe”. Máximo saldó la cuenta del desayuno y
se marchó echando un vistazo desafiante a aquellos “miserables”. Ya en el
exterior anotó las placas de los vehículos.
Detrás
del mostrador, cuyos accesorios lucían ordenados a la perfección, un
recepcionista conversaba por teléfono.
–Buenos
días, muchacho. ¿Se encuentra el teniente Budy Wodruck? –recitó la oración múltiples
veces con leves modificaciones–. ¡Ey! ¡Me oye? –le
arrebató el adminículo–. ¡He hablado como un estúpido durante diez minutos!
¡Estoy harto! Dime dónde está Bud Wodruck.
–¡Señor,
por Dios! ¡Quién es usted? ¿Cómo osa…?
–Quiero
hablar con él urgentemente ¿entendiste? –tomó el nudo de su corbata y lo
apretó.
Varios
policías rodearon a Max y se calmó.
–Soy
amigo de Wodruck. Me llamo Máximo Wendell. Comunícale mi presencia.
El
recepcionista obedeció mirando a sus compañeros.
–Dice
que lo verá en Loíza. A la 1 p. m.
–No,
no. Necesito verlo ahora mismo.
–Señor,
por favor, no quiero importunar al teniente.
–¡Me
dejas pocas opciones, muchacho!
De
repente se volteó, empujó a sus asechadores y abrió la puerta de un largo
pasillo. Trotó cincuenta metros hasta una oficina con un cartel que decía Teniente Budy Wodruck.
–¿Demasiado
trabajo, Bud?
Bud
alzó las cejas por encima de los anteojos. Incontables curiosos escudriñaban la
persiana.
–Ah,
Max –escrutaba documentos; así agachado sus canas sobresalían–. No deberías
estar aquí.
–¡Pamplinas!
¿Por qué no me das un abrazo?
Wendell
palmeó fuertemente la espalda de Bud.
–Siquiera
hubieras llamado antes de reaparecer. Te estuve buscando.
–Requiero
un favor, Buz. Es de vida o muerte. Tengo a dos miserables pisándome los
talones.
–A
ti siempre te pisan los talones, Max. Y nunca sabes a dónde dirigirte.
–Este
es el número de placa de su coche, averígualo, por favor. Deseo saber quiénes
son.
–Probablemente
te preocupas en vano, Max.
–No,
no, es serio. Tienes que ayudarme.
–Te
fijaste en su apariencia.
–Jamás
los he visto. Parecen detectives. Sin embargo, conozco a muchos y a ellos jamás
los he visto.
–Bueno,
hay mucho por hacer.
Bud
se acercó al minibar.
–¿Sigues
bebiendo lo mismo, Max? –inclinó una botella con ligereza.
–Muy
temprano…
–¿Para
ti?
Invitó
una copa a Wendell y se puso cómodo.
–¿Sigues
con ellos, Max? –bebía whisky.
–Voy
a largarme, Buz. Como te lo prometí. Voy a largarme para Oregón.
–¿Te
enamoraste, Max? –inquirió Bud, socarronamente.
–No.
Pero tampoco estoy solo.
–¡Ahí
está! El terrible miedo al compromiso, tan antiguo como Sally Benson.
–¡Por
Sally Benson!
–¡Por
Sally Benson!
Brindaron.
–Leí
en el periódico que te encomendó la investigación –dijo Max.
–Sí.
Tenía un vínculo especial con el muchacho… Por eso –Bud lo miró como
reprochándole– no debiste volver, Max.
–En
cuanto averigües eso, me marcharé, me marcharé para siempre.
Cayó
el silencio. Wendell escrutaba un reloj colgado en la pared.
–Bueno,
hay mucho que hacer –replicó Buz.
–Toma.
Llámame en cualquier momento –le dio el número de su teléfono.
–Cuando
termine, hazte un favor y no regreses –el rostro de Bud era severo.
Del
abrigo sacó un cigarrillo. El tranvía traqueteaba con fuerza. Miró sus extensos
cables, la faz de los pasajeros y su andar parsimonioso, mientras absorbía el
humo agras. Ulteriormente Jack le pidió consejos acerca de pistolas, dudaba
entre adquirir una Colt o una Berreta.
–¿Para
qué la quieres? –dijo Wendell con sequedad.
–Tiro.
