Hoy acabo de releer el Ruido y la furia de Faulkner –según varios críticos, una
genialidad– y he caído en la cuenta de que no es una novela sino un gran
relato, pues las novelas implican, normalmente, los circunloquios, la fijación
en las acciones y en los pensamientos de los personajes –a veces solamente en
uno de ellos y con primacía–, la extensión y la lentitud secuencial que prepara
el clímax, o sea, el aburrimiento, el trabajo, la pesadez.
Esto es así gracias a la técnica que el autor aplica:
la descronologización o la cronología alterada, que tiene como fin principal
fragmentar la narración para darle mayor velocidad cambiando el punto de vista
y con ello la consciencia de los personajes; además todos esos elementos se
asientan en una cadencia poética y están entrelazados por una zona central
dividida en tres partes: a) Jefferson junto a sus campillos; b) la mansión de
los Compson y c) la inmovilidad, una especie de quieta vibración.
Creo que, en el fondo, la obra trata sobre la familia,
de sus perfidias, de sus anhelos, de sus frustraciones… y nos cuestiona ¿qué
hace que durante generaciones una de ellas no se disuelva? Por ejemplo ¿la
diligente administración del patriarca o de la matriarca? ¿el respeto mutuo
entre sus integrantes? ¿las tradiciones que, como dijo un personaje del
grotesco banquete de Marco Ferreri,[1]
son la piedra angular de cualquier familia? ¿la responsabilidad que cada uno
asume fuera del hogar? ¿el amor por el que soportamos –a menudo sin merecerlo–
los mil disgustos que nos causa una persona? Sí, elijo esta, porque la
tolerancia hace posible que exista la comprensión, la empatía.
Por otra parte, la novela es propicia para conjeturar
la razón por la que Faulkner ha influido a muchísimos escritores
hispanoamericanos. La razón es que la realidad sureña estadunidense se asemeja
a la realidad de Hispanoamérica, especialmente en las siguientes
características: 1) el trato de blancos con negros es análogo al de criollos
con mestizos; 2) la necesidad de las gentes humildes de estar agrupados a una
iglesia distinta a la predominante, allá la metodista y presbiteriana, aquí,
según el ensayista Alfredo Barnechea,[2] la
evangélica;[3] 3) el involucramiento de
la muchedumbre, otra vez, en los conflictos de la élite; 4) el conformismo y la
obediencia al poderoso y 5) un sociolecto repleto de errores generado por el
mal aprendizaje del idioma oficial.
Ahora bien, si cotejamos la reacción de un hispanoamericano con la de un estadounidense del norte –precisión importante– tocante al comportamiento de la familia Compson, encontraremos diferencias, puesto que el estadounidense del norte no está muy acostumbrado a esa clase de enredos. En cambio, yo, un sudamericano, estoy acostumbrado a lidiar con ellos y no sólo por haberlos visto o escuchado, sino también por haberlos leído en las páginas de los escritores hispanoamericanos de mi agrado y de otros países, vale aclarar. Por eso la trama me resultó sencilla y el epílogo de Faulkner superfluo.
[1]
No entiendo por qué algunos
críticos ensalzan esa película catalogándola “de culto”. Para mí es un retrato
sórdido y caricaturesco de la burguesía con diálogos pseudointelectuales y una
impericia en el ahorro visual, lo cual la hace, salvo por algunas observaciones
pertinentes y el irresistible carisma de Mastroianni, mediocre, peor, vomitiva.
Hasta Jaime Bayly creaba mejores sátiras burguesas, y eso es decir poco.
[2]
Eludo decir periodista por cuidar el tono, y político porque últimamente no se
ha comportado como tal.
[3]
El lector interesado puede consultar el libro de Barnechea La república embrujada, Debolsillo, 2020, p. 47.
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