Artículo: Cultivemos lo lacónico

 

En la introducción a El ser y el tiempo Heidegger define etimológicamente qué es la fenomenología escindiendo el vocablo para asignarle una o más propiedades; es como sigue. A) Fenómeno: es visible, emergente, palmario; B) Logos: sólo es revelador.[1] La fenomenología, en ese sentido, estudia las cosas que están-ahí y se cuestiona para qué y por qué están. Parece que el eximio filósofo se tomó en serio la ya célebre frase de Proust, que más o menos reza así: “Si uno mira algo durante mucho tiempo descubrirá que es un misterio.”

He escrito el párrafo anterior con la única intención de derivar mi pensamiento hacia la estética. Vimos, gracias a mi síntesis, que no hace falta explicar un concepto atosigando con elaborados razonamientos y hartos circunloquios. Es preferible que los escritores pensantes y los pensadores que escriben[2] cultiven un estilo medianamente bello sin perder la hondura.[3] De lo contrario, su prosa tendrá baches y cada vez que la pronuncien hará ruido.


[1] ¿Esa propiedad habrá sido inédita para su tiempo?

[2] Ambos se distinguen de los filósofos ya que, mayoritariamente, emplean una forma estilizada para transmitir sus ideas y están más cerca de la verdad íntima –esa que San Agustín recomendaba conocer– que de la científica.

[3] ¿Acaso un fragmento de Parménides, Lao-Tsé, Marco Aurelio, Cioran, no equivale al estudio de un Popper o de un Berlin?

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