Ensayo: El halcón maltés

 

Gracias a su famosa obra El halcón maltés[1] muchos han catalogado a Dashiell Hammett como el iniciador de la novela negra –para mí un subgénero de la novela de criminales– que, a diferencia del policiaco o detectivesco,[2] [3] exhibe paulatina y contradictoriamente la inmoralidad de una metrópolis cuyos habitantes sólo buscan el éxito pecuniario.

Oración eufemística que me sirve únicamente para esquivar el verdadero tema del libro: la codicia. Fundamento de la actitud de los personajes, ciudadanos, al fin y al cabo, de Occidente[4] que hubo aprendido no sin dureza las falencias del capitalismo que hasta ese momento algunos economistas defendían. 

Volviendo a la novela, en ella Gutman relata que la estatuilla de halcón fue un obsequio de los Caballeros de Malta al rey Carlos I; mas, realmente, el halcón fue regalado vivo. En virtud de lo cual presumo que Hammett alteró la historia para inventar una sutil metáfora, pues ¿qué representaría mejor las livianas ambiciones de ese grupo si no fuera una cosa inerte, desalmada?

Como lo es la señorita Wonderly o Brigid O’ Shaughnessy, dama poliédrica, misteriosa e indescriptible que, aunque parezca lejano, comparte propiedades arquetípicas con las mujeres de Bécquer cuyas Leyendas quizá le fueron inspiradas por cuentos nórdicos, germanos y celtas muy difundidos en la Baja Edad Media y, específicamente, en las sierras españolas.[5]

Aprehendamos, un instante, el concepto de la femme fatale –Brigid, no otra– para analizarlo. De entrada, aduzco que es más fácil emplear una teoría académica y leer cualquier novela bajo sus parámetros, a sabiendas de que ella, lato sensu, una obra de arte, es irreductible. Eso también decía Eugéne Ionesco: “En realidad, una obra es irreductible. Una obra es, exactamente, lo que queda o a pesar de la sociología, el psicoanálisis, la economía, el sistema ideológico-político, la filosofía, etc.” [6] O sea, el prístino fin de un poema, de una composición, de un relato, es perdurar otorgando placer a cuantiosas generaciones –esto último ya lo afirmo yo.

No obstante, aventuro, ya que este es un petite essai,[7] una interpretación: la señorita Wonderly es el óbice hacia la verdad, aquello que un detective, que un Sam Spade pretende conquistar; [8] en suma, lo imposible… bueno, si quiera encontró algo, su propia verdad, la más egoísta.


[1] Llevada a la pantalla grande en dos ocasiones, primero por Roy Del Ruth en 1931, segundo por John Huston en 1941 con una espléndida actuación de Humphrey Bogart.

[2] En un artículo semanal para El Comercio el escritor Alonso Cueto noticia que el vocablo inglés ‘detective’ proviene del latín ‘detectus’ y este de ‘detegere’, esto es, quitar la cubierta; de manera figurativa, detectar algo (Alonso Cueto, “Profesión: detective”, El Comercio, 14 de septiembre del 2025: 27).

[3] No sé cuál es la razón por la que los cultos prefieren usar ese adjetivo, y adjetivos derivados, si su construcción posee el horrísono sufijo -esco, a relacionado con voces despectivas tales como grotesco, churrigueresco, caballeresco, burlesco, etcétera.

[4] Generalizo, a pesar de que tal vez exagere, pues Joel Cairo es levantino. Véase: Dashiell Hammett, El halcón maltés, RBA, 2012, cap. 5.

[5] Confróntese: Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas y leyendas, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2005, “Los ojos verdes”, https://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcst7z1.

[6] Véase: Eugéne Ionesco, Diarios, Páginas de Espuma, 2007, p. 191.

[7] El lexicógrafo Marco Aurelio Denegri me sugeriría que use la voz ‘ensayículo’, porque con el sufijo -ículo, a se forman palabras que designan cosas pequeñas tales como artículo, partícula, montículo, fascículo, versículo, etcétera.

[8] Perdonen el desagradable tono que ocasiona “conquistar” y “verdad” en una misma línea.

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