Deseo practicar tiro –Jack se frotaba los dedos–. Hace frío ¿verdad?
–Comienza
por la pequeña –continúo, desatento–. ¿Allí está?
–Creo
que con una amiga. Cuando pone el seguro está con…
Tocó
sucesivamente.
–¿Significa
la Berreta? –intervino Jack en medio del barullo, entusiasmado.
–¿Tienes
la llave de esto? –forcejeó la cerradura.
Le
alcanzó el llavero y probó diferentes llaves. Al fondo de la habitación, Mike
contemplaba a un pez dorado en su inmensa pecera.
–Shu,
shu ¡Aprécienlo! Ahora el pequeño T. va a aparearse. ¡Aprécienlo junto a
Mozart!
El
ritmo del piano provenía de algún lugar desconocido.
–¿Mandaste
a que me siguieran, infeliz? –bramó Max.
–¡Qué
pena! ¡El gran Doble V no disfruta los placeres de la carne! ¿Qué tal le va tu
zorrita Amalia?
Wendell
impactó una silla contra el vidrio, en el transcurso hizo volar unas
desordenadas hojas. El pez, impávido, seguía reproduciéndose.
–¿Crees
que voy a poner a mis adorados en una pecera convencional? No, señor, se
equivoca. Usted ha golpeado una película blindada.
Max
cruzó la oficina e impactó el rostro de Mike contra la película.
–¿Le
han hecho algo a Amalia?
–¿De
qué hablas? –apoyado contra el vidrio Mike sonaba infantil–. ¿Tú amiga? Ni
siquiera la conozco, nunca me las has presentado.
–¿Por
qué la mencionaste?
–Era
un comentario gracioso, nada más. ¿Acaso te olvidaste la risa en la cama?
–Llegaron
a la cafetería unos detectives. ¿Los mandaste a seguirme? ¡Responde! ¡Cobarde!
–presionaba su cara con mayor intensidad.
–Por
supuesto que no. Confío en ti.
–Quieren
asesinarme, Michael, quieren asesinarme. Creen que yo fulminé a Torinto y es
falso. Debes aclararlo.
–Sí,
sí. Primero suéltame, me asfixias.
Mike
peinó sus escasos cabellos recomponiéndose.
–A
ver, a ver –carraspeó–. ¿Llegaste a verle las caras?
–Negativo
–Wendell caminó por el despacho con las manos en los bolsillos del pantalón.
–¿Tenían
alguna marca en particular? ¿Recuerdas algún gesto?
–Mm,
uno de ellos, el más bajo, sonrío cuando me marché.
–¿Dónde
sucedió?
–En
Loíza 56.
–El
cafetín cerca del Barrio Judío.
–Pues,
claro.
Se
sentaron.
–Le
diré a Terry que investigue –pronunció acariciándose la barba.
De
nuevo en pie y cerca de la pared, Max observó el reflejo de su faz agrietada y
manchosa.
–No
te olvides de la función el jueves. ¡El célebre actor vuelve a las tablas!
–Ya.
–Te
avisaré si encuentro al responsable. Es más, te aseguro que hablaré con el capitán
Sally.
Max
dio la vuelta antes de salir y tranquilamente comentó “debería matarte”.
Contiguo
a la orilla, el río reverberante se partía en gotas. Reciamente pisaba los
charcos que guardaban barro. Buscaba, debajo de herrumbrosas vigas metálicas,
pistas. “Seca” resolvió tras estudiar una mancha rojiza. Separando heno y en
cuclillas siguió un trayecto que terminaba en una piedra. Debajo de ella halló
un papel numerado.
Después,
de vuelta en su departamento, el haz de luz le ayudaba a desvestirse. La
habitación era austera; milímetros de polvo se acumulaban en los rincones.
Había un jarrón del cual caían pétalos encima de sus cuadernos, cuyos trazos
paralelos ordenaban una lista. Fue a sentarse en la cama presurosamente.
Desenfundó del calcetín un arma plateada, la puso encima del velador y de
inmediato palpó el edredón. Tocaron. Se detuvo para simular silencio, pero
volvieron a tocar.
–¿Quién?
–dijo con parquedad.
En
la mirilla apareció Amalia.
–Soy
yo.
–Pasa,
cariño –hizo que pasara jalándola.
