Dos incipientes seres
caminan y charlan dirigiéndose debajo de un puente.
El
lacustre, ligeramente frío, es de color anaranjado.
El
pasto cubre la orilla.
La
única lumbre ilumina una banca de madera.
Oscurece
y las aves retornan a sus nidos y algunos patos flotan plácidamente
haciendo
pequeñas olas.
Transeúntes
distraídos, ciclistas, escapan del bullicio como si un viento
magnético
los atrajera.
La
ciudad de edificios inmensos enciende sus bombillas; los jirones parecen
una
colmena.
El
sofocante tráfico ahoga, lentamente, a los mortales. Los lleva al edén del
olvido,
al paraíso de la ignorancia, al desprestigio del iluminismo; los vuelve
farragosos.
Ambos
siguen allí, mujer y hombre, debatiendo sobre el devenir del tiempo,
acerca
de la degradación y del denuedo por contradecirse.
Pausan
y determinan la culminación de la plática.
“Es
imposible acabar, es improbable intervenir, es difícil efectuar”, pronuncian.
Se
hace el silencio y el muchacho cae de mentón, rendido, y soba sus ojos
suspirando:
“Ya hemos perdido”.
La
mujer, de órbitas centelleantes, le abraza besándolo.
Él aprieta su rostro contra su pecho cálido derramando lágrimas.
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