I
Cuando
nuestro protagonista sintió el advenimiento del otoño en una brisa, recién
había despedido a su amante, una joven hermosa cuyo perrito de compañía le
ladró dándole la oportunidad para hablarle. De regreso a su hotel tuvo la
corazonada de que aún encontraría la mar llena de barcas iluminando el
anochecer.
Entonces
se desvió del camino hacia una pendiente accidentada, en la cual, mientras
subía, fue atisbando el mirador. Allí recibió el último obsequio de Anna: un
catalejo dorado. Con él pudo divisar las farolas plácidamente. Entresoñó hasta
oír la feliz expresión horaciana carpe
diem y recordar, de súbito y no sin cierto tedio, sus clases universitarias
de filología.
Advirtió
también el carácter agudo de la voz lo que le hizo girar a la izquierda manteniendo
los brazos regularmente enhiestos; la emisora de aquella oración estaba al
frente, recostada en la cornisa. Se acercó justo para escuchar cómo
tartamudeaba otro famoso verso del mismo poeta:
–Disculpe
señorita –titubeó– ¿le gusta Horacio?
–Es
una oda bellísima ¿verdad? –el débil viento mecía el vestido de la señorita.
–Detecto
un acento occidental… –pronunció, por fin sosegado.
–No
crea que soy británica o alemana –detalló perspicazmente–: soy de Italia.
–Sin
embargo, habla bien el inglés.
–Tuve
la suerte de haberlo aprendido de mi hermana. A usted ¿quién le enseñó?
–Dos
profesores mediocres. Prueba de ello es mi dejo moscovita.
–¡Oh,
es de Moscú! ¿Y qué hace aquí? –inquirió con poca impertinencia.
–Durante
las vacaciones estivales suelo huir de mi esposa, este es mi refugio –sonrieron
y por un rato pausaron la charla–. ¿Vino sola?
El
crespúsculo violáceo ahogó la respuesta.
–Debo
irme –comentó la señorita estirando las palabras como si esperara una réplica–,
adiós.
–¡Espere!
–extendió el brazo de manera inconsciente–. ¿Aceptaría cenar conmigo?
–Mm…
–se mordió el labio, indecisa– está bien, pero antes remediemos nuestra
presentación, me gusta conservar los buenos modales. Empiezo yo: ¿cuál es su
nombre?
–Gúrov
Dimítrivich.
–Ada
Malfenti, mucho gusto.
Momentos
después bajaron despacio, Ada sugirió ir a éste o a aquél restaurante y comentó
la razón de su viaje: estaba enferma. Finalmente resolvieron cenar en la
terraza del Bulevar Hotel, lugar donde ella se alojaba.
Aunque
Gúrov estuviera habituado a las pláticas superfluas, por ser etapas
transitorias en la consumación de sus fines lúbricos, esa, particularmente, le
irritaba. Llegó a colmarlo cuando vio que su acompañante, a la puerta del hotel
antedicho, se quitó un anillo que anteriormente había ocultado y cruzó por su
cabeza un recio comentario “mujer, déjese de tapujos y enredémonos”, pero al
minuto lo descartó.
Quizá
Ada leyó esas figuraciones ya que cambió el trivial sentido de la plática hacia
una política con lo cual terminó discursando, como ciertas gacetilleras de la
época, o sea por pura moda, en favor de la libertad femenina. Pasados unos
minutos, a pesar de ello, escribió en una servilleta, utilizando un labial que
guardaba muy discretamente, el piso y el número de su habitación. A renglón
seguido advirtió que subiera a las 8, luego de que culminara el turno del
portero.
II
El
amante se retiró temprano prescindiendo de la cortesía. Desayunó en un
inelegante café frente a la entrada del hospedaje, esperando, ansioso, que ella
saliera. Y así ocurrió, pero distinto a lo imaginado: la seguía un hombre, un
médico, ataviado enteramente de blanco, con binóculo y un prolijo bigote.
–Venga
a mi mesa –le dijo a Ada, cuando quedó sola, agarrándola del brazo al umbral
del edificio. En vano la señora Malfenti trató de zafarse gritando, pues fue
silenciada por dos exclamaciones–: ¡Cállese, cállese!
