Y todo lo que hay
de espléndido,
bueno o placentero
para el hombre,
le viene por ti…
Aristófanes
Introducción
Habría
que circunscribir el tema de este ensayo a lo que, parafraseando a Albert
Malet, llamaré “la idea del dinero” que originalmente les perteneció a los hititas
quienes la concibieron entre los siglos XVII-XV a. C., sin embargo, no fue
usada como en la actualidad hasta el siglo X a. C. [1]
Incluso podría haber influenciado al escritor –¿o escritores?– del Génesis [2]
con la venta de José por sus hermanos a cambio de piezas de plata; aunque
varias fuentes demuestran que las transacciones se volvieron cotidianas recién
en el siglo IV a. C. [3]
¿Qué
es el dinero?
El
DRAE en su artículo dedicado al vocablo del que me ocupo y en su primera
acepción dice así: “Moneda corriente.” Definición simplista y hasta ridícula
que no satisface su riqueza conceptual. Aparte, la Academia elude dar un
significado etimológico que englobe el concepto numérico del término. ‘Dinero’
procede del latín ‘denarius’ éste de las partículas también latinas ‘decam’
(diez) y ‘deni’ (cada diez). O sea, la palabra surgió para indicar la
abstracción de cosas –específicamente bienes– y materializarlas de modo que
sirva de objeto igualador.
Con
oportuna razón Aristóteles expresaba: “La moneda (…) viene a ser una medida
general que permite valorar todas las cosas, las una con relación a las otras,
lo iguala todo. Y así –añade– sin cambios no hay comercio ni sociedad; sin
igualdad no hay cambios; y sin una medida común, no hay igualdad posible.” [4] Y
no sin demasiada agudeza Schopenhauer anotó:
Se
reprocha frecuentemente a los hombres dirigir miradas principalmente al dinero
y amarlo más que [a] todo el mundo. Sin embargo, es muy natural y casi
inevitable amar a lo que, semejante a un Proteo infatigable, está dispuesto a
cada instante a tomar la forma del objeto actual de nuestros deseos, tan
móviles, o de nuestras necesidades, tan diversas. [5]
Pero
esta doble propiedad del dinero que apunta a una sola dirección requiere, como
opinó Friedrich Hayek, de una vía circulatoria. [6] Lo
malo es que en ella muchos parten antes y van sorteando obstáculos en desmedro
de los que se quedan. Ello mismo ha hecho aparecer en nuestra civilización
supermoderna –especialmente en la mía, la limeña– el etnoracismo, si se me
permite la expresión. A pesar de que el sociólogo Guillermo Nugent le reste
importancia explicando el cambio suscitado hace relativamente poco:
En
la sociedad peruana actual –asevera el autor de El laberinto de la choledad–, la importancia del dinero para
delimitar la importancia del poder es mucho mayor que la discriminación basada
en consideraciones como las raciales. (…) En sentido estricto, lo que existe es
algo muy definido y con una palabra muy específica: el choleo, que es
permanentemente elemento de jerarquización discriminatoria en el reconocimiento
de los derechos y obligaciones de las personas. [7]
Volvamos
un momento la mirada sobre lo que apuntó Schopenhauer; el ilustre alemán decía
que el dinero materializa nuestros deseos. Si aceptemos eso habría que saber
cómo nos acostumbraron recientemente a estar satisfechos de manera inauténtica.
Dos motivos quizá aclaren la inquietud: a) la Revolución Capitalista –no
industrial–; b) el desarrollo de las técnicas mercantiles o marketing.
Comenzaré
aludiendo a un crítico por antonomasia de lo que produjo la Revolución
Capitalista –escribo ese verbo en pretérito para evocar la dialéctica de los
contrarios– Marx que en un escrito titulado “El sentido de tener” conjeturó la
razón por la que compramos:
La
propiedad privada no es sino la expresión sensible de que el hombre se
convierte en objeto de sí mismo –asevera Marx–, más aún, en un objeto extraño e
inhumano; de que la proyección exterior de su vida es la extrañación de esta;
de que la realización de sí mismo es irrealización, una realidad ajena. [8]
En
efecto, es una “realidad ajena” ya que el pensador comunista la entiende como
la “apropiación del objeto en sus comportamientos objetuales”, dicho de
diferente forma, poseer un fin en la sociedad, que es la “proyección exterior”
de la vida del individuo. Fin que en su mayoría es egoísta, unilateralizante,
merma los ideales e impide compartir una meta comunitaria; nos extraña: por ello embrutece “convenciendo” a las gentes de que
algo no es suyo hasta ser asido o usado.
