Acudo
regularmente a la mansión de estilo francés donde pasan los desamparados, o
sea, quienes carecen de alegría y ven en las letras un refugio. Las puertas
enrejadas permanecen abiertas recibiendo a los desdichados con sus imponentes
torres de marfil y su inmenso reloj encumbrado.
A
la entrada, el aroma a barniz se siente al instante, dos pasillos paralelos
trasportan hacia las galerías y una escalera resbaladiza conduce a la
biblioteca central que tiene el nombre de un eximio escritor y pésimo político.
Aires ingresan, dependiendo de la temporada, por el portón del antiguo andén,
en él hay una salita llena de bancas y mesas para la charla.
Desde
allí diviso un lejano puente lleno de piernas que se mueven sin dirección.
Aquella estructura de metal conecta el centro de la metrópolis con el Rímac. Al
lado de los carriles un jardincillo emana olores florales cuyos charcos
reverberan cuando son bebidos por los animalillos que lo habitan.
Aunque
el presupuesto para su construcción fue designado por el dictador Leguía y la
edificación imaginada por un arquitecto educado en Estados Unidos, desde hace
más de diez años, es controlada por billeteras avaras y administrada por falsas
sonrisas, que poco han hecho para incrementar archivos, revisar ejemplares,
servir con precaución y no satisfacer la sencillez de muchos curiosos.
Creando
actividades, guiando recorridos, presentando obras, haciendo shows e intercambios públicos, deshonran
la elegancia de su fachada. Otros lugares practican la comunicación de buen
gusto sin huachaferías. Las gentes deben acercarse al saber por necesidad; ir
tras ellos significa rebajarse a su nivel eliminando todo mérito posible: se
olvidan que esto es una manoir no una
escuela pública.
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