Ensayo: Mi decepción savatereana

Introducción

Algunos artistas –pensadores,[1] escritores, cineastas, músicos– a veces envejecen muy mal, y eso que al expresarme así estoy siendo eufemístico, pues merecen peores adjetivos. Hay varios ejemplos, pero sólo mencionaré uno para las cuatro artes aludidas: Fernando Savater, Vargas Llosa, Jean-Luc Godard, Sibelius. Aquí me ocuparé del primero ¿la razón? es sencilla, porque es él quien me genera mayor encono debido a la calidad de sus obras pasadas.

No hace falta, creo, presentar al lector a nuestro célebre personaje; en cambio, sí hace falta preguntarse por qué publicó un libro de tan corto calibre como Carne gobernada.[2] Si me pidieran una definición preliminar diría que es un libro de memorias cuyo intento por cultivar la novela y la miscelánea fracasa. Tal vez sea producto de su negligente “estilo tardío” cuyas características el autor describe del siguiente modo: “… soportar mal los organigramas, presentarse con cierto desgarbo argumental y oponerse no solo a los gustos de la época sino a la propia obra anterior del autor”.[3]

Antes de continuar debo decir que la primera vez que oí de Savater fue en una repetición del programa “A solas con Marco Aurelio Denegri” conducido por el polígrafo peruano del mismo nombre y emitido por el canal Cable Mágico –ahora Movistar– en 1999. En aquella emisión, recuerdo, el conductor disertó acerca del Diccionario filosófico de Savater, a la sazón recién propalado. El diccionario gracias a su tono ameno y a la relativa simpleza de sus entradas parecía tener una finalidad divulgativa.

Ello lo demuestra, aparte, la significación que el pensador español le da a la palabra ‘diatriba’, o sea, un tratado filosófico pero práctico que plantea problemas generales y se propone resolverlos volviendo a formular conceptos validados, aunque con desprecio, por los profesionales del saber –a propósito, el conocimiento no es una profesión por más epistemólogos que haya, nadie puede convertirse en un profesional del conocimiento porque el conocimiento es una urgencia que se posee en cierta medida o no.

Ensayo satírico experimental 

Para responder a la pregunta con que inauguré el escrito ha menester remitirse de nuevo a las páginas iniciales, en ellas el vasqueño afirma que su obra es un péche de vieillesse, esto es, una autocrítica retrospectiva por la cercanía a la muerte. “Cuando era un puntilloso –dice el autor– (y presumido) por culpa de la juventud, me hubiera sonrojado el desaliño de estas páginas, pero ahora hasta gracia me hace”.[4] Uno de los defectos de ese estilo es su prosa que va, indistinguiblemente, de la seriedad a la sátira y con la que es difícil identificarse.

No obstante, dudo que Savater satirice las imágenes de su difunta esposa, Sara Torres, quien recorre el libro como un fantasma acechante e inaprehensible para la que concibe modos de materializarla como la epifanía referida en la página 44: “… la filosofía ya no me interesa porque no necesito consuelo sino salvación: no busco la confirmación racional, sino la revelación de lo imposible”.

Aquel deseo evidencia la tristeza que inunda al filósofo desde que perdió a su esposa, y me incita a señalar, con un poco de malicia, las licencias que da su estilo para ventilar metáforas inoportunas y ambivalentes.[5] O expresar conceptos opuestos como el de locus amoenus contra el de su reprobación personal de la página 36[6] y el consiguiente pesimismo filogenético que, sin matices y escasos fundamentos, defiende la idea de que los seres humanos somos unos simples mamíferos que jamás podrán descifrar las incógnitas del universo. Sorprende que un pensador de tan amplio bagaje, que además es un fructífero divulgador de filosofía, opine así. Da la impresión de que Savater no tiene consciencia de su propio valor.

Por último, en otra parte empatiza con dos adolescentes que ven en su biblioteca algo ajeno y heteróclito afirmando presurosamente: “… si yo tuviera doce o trece años hoy (…) es muy probable que me hubiera dedicado a los videojuegos y por tanto mirase los libros con la misma extrañeza arqueológica que veo en los ojos de S y O”[7].

La política

De buenas a primeras le informo al lector que no analizaré las críticas que realiza Savater respecto del progresismo insubstancial o de las necedades del feminismo. Prefiero demostrar la razón por la cual se cumple a medias lo que anuncia la contraportada: “… Fernando Savater (…) explica el viaje político desde su izquierdismo juvenil hasta su constitucionalismo ilustrado de derechas.”

A causa de, sospecho, estrategias publicitarias esa frase no da a entender que el autor hablará sucintamente de política y que al hacerlo repite la misma idea: la izquierda española se ha vuelto reaccionaria y ofende a cualquier clase de derechismo llamándolo fascista –igual que ciertas derechas universalmente cavernarias llaman comunismo a cualquier clase de izquierda– lo cual interrumpe la continuación de los intentos por establecer un diálogo diplomático.

