No es descabellado asegurar que el mimo –cuya
aparición, según Arnold Hauser, se remonta a la Prehistoria– se asemeja a un
político. Gesticula, mimetiza y actúa para una masa gigantesca de cerebros
embrutecidos –a menudo sistemáticamente o relejados por un sinfín de sedantes–
que, como dijo el psicoanalista Max
Hernández parafraseando al humanista Étienne de La Boétie, llevan sus cadenas gustosamente.
¿Quién ha afirmado, con una razón profunda, que el
pueblo y la mesocracia anhelan la libertad más allá de motivos económicos o el
aseguramiento de su posición social? Ellos ignoran cualquier contrato ginebrino
y no contemplan el progreso, si es que lo hay y para usar un vocablo teórico,
multidimensionalmente sino unidimensionalmente. Ante esto se puede aducir la
actual –y vieja– problemática educativa y cultural, en efecto, pero el posible
replicador obviaría el hecho de que, como bien señala el historiador húngaro
antes citado, poquísimos personajes ilustres de la Grecia antigua y democrática
defendieron a las mayorías. También, la clara contradicción que en su momento
indicó Ernesto Sabato; en seguida circunscrita en una interrogante: ¿Cómo es
posible que la Alemania prenazi fuera casi completamente alfabeta y apoyara al
Führer?
Claro, la explicación, aunque insuficiente, es
psicológica. Sin embargo, validándola ¿no entraríamos en el terreno de lo
imprevisible? Toda psicometría o psicoanálisis sociológico llevaría la
esquematización a límites absurdos. De resultas de lo cual, quien piensa en una
oscura habitación, sabe que el voto y las elecciones son programas estelares en
el teatro de la tragicomedia humana y, por eso, el único sistema que yo apoyaría,
mi sistema, la anarcomeritocracia futiriza, una meta aristócrata o, en su
defecto, de la alta burguesía; es decir, nada práctica, meramente
intelectual, casi utópica.
Entonces ¿qué hacer? Para salir del apuro, engañémonos,
ignoremos la contradicción. Al final,
no tenemos por qué ser lógicos ¿verdad?
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