Jamás
hubiera cedido el agarre si los testigos no comenzaban a reclamarle “que trate
con educación a la dama”. La signorina
aprovechó ese momento embarazoso y se metió al baño. En cambio, el casanova,
porfiado, aguardó fuera. Caminó, torcidamente y en intervalos, de un lado a
otro y, cuando hubo contado el paso trescientos sesenta y seis, Ada –o una fea
réplica de sus rasgos– apareció sobrecogiéndolo de tal modo que no tuvo
palabras para responder a su inquieta pregunta “¿qué mira?” Atinó, solamente,
a señalar el espejo más cercano y a resistir la desdeñosa murmuración:
–Lárguese,
no quiero volver a verlo.
Gúrov
salió, aturdido, y pidió un carro para que lo traslade hasta su modesto cuarto.
Como el cuartito quedaba en la última planta, el calor era sofocante, lo que
seguramente influyó en su comportamiento desenfrenado; tiró cosas, dio
puñetazos a la pared y cayó en una esquina, sentado y sudoroso, y caviló sobre
la pretérita conquista que dejó escapar “por esa enferma”.
Comenzó
a poner ropas en su valija y frenó a la tercera prenda para extraer una
estilográfica de su camisa, del saco una libreta y echarse en la cama a
escribir lo que sigue:
Estimada
Ada
Perdone
mi abrupta reacción, desconocía los terribles efectos del mal que padece. Me
siento triste por el exabrupto y quisiera recompensárselo personalmente.
Recupérese
pronto,
Gúrov
Dimítrivich
PD
Le agradecería que responda a esta misma dirección en el menor tiempo posible
porque dentro de unos días partiré.
Cabe
decir que corrigió el estilo una y otra vez, dudando entre poner “siempre suyo”
o “sólo suyo” antes de su firma: tal vez le parecía impersonal dejarlo en
blanco. Al final no eligió ninguno y arrancó de su libreta las páginas
garabateadas y las pasó a limpio. Regresó al Bulevar Hotel para encargar la
carta, mas, un recepcionista de nombre Cristensen o Cristiansen le informó que
“la señora Malfenti fue trasladada a una casa de reposo en el sur debido a un percance médico”.
A
Gúrov le agrió mucho ese énfasis superfluo, como de complicidad, y supo que
únicamente sobornándolo obtendría la dirección del hospital. Primero ensayó con
un billete pequeño; el recepcionista lo atisbó y lo rechazó de inmediato, en
seguida colocó otro, uno más grande, haciendo un cómico mohín. Ante su
hesitación y las frecuentes miradas en rededor, estuvo a punto de jalarle la
corbata para darle cachetadas; no obstante, Cristensen o Cristiansen escondió
el dinero y con premura apuntó la seña.
En
la Central de Correos Dimítrivich depositó un sobre que contenía la carta. Erró
cinco o siete cuadras y se detuvo a tomar el fresco en un pasaje cubierto por
álamos. Comenzó a revisar su libreta, recorrió estampas, cuentas, direcciones y
llegó a la mitad, en la que dos fotografías de niños separaban la hoja y donde,
a la vez, estaban anotadas dos fechas. Todas las demás páginas le fueron
propicias para articular varias oraciones que, tras una significativa limpieza,
de redundancias y accesorios, le quedaron así:
¿Qué
motivos me impiden sostener una larga relación con las mujeres? ¿Será mi poca
delicadeza o mi gusto por Weininger? En varias tertulias lo defendí de sus
brillantes críticos, quienes vieron en él cuantiosos defectos (patologías,
contrariedades, homosexualismo) y no aquel adjetivo destellante.
Además,
resulta contradictorio que los Estados le dieran la razón masculinizando lo
femenino bajo el pretexto de la
igualdad. Lamentablemente, ese agravio del Sistema ha enfriado el intelecto
femenino y ha producido en la mujer un abandono de sus características
esenciales, bien ganadas siglos atrás. Esto la hará perder su grado altivo y se
convertirá en un ser quimérico igual al hombre. Entonces, es más necesario y
progresista, incluso subversivo, feminizar a la mujer (suficiente evidencia de
mi desacuerdo del ilustre austriaco).
