Por
el momento elijo no asistir a la universidad porque ahora más que nunca los
llamados “profesionales de la enseñanza” apartan el conocimiento y priorizan
–ofrezco disculpas pues pronunciaré una palabra muy fea– la ideologización. [1] Eso mismo le expliqué a
mamá, pero, aun habiendo pasado por “estudios superiores”, no entendió. Al ver
su rostro contrariado recordé las tesis de Jung sobre la introversión [2] y a Benjamin de Faulkner.
O sea, una cosa que versa acerca de la incomunicación y a un ser que la padece:
eso dice mucho de mí.
Aparte,
aquilatando bien el asunto uno cae en la cuenta de que si los políticos
verdaderamente quisieran cambiar la educación conocerían que la enseñanza no
debe profesionalizarse, circunscribirse a un esquema, ni muchos menos ser
demócrata. [3] Tres razones me respaldan;
ahí van y sangradas:
i)
el célebre pedagogo Jean Piaget demostró que el niño adapta, asimila, acomoda,
organiza y reorganiza el conocimiento que le proporciona el adulto. [4] De lo cual se deduce que
el docente es un mero orientador, o al menos tiene que serlo, por eso cuando
cree que imponiendo lecciones será eficaz, yerra y, por lo anterior, es decir
la demostración de Piaget, también se deduce que el humano es, principalmente
autodidacta. Fomentemos, entonces, la autodidactía;
ii)
el erudito cingalés Ananda Coomaraswamy decía que los imperialistas
alfabetizaron a pueblos iletrados destruyendo su cultura memorística para
satisfacer el funcionamiento de la maquinaria industrial que requiere de las
tres eres inglesas relacionadas al aprendizaje, a saber, writing, reading, arithmetic. [5] O sea, la obligatoriedad
es mala;
iii)
el maestro Constantino Carvallo escribió en su diario que enseñar es más un
arte que una profesión. En consecuencia, ha menester preguntarse ¿un maestro
nace o se hace? Si la respuesta correcta es la primera, estamos fregados, y si
es la segunda ¿por qué sólo han aparecido un puñado? De todos modos, las torpes
consignas de los políticos no bastan.
Otra
razón que deslizo, casi para contradecirme, es la que afirma que más allá de
triunfos menores de algunos gobernantes la situación no cambiará si el alumno
de las medianías [6]
sigue despreciando el saber a causa de concebirlo como un medio sólo para obtener
dinero o a la universidad como un lugar por el que hay que pasar obligadamente
para recibir instrucción. [7]
Lo peor de todo es que ese facilismo estudiantil es muy pretérito y está arraigado con una férrea tenacidad. [8] Verbigracia, en la llamada “autobiografía espiritual” de Thomas Carlyle, el ilustre escocés manifiesta que de los miles de estudiantes que había en “su” universidad solamente once tenían ganas de aprender. [9]
PS Estuve ausente durante una semana por problemas de salud. No quería desaprovechar la oportunidad para comunicárselo a mis lectores.
[1]
Esto lo cuenta Fernando Savater en Carne
gobernada, Ariel, 2023, p. 38.
[2]
Ulteriormente supe que fueron derivadas de la definición del autismo –en
síntesis “permanecer con uno”– que hizo el psiquiatra Eugen Bleuler en 1911
para renovar los conceptos de una psicopatología: la demencia precoz. En la actualidad y de manera genérica conocida
como esquizofrenia.
[3]
Cabe aclarar que nunca me afilié a un partido político u organización
ideologizada, y que raramente discrimino a mis interlocutores por su raza, religión
o posición económica, así como tampoco empleo el argumento ad hominem para desacreditarlos.
En fin, yo
no soy demócrata, pero creo que la democracia tiene buenos elementos, por
ejemplo, la libertad; sin embargo, no esta hecha para que el hombre la lleve a
cabo.
[4]
El lector interesado podrá hallar las teorías de Piaget fácilmente en un libro
de texto de psicología universitario… incluso escolar.
[5]
Véase: Ananda Coomaraswamy, El espantajo
de la alfabetización, Padma, España, 2007, p. 42. Yo aconsejaría leer todo
el ensayo que es más bien corto –comprende 29 páginas–; es uno de los más
brillantes que leído de un orientalista.
[6]
La publicidad ha contribuido en demasía a que esa visión mesocrática cunda.
Aunque en una sociedad capitalista con resultados social y psíquicamente
fatales no es mala idea huir de la precariedad laboral, no obstante, es
imposible así asegurar la calidad de la enseñanza y del profesional; lo que sí
es seguro es que la ciencia y la cultura –esencialmente ésta– irán degradándose
hasta desaparecer.
En
cualquier caso, por el momento es mejor dividir facultades, una de negociantes
y otra de curiosos que posiblemente lleguen a tener una pizca de conocimiento.
[7]
Habría que distinguir instrucción de cultivación del siguiente modo: a quien
lo instruyan adecuadamente será educado; quien lea pertinaz y variadamente
entendiendo el texto y en varios idiomas no sólo será educado sino también
culto. La diferencia estriba en el canal por el que se transmita la información
y en la capacidad del emprendedor.
Empero,
mientras los que desean ser educados pueden asistir a una academia, instituto,
escuela o universidad, es decir, emplear el canal aulario, los segundos
únicamente pueden formarse mediante libros, es decir, empleando el canal
papelográfico. A ello hay que sumarle, como dije, la capacidad del emprendedor
que raramente le hace decantarse por la cultura.
[8]
El ejemplo más lejano que guardo en mi memoria tocante al desprecio por el
saber data del siglo XIII y lo materializa un compañero universitario de Santo
Tomás de Aquino. Según cuenta uno de sus biógrafos modernos (Eudaldo Forment en Id a Tomás, Fundación Gratis
Date, 2005) el mentado condiscípulo molestó al Aquinate por algo tan
normal en espíritus templados: ser taciturno.
[9]
Pese a la mínima probabilidad de que el contenido de la cita sea inverosímil
–en el prólogo de la edición que poseo Guillermo Enrique Hudson (inventor de la
antedicha biografía espiritual)
asevera que Carlyle “escribió sobre sí mismo porque vio en él a un símbolo de
su época agitada y revoltosa”– y gracias a mi creencia de que citar enriquece
los argumentos, me he atrevido a tomar una parte del capítulo III del libro II
de Sartor resartus, Desván de Hanta,
España, 2015.
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