Artículo: Del mono obeso a la posmodernidad

 

El doctor José Campillo en su libro titulado “El mono obeso” demuestra certeramente que, para decirlo con un anglicismo, el estilo de vida actual –circunscrito, sin duda, a las superurbes o metrópolis– está muy desvinculado de nuestra programación genética; esa es la razón por la cual atravesamos una increíble pandemia de la gordura.

Mas con respecto al pasado, a la biohistoria, la naturaleza debió modificar el organismo para adaptarlo a la gula omnívora del ardipithecus ramidus o al sedentarismo hiperfágico del agricultor, del homo faber, per, ahora, más bien, debe reñir contra un entorno hostilísimo ya no sólo dominado por la neoburguesía tecnoplutocrática cuyo capitalismo tardío opera bajo la consigna de la democracia liberal, sino también –y ello es el resultado de lo anterior– por el calentamiento global y el cambio climático, la violencia y el crimen exacerbados, la drogadicción y el narcotráfico, las enfermedades psíquicas y fisiológicas y la “maravillosa” edad posmoderna; resumidamente, por la cojudez humana.

Hoy carecemos de aquellos que inventaron la ética, en tiempos remotos, paralelamente a las ciencias puras cuyos empleadores se vanaglorian, en vano, por poseer títulos universitarios y un puntaje alto en el test de Oxford empero, le es imposible pensar allende los marcos delineados por sus especializaciones. Es como si observaran un árbol cuando existe un inmenso bosque, o como si reparan únicamente en la manija de una puerta de Nôtre Dame.

Ampliando el asunto, todos esos movimientos desesperados qué objeto tienen. ¿Acaso desconocen que un sistema aislado, de acuerdo con la termodinámica, genera entropía? Eso tampoco entiende, pues según Frederic Jameson provienen de la misma estirpe mohosa, el posmodernismo y sus amenazantes simulacros intersexuales y feministas que soslayan la trivialidad zoológica de lo homosexual y la orientación prístina y honda de la mujer-terrenal. [1] De esto sería equívoco inferir una misoginia encubierta la cual estribara en la carencia de potencial intelectivo; mi postulado dista de Lascaux, únicamente quiere revelar la minimización de lo femenino que hacen los posmodernos enterrando así el legado axial de la varona como protectora y parte complementaria del varón-onírico [2] mientras traban relaciones diagonales, en efecto, ya que a menudo son tirantes y conflictivas. [3]

Además, esa gentita progre, esos pitucos que asen un libro de Butler como Moisés el decálogo divino, no han transitado por el desagraciado pavimento de una barriada ni olido la pestilencia de un mercado mayorista; allí, en el pueblo, se anulan las superfluas lucubraciones masculizantes de Beauvoir, esos súbitos y nuevos géneros cuya superficialidad los delata, el capricho de la interpretación que analiza toscamente la hermenéutica nietzscheana, la gramatología relativa y la sofística de Wittgenstein, para ser reemplazada por el sentir del pan… ¡Ah!, perdón, me olvidaba, ello también, en tanto símbolo, puede deconstruirse.     



[1] Concepto cuyo significado alude a las pocas damas que se desinfectaron de la falsía digital, de las convenciones sociales y de los sistemas volátiles sustentados en academias de cartón.

[2] Concepto cuyo significado hace referencia a casi lo mismo –por eso emulo la sintaxis– que mencioné sobre la mujer-terrenal, salvo por un importante matiz: el varón-onírico es onírico porque se entrega a la fantasía, a la abstracción, al autismo, al soliloquio. Lorca tuvo razón cuando afirmó que las féminas intelectualizan menos; claro, encarnan la vida, no precisan del cielo sino de la tierra.

[3] En oposición a las relaciones entre homosexuales que son horizontales u horizontalizadas; se encajan con mayor eficacia porque buscan reflejarse en un espejo.

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