Ensayo: El error epistemológico y un posible defecto genético

 

El vocablo latino ‘ego’, al margen de las clasificaciones freudianas, es un proyecto a desarrollarse enriqueciéndolo con prótesis espirituales: saberes, vivencias, reflexiones. Mas ¿cómo determinar su fortaleza cuando una nimia refriega puede lacerarlo? Bueno, recurriendo al juicio ajeno para someterlo a minuciosos exámenes, y así someternos a nosotros mismos, por más que ello implique soportar enconos, solapamientos, falacias ad misericordiam, etcétera.

Aquel etcétera obvia una cuestión fundamental: la dialéctica. Voy a ejemplificarla tomando partes de un libro que reposa en mi escritorio: La consciencia de Zeno. En un capítulo el narrador se encuentra en la sala de su futuro suegro, oscura, porque Guido –su rival afectivo, y a la postre, amigo– sentado a un velador “invoca espíritus”. Excusándose en el azar, Svevo le permite a Zeno mover la mesita y dilucidar las preguntas del evocador con engaño.[1]

¿Por qué actuó de esa forma? Alguien sensato replicaría basándose en los celos del protagonista; yo no, a mí me encanta la tortura. De resultas de lo cual encontré un error epistemológico, seguramente postulado por especialistas. Parte del principio de que la Realidad está dividida en dos categorías (intersubjetiva y exocolectiva), una propia del sujeto y otra pública, a la vez, está singularizada por dos tipos de Lenguaje[2] (simbólico y articulado) relacionados y nutridos entre sí.

De manera que a ambas partes de la Realidad les corresponde ambas partes del Lenguaje –desde aquí los abreviaré de la siguiente forma R. y L.–; no embargante, el L. simbólico es más frecuente en la R. intersubjetiva que en la exocolectiva –igualmente los abreviaré; quedan así i. y e.–, porque pertenece al sueño, al misticismo[3] y a la sensación; y se expresa mediante actos repentinos invadiendo la R. e.

En cambio, el L. articulado –siguiendo el orden a. y s.– es más frecuente en la R. e. que en la R. i.; no embargante, de la misma forma invade la R. i. y ulteriormente genera ese “hablar uno consigo mismo” unamuniano: el autodiálogo. Recuerdo que don Miguel añadía en ese párrafo: “… el habla es social, y sociales son el pensamiento y la lógica”.[4] Vislumbre comprobado en décadas posteriores junto a la fecha de su nacimiento, 7 u 8 años. Cabe digregar, mediante un lacónico esbozo, el conflicto que entrañó semejante hipótesis.

Empezando el siglo recién pasado Lev Vygotsky refutó la base teórica sobre el pensamiento –acortaré este término pues no deseo hartar– y el habla de Jean Piaget:[5] el p. egocéntrico cuya habla lo representa. Primero, Vygotsky describió sus características esenciales: a) une el p. autista y el p. lógico; b) de ellos comparte propiedades; c) es sincrético, o sea, su lenguaje se compone de símbolos coherentes.

Y fue más allá o más atrás, indagó qué era el p. autista y de consuno, cómo era el niño autista. Entonces, consultó al maestro de Jean, Eugen Bleuler quien inventó el concepto otorgándole tres significados: 1) egocéntrico, recurre a mitos para expresarse; 2) desadaptado, habita sueños o huye de la realidad; 3) subconsciente, persigue metas irracionales y resuelve ninguna duda. He ahí las conexiones pertinentes a la tesis de Piaget.

Pero el ilustre bielorruso notó algo más. Decir, como el biólogo suizo, que el p. autista es el principio del desarrollo infantil genera agujeros lógicos, pues se funda en el primitivismo ególico de Sigmund que, despreciando la química, enarboló una falacia: al nacer el niño finge alimentarse. Mudando de términos, prescinde del socorro maternal.