En
este terreno, el grisáceo terreno capitalista, una nueva tecnología –rehúso
catalogarla de ciencia gracias a las propuestas de Bunge– [9] ha
emergido el neuromarketing, [10]
según su creador, con dos propósitos centrales y dos periféricos: a) conocer
por qué compramos tal o cual adminículo; b) otorgar a las empresas esa
información para que ofrezcan a los consumidores productos personalizados; c)
desarrollar una herramienta práctica para que sea empleada, especialmente, por
publicistas; d) alertar al consumidor sobre la manipulación muchas veces
inconsciente que padece –a menudo con gusto, cabe señalar.
Ello
suena bien, mas, si uno revisa el perfil ético del creador, su escasa cultura [11]
bibliográfica y los argumentos que esgrime para desacreditar a la denuncia que
hizo al Senado estadounidense la Comercial Alert [12]
en contra de la Universidad Emory –lugar donde se estudia el neuromarketing– el
asunto preocupa. En pocas palabras, Lidnstrom asegura, como muchos férreos
defensores del cientificismo, que todo avance científico y tecnológico es
ambivalente, lo cual significa que puede servir para lo bueno o para lo malo y
no por eso debe prohibirse.
“¿Acaso
–parece interrogar a los lectores el publicista danés– se prohíbe la venta de
martillos?” No, desde luego, pero, obvia referirse al carácter malicioso del
ser humano; básteme recordarle, señor Lindstrom, los últimos cien años desde la
Gran Guerra, y permítame preguntarle lo mismo que se preguntó Aldous Huxley:
“¿Qué hemos aprendido de la historia? Si algo hemos aprendido –reflexionaba el
insigne escritor– es que no hemos aprendido nada.” ¿De qué guisa, pues, le
confiamos todas las mejoras adaptativas a un simio insapiente y defectuoso?
No
sólo existe la maldad por el profundo desconocimiento de nuestro interior, sino
también por ser un elemento genético indispensable para la especie. En ese sentido,
requerimos de la crueldad que es impulsada, y a la vez direccionada, por el
egoísmo. Consecuentemente, como expresó el doctor Carlos Alberto Seguín
refiriéndose al odio, debemos aceptarla y convivir con ella tratando de atenuar
sus daños. Difícilmente las atenuaremos usando el miedo, según cuenta el propio
autor, para vender; [13]
lo cual ha quedado ampliamente demostrado en la pandemia del Covid-19.
Pese
a esa grosera exposición, el consumidor promedio sigue y seguirá desconociendo
cómo lo manipulan. Ha menester, entonces, hacer que el dinero funcione como
intermediario entre el comprador y el objeto, o una experiencia –totalmente
simulada, vale aclarar–. Es posible que así, y con el tiempo, los anhelos se
complejicen, ganen peso y compremos, verbigracia, un cigarrillo para
inspirarnos igual que Ribeyro, quien además tenía su propio concepto acerca del
dinero:
Se tiende a pensar que el dinero no nos puede dar la felicidad, lo cual es cierto y es falso. Cierto, en la medida en que la felicidad absoluta no existe y nada en consecuencia, ni el dinero podrá proporcionárnosla. Falso, pues el dinero nos soluciona todos eso innumerables problemas y contratiempos cotidianos y materiales que embarga a la humanidad. (…) Si no nos hace totalmente felices, nos da al menos la posibilidad de pretenderlo y en gran parte lo consigue. [14]
Conclusión
En
su novela Plata quemada Ricardo
Piglia decía que el dinero es neutral, [15]
así es; con mayor razón, si no pensamos en los efectos de su uso, tiende a
banalizarse y se convierte en un vicio.
