Me
harta que, lo manifiesto pues igual me pasó con Proust, el esteta –valga las
cacofonías siguientes– desvincule la ética de la estética; ambos elementos deben
juntarse en la realización del escritor para fundamentar su arte. Francisco
Umbral, en su, por qué obviar el encomio, límpida Ninfas hace eso, se olvida, y no a causa de la edad, de apartar el
cinismo adolescente o la “pose” de descuidado fleur y nos deja, o deja, una solicísima crítica de la sociedad que
desde el ilustre, aunque hoy poco recordado, Edgardo Rivera Martínez pasando
por el primigenio Capote y llegando a Wilde –solamente para aludir a los modernos–
el vituperio hacia la polis, la cīvitās, hacia lo civil e incivil, hacia
aquello que Durkheim con lógica implacable cientifizó, nunca desaparece.
Lo
entiendo, el tejido social se ha estado pervirtiendo en demasía, genera náusea al
diferente, a quien es dado a la charla sofisticada, al primor de la palabra y
al simulado decoro del comportamiento, sin embargo, las disquisiciones, los escarceos
son una selva enredada, ahíta de incertezas. Con ello no aduzco que la cultura,
el pensamiento, ofrezca tácitas respuestas o sea un manual donde se enumeren soluciones
a severos inconvenientes ónticos –más aún, considerando el haber polifónico, la
existencia de microvoces, las cuales refutan, [1] hacen avanzar y retroceder
al promiscuo protagonista del dandy madrileño–,
pero sí reclamo coherencia moral.
Un
intelectual consciente de su jerarquía ha de emplear esa arma en aras de la
humanidad, modificando términos, debe eludir la producción de bella artesanía, como
Paco que la cambió por la etiqueta de “don”, si ésta implica la disimulada
supresión de la libertad, el vano juego de la contradicción voluntaria, [2] o peor, el aniquilamiento
de la hondura…
A
modo de cierre parragráfico permítanme citar la novela:
No
es un principio ético el que me impide hacer un matrimonio de conveniencia con María
Antonieta [una de las ninfas que le dan título a la obra]. Es un principio
estético. Me encantaría ser protegido y mantenido por una marquesa. No puedo
soportar serlo por una pescadera y para toda la vida. Del mismo modo, no es un
afán de justicia, de trabajo, de libertad, lo que me distancia cada día de mi
ciudad, de mi mundo, sino un puro estético. No tanto como romper con la
pobreza, lo que quisiera es romper con la fealdad y… [3]
Ya expuesto, oblicuamente, el análisis del contenido, cabe resaltar un mucho su aspecto formal, en concreto, esa especie de “yo lírico” o “ego musical” al que le sobran las comas e interjecciones, pues fluye y difluye cual agua descendente de una montaña que se descongela, y, por supuesto, rescatar, también, los varios anacronismos castellanos, la amplitud del léxico y las frases tan pulidas y profundas en las que reside lo que aquí demando: “… lo fascinante del mal es que no tiene fondo.” Efectivamente, evitemos, entonces, ser malvados quedándonos en el umbral de la puerta.
[1]
A propósito, Enrique Vila-Matas refiriéndose a La tentación del fracaso –cuya última edición lleva su firma en el
prólogo– en una entrevista afirmó que Julio Ramón Ribeyro se contradecía, en su
mentado diario, frecuentemente; mas, no advirtió aquella multitud de seres
parlantes que habitan la patria del creador, su espíritu, y afloran en lugares
especiales como un cuaderno íntimo.
[2] Jugado, también, por su compatriota y protector Camilo José Cela quien paseó con un Rolls-Royce en el interior de España o por el célebre Fernando Sánchez Dragó quien habiendo sido militante comunista terminó su vida apoyando a Vox –partido conservador español– con el supuesto fin de combatir el progresismo huero.
[3] Francisco Umbral, Ninfas, RBA, Barcelona, 1993, p. 152.
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