Richard
Ford dedicó varias décadas a leer y releer los cuatro tomos de las obras
completas de Antón Chéjov. Eximio cuentista ruso que en más de veinte años
compuso narraciones inigualables. No es ninguna novedad que universidades tan
prestigiosas como la Oxford University bequen a estudiosos para que diserten
acerca de la enigmática La dama del
perrito.
En
la introducción de The Essential Tales of
Chekov Ford apunta lo siguiente: “… debido a su ejemplar plenitud, llegué a
experimentar la literatura en el sentido que le da F. R. Leavis con su famoso
ensayo sobre Lawrence: entendiéndola como el medio supremo a través del cual
‘sufrimos una renovación de la vida sensual y emocional y adquirimos una nueva
consciencia.’”
Acotaría
algo más: la sutileza con la que está planteada la ambivalencia moral.
Bien
es sabido que Antón echa luz a los oscuros intersticios del alma humana jugando
con las determinaciones, medianamente precipitadas, del lector. Esto se trasluce
en Relato de un desconocido, narrado
por un sirviente que responde al nombre de Stepán y quien siente un profundo
amor hacia Zinaída Fiodoróvna, la mujer de su jefe. Según ella su esposo es un
hombre docto, versado en muchos idiomas y de gran talento. Parece así gracias a
la sutileza del narrador que refuerza la viciada opinión de la amante dándonos
a conocer los hábitos de Orlov.
Habiendo
leído el comienzo y las siguientes frases uno podría inferir la consecución
escénica pero caería en un error: “Por motivos cuyos pormenores no hacen al
caso –dice Stepán Ivánovich– tuve que entrar de criado de un funcionario de
Sant Petersburgo apellidado Orlov.” Persuasión que únicamente menciona la rivalidad,
más adelante confesada, sin detenerse en la ramplonería del patrón y la
verdadera intención del criado. Todavía deberemos llegar al desenlace para
conocerlos.
Ya
retiradas las caretas Ivánovich propone a Zinaída sanarse del engaño conyugal
huyendo a Venecia. Allí admiran góndolas, como Mann alguna vez las admiró, no
obstante, se hostigan rápido y resuelven ir para Florencia donde Stepán
enferma. En el febril ínterin revela a su acompañante un secreto.
Con
anterioridad Chéjov eludió demostrar la endeblez de Fiodoróvna para manipular
nuestra valoración sobre ella. En el capítulo XVI, por el contrario, la atiende
señalando su embarazo. Lo espléndido es que enseguida intercambia sugerencias
relatando los andares de Ivánovich, aparentemente desdeñosos, por bares
florentinos.
Cerca
del momento cumbre o de lo que teóricos literarios llamarían clímax, Zinaída
interroga a Stepán. Principia espetándole la réplica que han hecho de Orlov, y
termina aborreciendo, en un acto ingenuo, su engaño. Ivánovich se ofusca y
exclama “deseo vivir”; ella contesta “odio la vida”. De ese modo emerge la
antítesis: son un navío que lucha contra la corriente; mas, Fiodoróvna agarra
el timón y lo hunde: “¡No, todo ha terminado!”
Ulteriormente
concibe a una bebé e ingiriendo veneno perece. ¿Acaso el exsirviente apuró su
deceso? ¿qué hubiera ocurrido si la honestidad era puntual? Misterio. La única
certeza extrapolable refiere que la moral se desgarra de un tirón.
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