Por
eso, creo, busco en ellas el efecto inusitado de la ignorancia: la calidez
humana. Con la misma frecuencia eludo la falta de educación y la insalvable rudeza.
En fin, siento un amargo sabor en el paladar o la duda de que estas palabras
sean huecas y de que las elaboro sólo para aliviar mi desconocimiento de todos y de todo.
III
En
su modesto cuartito pasó tres días de escasa alimentación, tachando silogismos
y pensando en cómo escribirle a su familia, hasta que recibió una nota
telegráfica de Ada en la que, sin aludir a sus disculpas, le exhortaba acudir a
la casa de reposo: acudió en tren. Era una blanca hacienda llena de sembríos
con un caminito enlosado que conducía al zaguán, de ahí descendió la señora
Malfenti, se la notaba recuperada, aunque cada cierto tiempo agachaba la vista
como si soportara un intenso dolor.
–¡Qué
tal, Ada? –saludó, animado, el señor Dimítrivich. De repente cogió su mano y la
besó.
La
enfermera que escoltaba a Ada se ofendió y le preguntó en ruso, sin saber que
lo desconocía, quién era ese “hombre flaco y desaliñado”. Gúrov dijo su nombre,
la enfermera lo miró con desdén y protegió a la interna estrechándola, el acto
produjo sus gritos y la intervención del desdeñado. Forcejearon ridículamente;
la escolta perdió y se retiró profiriendo lisuras y amenazando con alertar al
guardián.
En
vez del guardián vino aquel hombre vestido enteramente de blanco, el médico.
–¿Hay
algún problema? –preguntó con perfecto acento inglés dirigiéndose a Ada.
–No,
no –respondió ella rápidamente–. No sé que le dijo la enfermera, pero aquí no
hay ningún problema –mientras conversaba vio de soslayo al visitante y se
acordó de presentarlo–. Este es mi amigo, ha venido de Moscú para hacerme
compañía.
–¡Ah,
es moscovita! –exclamó el médico, cambiando de semblante, de la misma manera
que Ada. Luego habló solemnemente en la lengua que los unía–: Noble compatriota
¿cuál es su nombre?
Gúrov,
turbado, pronunció su nombre alargando la mano. El médico repitió las acciones
“me llamo Antón Chéjov” e iniciaron los ordinarios procedimientos de la plática
casual: se interrogaron sobre el conocimiento de Ada y sobre sus oficios; Antón
le interrogó por la duración de su estadía y Gúrov por la enfermedad de su
paciente y acabaron criticando al municipio a causa de las desarregladas
conexiones ferroviarias.
En
el tiempo de la plática prestaron nula atención a Ada, recién la involucraron
cuando oyeron que una enfermera –diferente a la insumisa– le avisó que debía
tomar su baño terapéutico.
–Doctor,
hágame el favor –pidió la interna– de mandar alguien para que le muestre a
Gúrov la habitación.
–Yo
lo haré con gusto –se apresuró Antón metiéndose las manos en los bolsillos de
la bata–. Aunque no hay mucho que mostrar, somos financiados por el Estado así
que carecemos de lujos.
–Descuide
doctor, yo también carezco de lujos –contestó el moscovita satírica y
honestamente.
La
enfermera volvió a llamar y Ada tuvo que despedirse. Los dos hombres se
quedaron solos, avanzaron por un corto pasadizo comentando varios temas, uno de
los cuales fue el magistral –y extraño debido a su profesión– discurso del
médico que he trastocado para eliminar solecismos y que he fragmentado para no
hartar; antes de citarlo ha menester decir que Gúrov intervino, molestosamente,
al final del tercer párrafo del discurso inquiriendo “¿cómo se logra eso?”:
–A
su amiga le cuesta adaptarse –observó Chéjov sonriente–. Claro, es razonable,
es de alcurnia, una chica de ciudad.
–Y
usted doctor ¿por qué trabaja aquí?
–Bueno,
quisiera confesarle que soy izquierdista, pero le mentiría. En verdad, jamás he
sentido (porque hay que sentir una postura) una predilección por algún partido,
colectivo o idea política. Aparte, los extremos son siempre perniciosos; aquí
se ha cometido atrocidades en nombre del zar como en nombre de Lenin, sin
contar las tropelías de los reaccionarios y de los liberales.