–¡Cuánto
me alegro de verte!
–Ya
encontré la manera de solucionar el problema –Amalia le besaba–. Ya sé que
hacer.
Ella
tanteó su pecho y frente.
–¿Estás
bien, Maxi? Pareces afiebrado… Acuéstate.
Ya
tendidos, Wendell miraba a la pared o al techo.
–Tenemos
que ir a Oregón.
–Yo
crecí en Oregón –comentó Amalia–, en un pueblecito llamado Monroe.
–Yo
crecí en Bell Green –dijo Wendell–. Recuerdo a mi viejo y a mi hermano.
Recuerdo que íbamos a pescar al lago Horseband ¡esos momentos eran buenos!
–tragó saliva–. La pasamos bien durante diez años, como mínimo, hasta que papá
enfermó y mi hermano y yo nos inscribimos.
Ella
secó el sudor con su palma.
–Yo
vivía con mamá, pero nunca nos llevamos bien –dijo Amalia–. Era como una
madrastra. En cambio, con papi, sí tenía una relación saludable. A menudo
jugaba…
–Nunca
debí venir a esta ciudad.
Circularmente
acarició su camisera sudorosa.
–Tranquilízate
y enfócate en el futuro –pronunció, segura, acostándose en el hombro de Max.
Intuyendo
que la atisbaba desplegó los párpados. Tenía la boca entreabierta.
–Tus
ojos eran grises la primera vez que nos conocimos. En este instante, se ven
verdes.
–Es
por la lámpara –palpitaba.
Sus
dientes inferiores estaban ligeramente desalineados.
–Eres
hermosa.
Bostezando
levantó el fono.
–Max
¿sigues despierto? Habla Bud Wodruck.
–Dime,
dime –todavía bostezaba.
–Ya
sé quiénes te siguieron, Max. La matrícula del coche pertenece a los
detectives, George Schull y Andrew Sanders, recién nombrados. Fueron compañeros
del muchacho que ambos conocemos.
–George
Schull y Andrew Sanders –Wendell apuntaba–. ¿Sabes el número de sus
placas?
–Sí,
pero no puedo arriesgarme a dictártela. En la comisaría se han vuelto
estrictos. Han emitido una orden judicial para que intervengan los teléfonos de
todo el departamento. Benson aceptó…
–Has
hecho bastante Bud, muchas gracias.
–Encontrémonos
en Loíza, deseo decirte algo; no, espera. Mejor en…
–Ya
tengo lo que necesito Buz, gracias.
–Leo
tu mente, Max. Si yo fuera tú no arriesgaría nada.
Tras
el estrépito Amy se movió destapando su cintura. Wendell sacó de un cofre
doblemente cerrado, cuyo anverso de la cubierta guarnecía una malla que
presionaba dos fotos amarillentas y borrosas, chapas que rezaban 1926-1944.
Mereció
el aplauso de Max la jugada maestra de un billarista. A quien le rodeaban
cuatro admiradores musculosos. Silbó nerviosamente y, de pronto, aquellos
afables muchachos asieron los tacos como bastones.
–Barry,
no, no –dijo Wendell–. Si tratas de desenfundar, ellos te dispararán –a su zaga
cuatro sujetos apuntaron. Anduvieron diez segundos–. ¡Eh, Moe, gordo infeliz!
¡Sal! ¿O te traigo a patadas! –mascaba chicle.
Alisó
su oscurísimo cabello, luego oteó aproximarse a un cliente que recibió la goma directa en la cara. Lejos del salón
principal, un barril beige fruncía el ceño.
–¡No
me reconoces, Moe?
–¡Ese
es… Máximo Wendell! –con suavidad palmeó sus mejillas–. Estás arrugado, Maxi.
Oí que te retiraste –se separó–. Pero ¿qué te trae por aquí?
–He
regresado por ti –de la faz de Moe brotaban perlas–. Por eso, enumeraré lo que
haremos: primero, comunicarás a Barry ¡el chico del parche! que nos dejé en
paz; después te dirigirás a la caja fuerte… sereno, sereno. Y, Todd dame el
maletín, aquí meterás el dinero de la deuda: setenta-mil. Yo te acompañaré; iremos lentamente.
–Pe…
pero, pe… pero.
–No
tartamudees, Moe. Sé amable, vamos, por los viejos tiempos.