“Supone [Freud] –comenta Bleuler citado por Lev– que un bebé cuyas necesidades están plenamente satisfechas (…) ‘tiene alucinaciones’ relativas a la satisfacción de sus necesidades internas, manifiesta su irritación llorando y con una reacción motriz. Entonces, experimenta una satisfacción alucinatoria”. El psiquiatra suizo conserva mayor credibilidad en estos temas ya que estudió ipso facto a chicos, de parecida edad, sanos y enfermos. “No veo una satisfacción alucinatoria en un bebé –agrega luego de examinarlos– (…) lo que sí veo es una satisfacción tras la ingestión real de comida.”

Respaldado por los irrebatibles datos, Vygotski determinó: “El pensamiento autista no es el primer paso ni la base sobre la que podría construirse todos los estados ulteriores de desarrollo (…) la primacía del autismo es un sinsentido biológico.” Saeta que dio en la diana tras la propalación de su experimento en una revista de la Universidad de Princeton.

Según Jean el habla egocéntrica acompaña, sin intervenir, la predilecta y espontánea ejercitación del niño: jugar; actividad, también, que era su campo analítico. Lev siguió ese método con una ligera diferencia, obstaculizó algunos juegos. De modo tal que los evaluados acrecentaron “el coeficiente [sic] del habla egocéntrica”.

Dubitante, evocó la ley del pedagogo Éduoard Claparéde; parafraseada suena así: a un autómata cualquier óbice le hace tomar consciencia. Vygotsky se empeñó; ahora evaluó a un escolar, supuesto dirigente del p. egocéntrico. Frente al tinglado el muchacho calló y aquilató; estímulos suficientes para la deducción: el habla egocéntrica precede al p. lógico.

Acabada esta tediosa digresión prosigamos con nuestro discurso.

Tal vez el L. a. inventó o describió la R. e. aproximadamente cuando nuestros ascendientes vincularon la fonética con la semántica.[6] En cambio, el L. s. es pretérito, procede de los mamíferos –incluso podría proceder de organismos primitivos como las bacterias o las células; de lo que sí guardamos certeza es de dónde se originan: en la corteza límbica–[7] y es manifestado al través de “experiencias simbólicas” que guardan estas propiedades:

A) velada o soñadora: la primera, generalmente, es práctica de religiosos; sería oportuno aludir a Santa Teresa de Jesús, la tradicional mística –pionera, aparte, en el difícil enlace, a la sazón, de la psicología y el misticismo– creía en la oración como si fuera la puerta de un castillo diamantino: ese castillo es el alma.[8]

La santa distinguía la oración entre considerada y no considerada[9] “porque la que no advierte –discursa en femenino pues se dirige a lectoras– con quién habla, y lo que pide, y quién es quien pide, y a quién” desconoce atención. ¿Estaría de más objetar que una comunicación requiere de receptores materiales?

Ciertas experiencias no se subordinan a la voluntad, igual que el éxtasis aquiniano –Tomás de Aquino es, por lógica escolástica, adversario de los místicos–; en verdad, fueron copiosos. Un biógrafo moderno cuenta que Santo Tomás le comentó a su secretario, fray Reginaldo, cómo la Virgen “se le apareció y le certificó sobre su vida y ciencia”[10] sin que él meditara de antemano.

La segunda es totalitaria, aunque desigualmente aprovechada. Difiere mucho el beneficio extraído por el simbolista Jean Moréas de un “hombre común”. Vale detenerse en la lectura que el Manifeste hace de lo Ideal; alterado concepto platónico de cuyas propiedades es inferible su definibilidad. Moréas, en cambio, apela a la sensación, busca “vestirla” para expresarla con metáforas.[11] A mi juicio, es una forma límpida de poetizar lo inefable.

B) unicidad intransmisible: ¿es aceptable relacionar el sistema ‘alteración-ensimismamiento’ de Ortega y Gasset con los significantes que intitulan este apartado?[12] Respondo desconfiadamente. Comencemos por dilucidar la acepción; según el filósofo español ‘ensimismarse’ es la capacidad humana de “desasirse de su derredor”, volverse “de espaldas al mundo”; o sea, estar desembarazado de las cosas y los otros que radican en una ‘circunstancia’ bidimensional.