«¡Ah,
esos son los peores! Al menos el grupo anterior peleaba por una causa, por un
ideal. En cambio, esas sabandijas ya no sólo luchan para asegurarse
económicamente sino también para quitarle la propiedad al vecino. Esta codicia
insana se acabará cuando descubramos qué sostiene a las civilizaciones. Creo que
es el respeto mutuo cuya imposición debería administrarla un impoluto sistema
judicial regido por leyes parlamentarias.
Por
supuesto, sus integrantes tendrían que ser vigilados y sus procesos sometidos a
escrutinio por otra institución –hubo una pausa porque se detuvieron a la
entrada del cuarto–. Intuyo su réplica, yo mismo la he pensado; se podría
resumir en un interrogante ¿quién
controla a los controladores? He ahí una ciclicidad en la que no nos
conviene entrar. Solamente podemos resolver la cuestión acogiéndonos a la buena
voluntad de los trabajadores.
Y
la buena voluntad se posee mediante la educación o la cultura. Sin embargo, hoy
es menos posible, pues a la industrialización le crearon un sistema que
prioriza lo exterior y envilece lo interior. Una de las cosas que pervierte el
espíritu es la aceleración del tiempo: prácticamente el tiempo ya no existe.
Le
invito a hacer un ejercicio con un muzhik;
si tras explicarle qué es la cultura le exhorta a cultivarse, en el caso más
cortés le responderá que no tiene tiempo porque la faena lo agota; en el caso
más rudo, responderá que es una nadería. Es que importa demasiado el salario,
la posición social y nada la compasión. Por eso trato de tapar ese agujero
curándoles sus dolores, otorgándoles tiempo, siendo verdaderamente un médico.»
Acto
seguido el doctor abrió la puerta advirtiendo “durante años no he ingresado a
este lugar”, efectivamente, por doquier se notaba la negligencia. Además, la
habitación no era tal, parecía un cubículo cercado por herrumbrosas repisas,
aunque tenía una ventana y una excentricidad, la excentricidad de la pobreza:
carecía de velador.
Gúrov
puso su valija en la cama, se quitó el saco y con él envolvió el respaldar de
una vetusta silla. Chéjov dio una vuelta por el cuarto colocándose de rato en
rato sus anteojos. Quizá también esperaba escuchar el siguiente pedido:
–Doctor,
disculpe mi lentitud, pero antes no entendí bien su explicación acerca de la
enfermedad que padece Ada…
–¡Es
sencillo! –interrumpió alegremente–. Se lo explicaré con analogías. Imagine un
escudo diminuto, si desea medieval, instalado en el cuello, junto a la manzana
adánica. Pues bien, todos tenemos ese escudito, nosotros le llamamos glándula tiroidea, ella contiene células
que forman hormonas encargadas de estabilizar las funciones del cuerpo. Ayudan,
por ejemplo, a digerir alimentos u oscilar la temperatura. Cuando la tiroides,
por diversas razones, enferma altera esos procesos y el enfermo sufre cambios
del ánimo, extremada sudoración, adelgazamiento repentino, etcétera.
Tras
el vocablo final el doctor Chéjov pronunció una perorata sobre el compromiso
moral que, para cuidar la reputación del personaje, no transcribiré. A Gúrov,
asimismo, ese matiz personalísimo lo decepcionó porque comprobaba una
hipótesis: nadie es tan insigne como para saltar la valla biológica de los
defectos.
–Entiendo,
entiendo –admitió deseando que la conversación terminara. Y apuró el trámite
diciendo–: Gracias, gracias por su consejo, por la explicación; lo pensaré.
Al
final el doctor captó su deseo y se despidió, de nuevo, sonriéndole.
IV
Las
siguientes frases son inspiradas porque las hallé en la libreta de Gúrov
–aunque podríamos catalogarla como diario genérico– sin alteraciones:
A
pesar de que pasé la tarde y la noche en un mísero habitáculo empolvado, lleno
de enseres, dormí calentito y de cómoda manera. En este instante me abraza el
murmullo del bosque, supongo que también a algún trasnochador. Delante de mí
hay una gran ventana por donde se puede observar, tenuemente, el jardín interior
con su hermosa pileta.