En
el despacho, Moe colocó la combinación. Wendell ponía los billetes atados,
diligentemente, dentro del bolso. Cada tanto iba al umbral, allá ambos bandos
se escrutaron con alevosía, y regresaba a seguir su tarea.
–¿No
me tenderás una trampa, Moisés? –Moisés soslayó la respuesta–. ¡Ah?
Moisés
arremetió contra Max de un puñetazo en la quijada. Aturdido, oyó ráfagas. Y
corriendo cerró el maletín. Al través del polvillo divisó la americana del
tramposo y lo retuvo. Él logró zafarse y subir a su coche blanco. Max, sin
atinar, quemó plomo.
–Nos
engañó el hijo de perra.
–¿Tus
colegas? –preguntó Michael, azorado.
–Nos
enredó –Mike le miró como si volviera a preguntar–. Desconozco si haya
sobrevivido alguno.
–¡Mierda!
Wendell
escogió un trago al azar de la colección de su empleador.
–Ahí
están los setenta mil.
Revisó
superficialmente.
–Ahora,
mi parte –secó sus labios, sediento.
–Anda
a que los verifique Thomas. Cuando vuelvas te daré la tercera parte, por los
daños y perjuicios.
–¿En
serio?
–Esto
no lo había planeado. Creí –puso la mano en su espalda, condescendiente– que
todavía estabas hecho… –Max lo esquivó y tiró la puerta.
Escudriñaba
la bruma aferrado al timón. El sudor transitaba sus dedos. Cambiaba de
velocidad forzosamente, estaba agotado, bastante agotado. Quiso secarse con el
pañuelo, al retirarlo flotó una hojita numerada: 56970… y frenó. Apeó su Chevy
al lado de una cabina ocupada por un caniche y su pudiente dueña. Esperó
fingiendo leer el periódico. Marcó, lívido: ¿Hola? ¿Quién habla? ¿Quién es? Oigo
su respiración. Era una voz joven y sensual. Más adelante, apoyado en el
vetusto mostrador de una tienda gritó.
–¡Je,
je! ¡Si ese es Máximo Wendell! ¿Qué deseas, buen amigo?
Hablaba
un anciano vestido con boina, chaqueta y pantalón escoces. Cuyos tirantes
frotaba ardorosamente.
–No
has cambiado mucho, eh Thomas. Te conservas bien –extendió la mano.
–¡Es
el trago! ¡Je, je! Pero ¿qué te trae por aquí?
–Necesito
que hagas un último trabajo, Thomy –deslizó el cierre viendo en torno–.
Verifícalos –alzó un fajo.
–A
propósito –Thomas fue hacia él–. Tres días ha vinieron dos oficiales a
preguntar por ti, Max. Mira –mudó de semblante–, siempre serás bienvenido, pero
Michael ya…
–Comprendo,
comprendo –intervino Wendell–. Yo también quiero renunciar a este oficio. Pero
necesito que hagas este último trabajo, por favor, y jamás me volverás a ver.
–No,
no, eres bienvenido. En cambio, Michael…. estoy viejo y quiero vivir mis horas
tardías en sosiego. Mi esposa e hija también están preocupadas.
–Siempre
he mencionado a Michael sobre las cualidades de tu servicio: discreción,
precio, seriedad. Prometo –Wendell dibujó una sonrisa– que no te hará daño.
–Entonces
¿para cuándo lo quieres?
–Lo
más pronto posible… –el anciano ocultó el encargo.
Pausaron.
–¿Tienes
el Libro de Direcciones? –preguntó Max.
–¡Seguro,
desde la primera edición! Compro antiguallas. Tómalo; acá.
Arrancó,
inadvertidamente, la página 145.
Raspó
la pista, horas, detrás del sol. Llegó a una panadería donde comensales,
atraídos por el cálido olor del pan, ingresaban interrumpiéndose. Verticalmente
analizó un edificio. En su intercomunicador se leía: Janet Crown.
–Hola,
señorita Crown. Soy Máximo Wendell, amigo de James Santini.
Nadie
contestó.
–Señorita
Crown ¿se encuentra?
Al
costado del nombre antedicho se dejaba ver otro nombre femenino.
–Diga
–pronunció una mujer mayor.