Colofón
La
palabra que define a quien con vehemencia pretende poseer
riquezas es ‘avaro’. El avaro intenta adquirir sus riquezas con la única meta
de guardarlas, escatima en cualquier nimiedad, congrega más de lo que ya tiene
y teme pensar en el futuro pues las posibilidades de perderlo –mañana, en un
mes o en dos– lo desesperan.
En
un relato de Luis Loayza titulado “El Avaro” describe cómo de urgido se encuentra
uno de estos señores por esconder sus tesoros del tiempo: “Amo mis monedas de
oro (…) me gusta mirarlas guardadas en mis arcas, ocultas del tiempo.” [16] Balzac
también se refiere a ese miedo del avaro en Eugenia
Grandet: “La mayoría de los avaros no creen en una vida futura: el presente
lo es todo para ellos.” [17] Sometidos
a lo venidero todas las cosas son posibles, por ende, el acabamiento de su
peculio terminaría con ellos.
En
la misma medida o más el avaro es egoísta puesto que, naturalmente, la necesidad de
acaparar bienes requiere de un amor propio inmenso, [18] además siente un tremendo interés por el poder, necesario para llevar a cabo sus
caprichos. El ejercicio continuo que demanda este poder se integra en la vida
del avaro: se trata del resguardo obsesivo, casi maniático. Pushkin, el gran
poeta ruso, ilustra de la siguiente forma ese propósito: “Barón: Cada vez que
pretendo abrir un cofre, me invaden emociones y escalofríos. (…) Así, al meter la
llave en el candado, siento algo igual como lo que ellos sienten al clavar en
su víctima el cuchillo: el placer y el horror.” [19]
La tonta idea de aferrarse al presente sin saber –o sabiendo– que, a cada momento, se está haciendo el futuro, presiona al avaro hasta desquiciarlo, porque el avaro –al igual que la mayoría de las gentes– es futurizo; no obstante, él basa su existencia en el logro frecuente de adquirir materias, de mantener sus propiedades, lo cual lo vuelve leve y cobarde.
[1]
Albert Malet, Grecia, Librería Hachette, Buenos Aires,
1942.
[2] La Santa Biblia, Reina-Valera, 1960, Génesis, 37:2-36 y Génesis 20:16; 23:15.
[3]
Alexandre Petrie, Introducción al estudio
de Grecia, Fondo de Cultura Económica, México, cap. VII.
[4]
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Plutón
Ediciones, España, 2020, p. 160.
[5]
Arthur Schopenhauer, Aforismos sobre la sabiduría en la vida, Biblok, 2018, pp. 74-75.
[6]
Friedrich Hayek, La desnacionalización del
dinero, Hyspámerica, Buenos Aires, 1985, p. 53.
[7]
Guillermo Nugent, El laberinto de la
choledad: paginas para entender la desigualdad,
PUCP, Lima, 2012, cap. “Dinero y choleo”.
[8]
Karl Marx, Llamando a las puertas de la
revolución, ed. de Constantino Bértolo, Penguin Clásicos, 2017, España, p.
217.
[9]
Véase:
Epistemología, Siglo XXI, México,
2022, cap. 13.
[10] Martin Lindstrom, Buyology, Booket, Lima, 2018, caps. 5,
8, 9 y 11.
[11]
Quizá eso se debe, aunque no es un pretexto, al hecho
de que permanece trescientos y cinco días en hoteles.
[12] Óp. cit. pp. 15, 16. Dicho sea de paso, la
Comercial Alert es una organización creada por el economista y político
estadounidense Ralph Nader.
[13] Óp. cit. p. 200.
[14]
Julio Ramón Ribeyro, Prosas apátridas,
Editorial Planeta, Lima, 2014, prosa 154.
[15]
Cf. Plata
quemada, Anagrama, Argentina, 2009, p. 173.
[16]
Luis Loayza, El avaro y otros textos, Instituto
Nacional de Cultura, 1974.
[17]
Honore de Balzac, Eugenia Grandet, Edimat, España, 2018,
p. 113.
[18] Óp. cit. p. 117.
[19] Alexandr Pushkin, El caballero avaro, Lucerna Editores, 2014, p. 45. El barón es un judío; el antisemitismo de los rusos en el siglo XVIII era muy grande.
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