Por
otro lado, ayer conocí al director del hospital, su nombre es Antón Chéjov.
Nuestra charla fue enriquecida gracias a su disimulada permeabilidad
–todos los hombres cultos, en el fondo, somos impermeables, pues en la cultura
reina la duda y debemos aferrarnos a la primera idea que se nos presenta;
contados se aferran a la suya– y sus pensamientos, varios de los cuales refuté
porque me parecieron laberínticos.
En
el anterior párrafo subrayé el participio femenino de ‘disimular’ ya que el
hermetismo del doctor iba apareciendo de a pocos, ora en sus tonos de voz ora
en el sutil movimiento de sus labios, y en un corto periodo. Lo cual jamás hube
visto en tipos de su misma clase.
Cerca
del amanecer reposó el bolígrafo encima del escritorio y le sobrevinieron
imágenes extrañas y lujuriosas que, echando mano del estilo cinematográfico,
reproduciré: A) Ada acaricia el cuerpo de Anna; B) ambas despeinan sus cabellos
y se besan; C) una silueta femenina se contonea en la oscuridad. Esas imágenes
pronto se borraron en virtud de Ada, quien inesperadamente había recuperado su
belleza y la lucía andando por el jardín con una pamela.
–¡Señora
Malfenti, hoy está bellísima! –gritó Gúrov aproximándose.
–¡No
mienta, Dimítrivich! –contestó Ada.
–No
miento –aseguró el diarista–. Escúcheme –bajó la intensidad de su voz–, quiero
referirme a…
–He
leído su carta –intervino Ada con precisión– y le perdono. Sé que fue un
exabrupto, sé que no quiso ofenderme, olvidémoslo. Eso sí –murmuró apartándolo
del centro del jardincillo– nuestra relación debe acabar.
–¿Qué
relación? No he venido a insistirle que sigamos con nuestra relación. He venido
a ofrecerle disculpas, Ada –comentó Gúrov con sinceridad.
–Y
las he aceptado Dimítrivich, olvidémonos de eso –instó de nuevo Ada y de pronto
cambió de tema–. ¿Desea desayunar? ¡Aquí preparan un té exquisito!
–También
quería hablarle de ello Ada, vera, solamente dispongo de medios para comprar mi
boleto de regreso a Moscú y no sé cuánto me costará el hospedaje y la comida.
–No
diga más, no se preocupe por ello Gúrov, yo cubriré sus gastos.
Se
sentaron en unas tumbonas próximas a la cocina de la hacienda y bebieron un té
agras que, como el licor, generó una insólita confianza entre ellos, de esa
confianza que se le tiene a un extraño porque es incapaz de interceder en
nuestra vida o de quien se quiere ser su amigo, pero suficiente como para
detallar discordias matrimoniales. Ese mismo día descubrieron que compartían el
odio por sus parejas, el gusto por la poesía y demás nimiedades.
De
esa guisa, o sea, plagado de lenitivas confesiones, transcurrió una semana en
la que, paralelamente, la señora Malfenti fue recobrando su natural hermosura
gracias al “revolucionario tratamiento del doctor Chéjov” –dicho sea de paso,
Antón sólo volvió a aparecer para darle el alta a su paciente– y en los que
Gúrov se dedicó a olvidar a su familia describiendo en su mentada libreta el
discontinuo embeleso que Ada le producía. Sin embargo, la italiana se recuperó
y tuvieron que abandonar el hospital.
A
tenor de las reglas narrativas –ello incluye varias artes– debería sellar la
trama conmocionando con el último despido de la pareja en la estación de trenes;
pero lo ahorraré. Aparte, he comprendido que el mundo amoroso de Gúrov es
sutilmente huero; básteme aludir a su concepto del amor: fabricar artimañas
para conquistar mujeres que se ajusten a un paradigma.
En
virtud de ello, y por una especie de rara intuición, regresó al mirador que
ahora estaba casi vacío, a excepción de una dama de negra cabellera y humilde
vestir. Creo que con la información brindada acerca de nuestro protagonista el
lector tiene poco que especular, los que quieran hacerlo bienvenidos sean, al
fin y al cabo, la literatura posee muchas páginas blancas por llenar.
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