Desde el siglo XIX venimos padeciendo una gran deshumanización a causa de una mezcla desnivelada, inédita, pero previsible de la ciencia y de la política. Esa fuerza mixta es casi indesligable porque junta la
indiferencia del científico con la inmoralidad desvergonzada del gobernante.
Ambos carecen de teleología y mendigan la finalidad per se, pues en el fondo
saben que sus propósitos son absurdos. En serio, qué se proponen ¿dominar las
relaciones sociales determinándolas con dos conjuntos de Neuman? ¿esquematizar
las acciones humanas echando mano de la teoría estadística de Pearson?
¿perpetuar la crueldad reutilizando la bomba atómica creada por Oppenheimer?
¿propagar los algoritmos embrutecedores de Gates…?
¡Eureka! Ya sé dónde han nacido, de dónde provienen;
provienen de la materia, de lo físico, de la agonía. Me disculparán, a mí –un
escritor– y probablemente a la mayoría de los artistas, pero lo que disfruto de
la vida no es el caos de la urbe –tan execrable como el puro bienestar–, no es
la frialdad de la monotonía, no son las guerras que cada tanto desatan algunos
idiotas, no es el vulgo cuyos integrantes se mueven fuera de la tumba, no es
“la escuela de la desatención” de la que hablaba Bryce Echenique: es el sueño,
el mito, lo irracional, lo sublime, lo
que nos hace humanos. De modo contrario sobreviene la abulia, que ninguna
pastilla modificadora de hormonas o inhibidora de neurotransmisores puede
combatir.
La ciencia y la política, aparte de ser inhumanas –o
demasiado humanas según la Escuela de Fráncfort–, son totalitarias. ¿Acaso Atlas no nos enseñó las bondades de una
metrópolis tecnoplutocrática? ¿acaso Bacon no soñó con aplicar la deducción
empírica para controlar a los mortales? ¿acaso Jeckyll no habita aún en el
fuero íntimo de todo analista nato? ¡Desde luego! Por eso, ha menester, como
primate oscurantista[1]
que soy, acabar con ellos, sigilosamente, en la noche, mientras duerme, de una
estacada en el corazón para ver si de ahí brota algo de sangre, algo de
calidez.
Jamás nos olvidemos que somos animales y de que inevitablemente nos extinguiremos.
[1]
Así denomina Mario Bunge a
quienes pensamos que la ciencia no hace avanzar, totalmente, a la persona.
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