Andando
por una desolada calle miraflorina me topé con una mansión en forma de U,
torres paralelas, balcones delgados y un jardincillo en el centro cuya fuente de
piedra relucía gracias a una pequeña escultura angelical. Las paredes eran de color
crema, el techo granate, y una valla y un garaje la separaban del exterior –lo
más curioso era su desorden e impulcritud.
Volví
tras una semana llena de embeleso, recuerdos y fantasías, esta vez dispuesto a tomarle
una foto, describirla en una libreta y hacer un esbozo. Entonces, cabizbajo, apostado
en un árbol y usando mi maletín como una mesa, empecé a dibujar la primera
línea quizá demasiado fuerte porque la punta del lápiz se rompió, volaron
varias hojas y objetos disímiles.
Temiendo
levantar sospechas en el vecindario residencial, recogí mis cosas silenciosamente
y, justo cuando levantaba la última, vi –a través de una de las ventanas de la
casa– a un hombre ventrudo y senescente firmando documentos con un desgano
inmisericorde. ¡Caramba! ¿Dónde había ido a parar la magia? Seguramente ese
tipo era un burócrata a punto de jubilarse, divorciado, impotente, un renegón
que le agrada el whisky etiqueta azul y jugar al golf acompañado de sus amigos
en el Country Club o almorzar lomo saltado en el Hotel Bolívar.
Apesadumbrado
por el hallazgo, harto de la realidad, regresé a mi covacha, al frío de su concreto, al peligro del cielo raso, y me senté, extendí el papel sobre el escritorio y tomé
la pluma:
Construida
siguiendo, raramente, la moda arquitectónica andaluza del siglo VII, brillaba
por su belleza musulmana similar a la Torre de Oro de David Roberts. Fue
adquirida por el padre de un embajador a un conde español. Pasó por muchas
peripecias a lo largo de su existencia y albergó a las generaciones de Pablo
Bélanger, hijo del mentado dueño, y de cuya familia ahora nos toca hablar…
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