De esa manera Savater recuerda la romántica consigna de un hombre de pensamiento: ir a contracorriente –lo que implica, entre otras cosas, oponerse al clamor popular–; sin embargo, olvida que el compromiso político induce a errar, pues la política es el teatro de las mentiras cuyos mejores actores siempre han vestido de rojo. Por eso me parece peregrino que, con la excusa de la disidencia,[8] Fernando cambie de bando y que ahora no le tenga ojeriza a las fórmulas enriquecedoras. Cuando aquellas operaciones sólo son funcionales en naciones que juzgan institucionalmente con diligencia, de lo contrario, o sea, en países del tercer mundo como los denominaba Alfred Sauvy, su aplicación fracasará –ya ha fracasado– porque ahí el liberalismo democrático es un método desvergonzado para reprimir y robar.

Ulteriormente el filósofo español matiza su postura con un discurso socialista que recuerda a las tesis de Proudhon por su idealismo cooperativo: “Admiro a esos hombres (y mujeres, claro) que como suele decirse ‘se han hecho así mismos’, pero los prefiero cuando además han ayudado a que no se deshagan los demás”.[9] Me da curiosidad saber por qué alguien tan escéptico concerniente al futuro gnoseológico de la humanidad crea que un man make himself ayudaría a los desvalidos sin obtener nada a cambio.

Esas contradicciones hacen de su constitucionalismo una ideología poco ilustre y ocultan la renovación derechista, separado de sus rasgos anárquicos, del socialismo conservador. Marx lo impugnó sintéticamente como sigue:

Una segunda forma, menos sistemática aunque más práctica, de este socialismo trata de disuadir a la clase obrera de todo movimiento revolucionario, al señalarle que solo una modificación de las condiciones materiales de vida, de las relaciones económicas, podría serle de utilidad, no así tal o cual transformación política.

Pero este socialismo entiende en modo alguno por modificación de las condiciones materiales la abolición de las relaciones de producción burguesas –que sólo es posible por la vía revolucionaria–, sino solo las reformas administrativas realizadas sobre la base de las mismas relaciones de producción burguesa que, por ende, no modifican en nada la relación entre capital y trabajo asalariado sino que, en el mejor de los casos, disminuyen los costos de la dominación y simplifican la administración del Estado burgués.[10]

Para ser precisos vale apuntar que discuerdo de la hematolatría revolucionaria del gran Karl, pues su dialéctica del capitalista y el proletario y su materialismo histórico –ambas inspiradas en la fenomenología hegeliana– tienen un componente utópico igual al ideal, un concepto de la filosofía clásica que muchos de sus enemigos defendían y él criticaba.

Conclusión

Como dije atrás este libro es un intento fallido por cultivar géneros y subgéneros mezclándolos en uno supuestamente autobiográfico; lo cual, en verdad, no me interesa por lo mismo que opinaba Bernard Shaw:

¿Qué interés humano puede haber en un relato detallado de cómo el ilustre Smith nació en el número seis de la calle Mayor, y creció hasta alcanzar la veintena, cuando los oscuros Brown, Jones y Robinson, nacidos en los números siete, ocho y nueve, pasaron exactamente por la misma rutina de crecer, alimentarse, excretar, vestirse y desnudarse, alojarse y mudarse?[11]

Y sobre todo porque Savater, a quien admiraba y seguiré admirando por sus obras precedentes, ha dejado de ser un razonador para convertirse en un contemplador de la interpersonalidad amorosa y sexual usando un tono burlón ocasionalmente intolerable. Quizá busca un salvamiento de lo eterno, monumental experiencia por la que pasará pronto.


[1] Sí, considero a los filósofos no académicos, artistas.

[2] Fernando Savater, Carne gobernada, Ariel, Lima, 2023.

[3] Op. cit. p. 18.

[4] Ibid.

[5] Op. cit. pp. 77-78.

[6] Solamente recuerdo un ejemplo de uso negativo del término ‘intelectual’, aparece en “Calle Mayor” de José Antonio Bardem.

[7] Op. cit. p. 166.

[8] De acuerdo a varios reportes y estudios, el pueblo español respalda generalmente a la derecha, más que nada por los asiduos escándalos de los gobernantes de turno pertenecientes al Partido Socialista Obrero Español. Siguiendo la lógica ¿esto significa que Savater cambiará de postua?

[9] Op. cit. p. 119.

[10] Karl Marx, Llamando a las puertas de la revolución, edición antológica de Constantino Bértolo, Penguin Clásicos, 2017, p. 306.

[11] Bernard Shaw, Dieciséis esbozos de mí mismo. Autobiografía crítica., Ediciones Península, Barcelona, 2002, p. 14.

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