Reflexión: Analogías contra el sistema

 

No es raro hallar sutiles invectivas contra el actual sistema tecnoplutocrático –este es, el que anima la tecnificación deshumanizante, y mediante ella, exacerba el acopio de dinero codiciosamente– en dos novelas estadounidense separadas por las necias corrientes literarias y durante un siglo y un poco menos de tres décadas: Bartleby, el escribiente y Falconer.

Muchos críticos encasillaron a Melville como un escritor de viajes que defendía las propuestas románticas, cuando, en realidad, Moby Dick dista de romantizar la pesca y se acerca, más bien, a analizar el intento del ser humano por atrapar lo metafísico. Algo similar ocurrió con Cheever de cuya obra –antes de su peculiar éxito– sus coetáneos opinaban que era superficial, desadaptada y popular. En el sentido en el que la forma chejoviana –elipsis, atomización, descripción novelística– sin cambios, como los que introdujo Hemingway, no refleja el american establishment.

Los lectores de posición acomodada, prosperidad fantástica o falsa sonrisa estuvieron escasamente preparados para enfrentar el fracaso organizativo de unas colonias fundadas con el beneplácito del –ofrezco disculpas porque voy a hartar– protestantismo, liberalismo económico, democracia ideal y un optimismo naturalista que hubiera gustado a Narciso.

Desfachatadamente, pero con cierta humildad y en otro lado, he propuesto la medicina contra esta enfermedad histórica que varios padecemos; a continuación, la sintetizaré sangrándola:

Ha menester desasir al sujeto de la sujeción impuesta. Iniciar lo que Michel Foucault llamó subversión, en mi caso y con ligero matiz, una subversión pedagógica. El lema de los educadores debería rezar “ética por encima de cualquier saber”, aunque las demás materias que se le pueden enseñar a un niño estén ligadas a ella. Sintéticamente, la meta axial de la educación es civilizar o, de manera figurativa, adherir saberes al espíritu para que las circunstancias no los despojen.

Pensaba que ello era suficiente hasta que leí la frase del juez que sentenció a Farragut, el alter ego de Cheever, por fratricidio y supe que las circunstancias son terriblemente difíciles de vencer: “Su sentencia sería menor de haber sido usted un hombre menos afortunado (…) pero la sociedad ha prodigado y malgastado sus riquezas en usted y ha fracasado absolutamente a la hora de inculcarle esa consciencia que es (…) del ser humano educado y civilizado.”

Son sensatos los comentarios del magistrado, pues de qué le sirve a la sociedad un tipejo que, aun ostentando títulos académicos, en lo esencial no mejora. Me refiero a lo esencial como la habilidad para relacionarnos con las personas y con las cosas. Al desatender esa habilidad adviene el caos y se establece así una paradoja: sólo mudamos de apariencia, jamás de contenido. Por eso los ideales son confusos laberintos. Borges, poseedor de una intuición maravillosa, notó esto en un poema en el que defendía la inmoralidad de un soldado.

Un ejemplo de ello son los emancipadores sudamericanos quienes, seguro, cantaban La Marsellesa cometiendo cantidad de asesinatos. Tristemente es inevitable ser cruel para sobrevivir; esto se evidencia con algo tan involuntario como la homeostasis –o sea, la capacidad de nuestro organismo para equilibrar sus funciones internas en relación con el medio externo– y con algo tan voluntario como producir en demasía excusándonos de eliminar la pobreza.

Sin duda, Darwin se equivocó, el destino evolutivo del hombre es asesinar.

Comentarios