–Soy
Máximo Wendell, busco a Janet Crown. ¿Usted sabe si se halla en su domicilio?
–¿Quién
la busca? ¡Quién? –la voz parecía quebrarse.
–Señora
–casi grita– soy Máximo Wendell, amigo de James Santini, pareja de Janet Crown.
–¡Ay,
esa mujercita trae hombres cada fin de semana! –tosió–. Toque el aparato.
–No
contesta, señora…
–Jones
–tosió de nuevo.
–Sí,
Jones. ¿Sabe dónde puedo hallarla?
–Trabaja
de 9 a 5 y regresa a las 6. Es probable que vuelva en seguida. ¿Gusta esperar
adentro?
–No,
no. Esperaré en mi carro. Falta poco para las 6.
Reclinado
en el asiento, despertándose, percibió el dulce aroma que emanaba esa zona apetecible.
El vientre lo impulsaba a abandonar la dormitación. Mas, mediante el espejo,
una bella dama de vestido carmesí hurtó su ánimo. Ella se sostuvo en las
barandas del balconcito ubicado en el cuarto piso. Wendell la contempló y
contempló cómo fumaba, con boquilla, sofisticadamente.
–Buenas
noches, señorita Crown. Soy Máximo Wendell, amigo de James Santini. Tal vez lo
conoce…
–Sí,
claro –dijo la señorita Crown–. ¿Algo malo ha ocurrido?
–Puedo
subir un momento a discutirlo. Tengo noticias lamentables que…
–¡Ay,
no! –balbuceó.
–Desde
la infancia he sido amigo de Santini –explicó, apurado–. Tenga confianza en mí.
–Está
bien. Suba, señor Wendell.
Intentó
cogerse del verde tapiz para no caer de la resbalosa escalera. Un alto
candelabro a gas refulgía el prolijo ascenso. Las alfombras eran del mismo
color que el tapiz de tal modo que combinaba con la madera. Reconoció unos
pómulos finos y brillantes al final del pasillo.
–¿Normalmente
tarda tanto? –desde el quicio interrogó la señorita Crown.
–Disculpe
–Wendell se quitó el sombrero–. Vengo a informarle sobre un tema peliagudo…
¿puedo pasar?
–Adelante,
señor Wendell. Perdone el desorden. Justo –varió de tono– preparaba té ¿quiere
una taza?
–Gracias.
El
departamento no aparentaba amplitud, sin embargo, lucía espacioso. Finos
armarios de caoba estaban distribuidos con perfección, y los accesorios que
guardaban, pulcros. La radio
tocaba un blues relajante de Ray
Charles, I can’t stop loving you o It had to be you.
–Tome
asiento –ofreció la señorita Crown.
Wendell
dudó de sentarse en una otomana o en un sofá.
–Cuidado,
quema –puso la tacita con su platillo en la mesa central–. ¿Dónde conoció a
James, señor Wendell?
–¡Oh!
Éramos compañeros ¿y usted?
–Un
día se presentó –la señorita Crown quiso prender su cigarro, Max le compartió
fuego– diciendo que vendía pólizas para jóvenes empleadas. Yo le dije que
estaba interesada y regresó. Tras firmar el contrato me invitó a salir –se paró
sin pretextar–. Éste es el contrato.
–¿Puedo
preguntarle qué clase de relación tuvo con James? –leyó el papel sorbiendo té.
–¿Le
es relevante esa información, señor Wendell? –afirmó–. Éramos pareja –prosiguió
la señorita Crown sin pausa–. Estábamos enamorados.
–Lamento
decirle lo siguiente, señorita Crown: James no fue vendedor de seguros. Fue un
detective corrupto liado en un escándalo. Su verdadero apellido era Torinto, y
su nombre Adrián. Lo mataron por ese motivo –Max agachó la mirada.
–Ya
lo sabía –dijo la señorita Crown acomodando su cabello hacia atrás.
–¿Cómo?
–Confesó.
Al principio no le creí, después lo corroboré.
–¿No
hizo nada por ayudarlo? ¿No denunció el caso? ¿No le aconsejó?
–Pensaba
que podría mantenerme a salvo. Además, para qué ir a declarar, señor Wendell.
Ellos no iban a descubrir nada y usted lo sabe. Si fue realmente su amigo, lo
sabe –apagó el cigarro–. También me contó que usted vendría.
