Siempre nos han enseñado que el fracaso es parte de la vida y que, mediante él, uno vislumbra errores. El étimo parece estar en desacuerdo de esa postura: fracasar viene del italiano fracassare (‘romper’, ‘estrellarse‘) y este del latín frangěre (‘moler’); en sentido literal: “moler granos de algún cereal fuertemente”. Schopenhauer decía: “Todo acto conlleva un movimiento.” Consecuentemente, el intento es un acto realizado que lleva un movimiento y ocupa un espacio en el tiempo. Cuando este es interrumpido, se malogra, el proyecto se estropea y no concluye. Entonces, fracasar significa incompletar, interminar, inacabar, inconcluir abruptamente; de un momento a otro, como si un gigante masticara nuestros planes. Por eso, todos aquellos que creen ser fracasados, pero cuyos planes todavía se mantienen enhiestos, no los son, aunque más de una vez, quizá, fracasen.
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