No
existe una verdad absoluta, más bien, existen verdades distinguibles en tres
categorías.
A) La verdad definitiva: Es la inapelable
visión del mundo que tiene un dogmático, alguien impermeable. Él cree en
jerarquías religiosas tanto como en políticas socialistas; pero, a la vez,
trata de imponer su verdad con el fin de que todos la compartan aniquilando a
disidentes, opositores y críticos: sin ello, es decir sin la aniquilación, se engañaría.
B) La verdad interior: Esta
requiere de años para realizarse, dicho con precisión, cuesta lustros que
prolifere. Empieza cuando una persona es autoconsciente, o sea, comienza a
descifrar la realidad y cae en la cuenta de que el entorno está corrompido.
También se puede llegar a ella soportando agonías, cavilando búdicamente,
asistiendo al nacimiento de un vástago o teniendo una epifanía.
C) La verdad social:
Compete a la mayoría ya que es pública, basta observar las avenidas cubiertas
de acéfalos. Ha menester, entonces y aunque parezca abrupto, preguntarse, igual a Platón o J. J.
Rousseau, ¿qué es la democracia? El filósofo griego definió la democracia como
un medio por el que déspotas toman el poder. En cambio, el polímata suizo, aseguraba
que la democracia era una manera perfecta de gobernar con la condición de que
pacten el líder y el pueblo.
Ninguno
considera al respeto como ingrediente
axial en cualquier relación: a nadie puede llamársele tirano si no maltrata al
vulgo; nadie puede nombrarse aristócrata sin importarle las razas inferiores;
nadie es comunista careciendo de reciprocidad y pertenencia comunal; por tanto,
el respeto es una delimitación oportuna. Para cumplirlo cabalmente se requiere
esfuerzo, voluntad y persistencia, amén de un grado ideal de locura. Cualidades
todas complicadísimas de alcanzar.
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