Wendell
tembló.
–¿Por
qué tras un año viene a contarme esto? –insistió la señorita Crown.
–Yo
no lo sabía, no sabía que Torinto… Es que ahora…
–¿Qué
pasa ahora, señor Wendell?
–Me
contó sobre usted y lo mucho que la amaba. Quise venir, pero…
–¿Qué
quiso, señor Wendell? –la señorita Crown se acercaba cada vez más a Max.
–Quise
salvaguardarla, quise ayudarle. Quizá vengan a por usted… ¡no lo comprende? –
abruptamente aproximó su rostro al de ella– y también quise…
–Quería
tener una oportunidad conmigo ¿verdad, señor Wendell? –retrocedió haciendo un
mohín–. Bueno, no lloraré sin consuelo y rogaré que me salve. Lo que pasó tuvo
que pasar, porque James o Adrián no oía a nadie, ni siquiera se oía a sí mismo.
¿Ahora qué va a hacer conmigo?
Él
la miró de hito en hito.
–Será
mejor que me vaya.
En
efecto, partió.
Impertérrito
cruzó la habitación revuelta. Las demás cosas mantenían su quietud, igual el
teléfono. “Aló, señora Wodruck,” estuvo a punto de romperse en llanto.
“Disculpe el horario, ha ocurrido un hecho terrible y me urge conversar con
Bud.” La señora Wodruck protestó luego de comunicarle a su marido.
–Dime,
Max ¿qué sucedió?
–Sabes
algo de George y Andrew; han entrado a mi casa, Buz. Y se han llevado todo el
dinero.
–No.
¿Qué quieres decir? ¡Qué desgraciados!
–Han
escamoteado mis ahorros, Buz. Se lo han llevado todo.
–Escucha,
Max –enfatizó Bud, nervioso–. Tienes que largarte hoy mismo. Esto es
insostenible, ya no puedo protegerte.
–¿Por
qué no me avisaste, Buz…? Debiste llamarme antes, así pude haber sacado mi
dinero.
–¡A
qué diablos te refieres, Max? ¡Escúchame por una condenada vez en tu vida! Si
no te vas a donde sea hoy mismo, mañana irán a por ti. Ya no puedo protegerte.
–No
tengo dinero…
–Tienes
el Chevy. Es suficiente para que te largues adónde sea. Vete, Max, vete.
En
el cielo raso del club abrió un
agujero.
–¡Damas
y caballeros! –discursaba Wendell. El público se alborotó–. Sin permiso de
ustedes me presento: soy Máximo Wendell. A quien unos matones dirigidos por el
traidor, y dueño de este restaurante, perjudicaron injustamente. ¿Les parece
adecuado?
Jack,
intimidado, salió de la trastienda.
–Va
el primer abatido, pobre, apenas contaba veinticinco. Que ello no les enternezca,
señores y señoras, fue un matón despiadado. A continuación, iré a por la mayor
lacra.
Examinó
la correa del occiso.
–No
todos verán la segunda parte del espectáculo, pues debo cruzar el tabique.
Moviendo
el llavero dirigió sus silbidos hacia el despacho de Mike.
–Cariño
–pronunció con jocosidad– cobra y piérdete.
–¡Carajo!
–exclamó Michael.
–Págale,
por favor. Nadie merece trabajar gratis.
La
muchacha recibió el dinero, desconcertada, y se perdió.
–¡Vístete,
hijo de perra! –Max disparó contra un adorno persa–. ¿Por qué tuviste que
enviarlos, Michael?
–Yo
no envíe a nadie.
–¿Cómo
te enteraste de mi dirección? ¿Quién te informó?
–¿Estás
bien, Max?
–Eh,
eh. Quédate donde estabas… Dime ¿por qué enviaste a esos detectives, Mike?
–Repito,
no envíe a nadie ¿me dejas? –quiso encender su habano.
–¿Por
qué te empecinas en mentirme, Michael? Éramos socios, me debes un poco de
respeto.
–Claro,
Max.
–¿Te
divierte esto? ¿Mm? ¿Conoces a un tal George Schull o a un tal Andrew Sanders?
–No,
no.
–¡Deja
de mentirme! –tiró el habano y metió el cañón en su boca.
–Au,
au. ¡Ni siquiera sé la dirección de tu casa, Max! No sé dónde vives. ¡Créeme!