Nuestra vida –afirma Ortega– se nos presenta constituida por dos dimensiones, inseparables las unas de las otras. En su dimensión primaria, vivir es estar yo, el yo de cada cual, en la circunstancia y no tener más que habérselas con ella. Pero esto impone a la vida una segunda dimensión consistente que no tiene más remedio [el hombre] que averiguar lo que la circunstancia es.

Por haberse amistado con las cosas y los otros, la circunstancia ‘altera’ al hombre imponiéndole sus antipáticos gustos y, niego copiar a Marcuse, lo unidimensiona; ya unidimensionado sigue el régimen del adminículo. Esa misma alteración lo devuelve hacia su fuero interior y, para evitar daños, interpreta el objeto.

Así surge la idea, muy supervivencialista, y de esta, la creencia; un tipo de idea a la que nos aferramos. En un momento dado, ella nos constituye, nos hace suya: somos la idea; lo peor es que a veces falla y debemos reemplazarla, de nuevo, vertiéndonos hacia dentro. Resumidamente, el sistema ortegeano es “intelectualista práctico”.

No distaré más del punto de encuentro que quise establecer: el hallazgo del artificio evolutivo, en consecuencia, poseído –y elevado– por la mencionada avilesa que en sus “Moradas” se encarga de hipotetizar el contenido de aquella zona invisible. Pero, recurriendo a mis vocablos, le falta un L. s. que enriquezca la R. e. y convierta sus exaltaciones en estudios directos que debatan los epistemólogos: “… es una cosa muy honda, que no sabe decir [el alma] cómo es, porque no tiene letras”[13].

¿Cuál es la razón de esta ocurrencia? Especulo que se trata de un defecto genético: han vedado a nuestra especie de desarrollar su L. s. Bajo esas indicaciones, el viejo refrán socrático jamás se obedecerá eficazmente; eso mismo nos hace dinamita. 


[1] Italo Svevo, La conciencia de Zeno, Cátedra, 2011, Madrid, pp. 185-191.

[2] Entiendo aquí “lenguaje” como el medio por el que se expresan códigos y sonidos; no el que los contiene.

[3] Coligo de un libro de Joseph Campbell que los mitos sirvieron para llenar el vacío histórico y responder cuestiones inextricables. Los mitos, Kairós, 2022, Barcelona, p. 23; pp. 24-25.

[4] Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida y otros ensayos, Debolsillo, 2020, Barcelona, p. 419.

[5] Cf. Lev Vygotsky, Pensamiento y lenguaje, Booket-Paidós, 2018, México, cap. 2.

[6] El reconocido neuropsicólogo Antonio Damasio asevera con imprecisión que el surgimiento del lenguaje aconteció hace 50.000 años. Mas, Carl Sagan en su libro Los dragones del edén cita una investigación realizada por el antropólogo Ralph Holloway, quien encontró el “área de Broca” en restos fósiles del homo habilis perteneciente al pleistoceno.

[7] Cf. a. cit. El extraño orden de las cosas, Destino, 2019, Colombia, cap. 5 y Los dragones del edén, Booket-Crítica, 2023, México, p. 151, 152.

[8] Santa Teresa de Jesús, Las moradas o el castillo interior, Edimat, España, 2007, p. 37.

[9] Al pie de la letra dice “con consideración”; sin embargo, lo he alterado por fines estéticos.

[10] Alusión de Eudaldo Forment en Id a Tomás, Fundación Gratis Date, 2005, p. 9.

[11] Véase Jean Moréas, Manifeste du Symbolisme, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2011, https://www.cervantesvirtual.com/obra/manifeste-du-symbolisme.

[12] He tomado de referencia el artículo de la profesora María Lucrecia Rovaletti Del ensimismamiento a la melancolía, Revista de Neuro-Psiquiatría, Argentina, 2003; 66: 63-72.

[13] Op. cit. p. 170.

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