Gracias
a nuestra ansia de pensamiento siempre hemos tratado de descifrar, inter alia, la esencia del mal, o sea,
sus causas y fines. David Lynch no se escapa de ese intento fracasista, puesto
que, a mi parecer, creó una serie televisiva [1] con el propósito de
perfeccionar la mitología ya expresada en otra de sus obras cumbre “Terciopelo
azul”. Ahí, el protagonista, [2] claro alter ego del director,
se interroga de la siguiente guisa: “¿Por qué el mundo es tan extraño? ¿por qué
hay tanta maldad?”
Ello
representa el comienzo no de una pesquisa policial que descubrirá cómo un
grupete de facinerosos violenta a una frágil cantante de cabaret, tampoco el
modo en que un joven curioso y con inclinaciones algo perversas sonsaca las
patologías psíquicas de sus vecinos ni, por último, la superficial búsqueda de
la verdad, sino de su creación: Dale Cooper sólo continúa esa leyenda.
Que, vale añadir, ninguna producción seria [3] ha continuado, quizá porque sus realizadores ignoran el carácter onírico de las grandes creaciones humanas. Eso, justamente, distingue a Lynch y lo une con mayor fuerza a artistas supuestamente disímiles tales como Bergman, Sibelius, Renoir o Casares.
[1]
Por supuesto, hablo de “Twin Peaks”.
[2]
Los lectores cinéfilos sabrán que aludo a Kyle MacLachlan.
[3]
Pienso en “Los sopranos”, “Breaking Bad”, “The Wire”, “Mad Men”, etcétera.
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