–¿Conoces a Janet Crown?
–¿Janet Crown? De ningún lado. ¿Qué es
otra de tus conquistas impresentables?
–Paga
tu deuda, la mitad. ¡Rápido! –le soltó.
–Si
me permites. Tengo que buscar la clave en mis cajones.
Así
lo hizo.
–Ahórrate
el drama al ver el cadáver –comentó Wendell, inescrupulosamente–: he matado a
Jack.
–¡Dios,
mío! ¡Eres un imbécil!
“Loíza
56” anunciaba un inmenso cartel. Amalia atendía a tres abuelos; desde la calle
Wendell suplicó que saliera. Ella, tajantemente, rehusaba. Entonces él,
aproximándose, la aprehendió. Me urge hablar contigo, decía, sonriendo al
grupo.
–Tres
huevos revueltos, dos cafés cortados y uno con azúcar y leche, dos pies de frambuesa.
Jaló
de su uniforme varias veces. Amalia fue a depositar la orden. Con precaución,
Max la seguía.
–Por
favor, ven afuera un rato.
–Quieres
irte, por favor.
–Amalia,
Amalia, ven por favor. Ven un rato.
–¡Detente!
–giró, enfurecida–. ¡Lárgate!
–¡He
dicho ven!
–¡Suéltame,
bruto, me dañas!
–Iremos
para Oregón. Tengo el dinero. Faltan los boletos de avión.
–¡Ya
no quiero, Max! –el cartel alumbraba la escena.
–¿Por
qué? ¿Qué he hecho? ¿Qué ha pasado?
–Me
he dado cuenta de la situación.
–¡Es
que eres idiota, Amalia! El futuro nos espera.
–Tuviste
razón, esos hombres eran oficiales y me contaron lo que hiciste. ¿Sabes? Pensé
conocerte hasta hace dos días.
–¡Les
crees más a ellos? ¡No lo maté, Amalia, no lo maté!
Ella
empezó el retorno. Y él la atrajo hacia sí empujándola.
–¡Fuiste
tú! ¡Fuiste tú! ¡Fuiste tú, zorra!
Max
la abofeteó hasta tumbarla y cargó el puño con firmeza.
Mantuvo
encendido el motor. La señorita Crown estaba en la terraza. “Qué se le ofrece”,
indagó. “Quiero disculparme.” “Suba.” Al entrar chocó con un hombre de anteojos
y canas.
–A
su camisa le ha salpicado algo rojo, señor Wendell.
–¡Oh,
perdone, señorita Crown!
–Dígame
Janet.
–Janet.
Venga conmigo a Oregón. La quieren asesinar a usted y a mí, por ser la única
testigo con vida.
–Si
apenas lo conozco, señor Wendell. Y la primera impresión que dio no fue tan
buena.
–Desde
luego. Perdóneme, perdóneme –Max juntó las manos–. Debe creerme, quieren
asesinarla –pronunció, asustado– y quieren asesinarme. Somos los únicos
testigos del asesinato de Torinto.
–¿Por
qué piensa que no descubrirán nuestra huida?
–Porque
aún estamos a tiempo. Es complicado explicarle la historia; si viene conmigo se
la detallaré. Podemos ir al aeropuerto o en bus, da igual.
–¿Tiene
boletos?
–Da
igual. Debemos huir en este instante: decida. Es muy simple ¿sí o no? –sollozó
y cogió su rostro–. Janet, por favor, conteste.
La
besó.
Ambos
huían por la carretera rayana al puente Farewell. Mediante el retrovisor él
atisbó a un Ford. Ella también, y los dos atisbaron el marcador de velocidad.
–Agárrese
–pisó a fondo.
Como
si vaticinara el desenlace Wendell frenó, sin embargo, Janet giró el timón
desviándolo del carril. Se deslizaron por la rampa y cayeron al río. Rompió el
cristal y la llevó hasta la orilla. Exhausto, se tendió boca arriba. En
lejanía, pudo distinguir a un trotador.
–¡Agente
George Schull, baje el arma! –enseñó su placa.
–Y
el agente Andrew Sanders –exclamó otro–. George, voy a darle los primeros
auxilios a Janet.
–Caramba.
Si le enseñamos la maniobra. Caprichos de novato.
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