Poema: Retrato de la infelicidad

 

Dos incipientes seres caminan y charlan dirigiéndose debajo de un puente.

El lacustre, ligeramente frío, es de color anaranjado.

El pasto cubre la orilla.

La única lumbre ilumina una banca de madera.

Oscurece y las aves retornan a sus nidos y algunos patos flotan plácidamente

haciendo pequeñas olas.

Transeúntes distraídos, ciclistas, escapan del bullicio como si un viento

magnético los atrajera.

La ciudad de edificios inmensos enciende sus bombillas; los jirones parecen

una colmena.

El sofocante tráfico ahoga, lentamente, a los mortales. Los lleva al edén del

olvido, al paraíso de la ignorancia, al desprestigio del iluminismo; los vuelve

farragosos.

Ambos siguen allí, mujer y hombre, debatiendo sobre el devenir del tiempo,

acerca de la degradación y del denuedo por contradecirse.

Pausan y determinan la culminación de la plática.

“Es imposible acabar, es improbable intervenir, es difícil efectuar”, pronuncian.

Se hace el silencio y el muchacho cae de mentón, rendido, y soba sus ojos

suspirando: “Ya hemos perdido”.

La mujer, de órbitas centelleantes, le abraza besándolo.

Él aprieta su rostro contra su pecho cálido derramando lágrimas.

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