Artículo: Dos etapas en el desarrollo del creador

 

Albert Camus inaugura el absurdismo y reprocha, deduciblemente, el sentido de la vida con una frase que reza más o menos así: “Sólo el suicidio es un problema filosófico realmente serio.” Yo pienso que más relevante es elaborar un plan biográfico cuyo éxito puede darse o no, pero que siempre debe complacer a la persona y, con el transcurso de los años, hacerla feliz.

En esta dirección van los postulados del libro La conquista de la felicidad escrito por el ilustre matemático y pensador británico Bertrand Russell, quien, como es natural, tiene problemas para definir ‘felicidad’, aunque empleando una analogía logra catalogarla de bien. Un bien conseguible al través de una serie de factores coincidentes tanto internos como externos.

Hay más, pero uno de ellos es el trabajo, dividido en dos categorías, a saber: constructivo y caótico. El primero normalmente es exclusivo de los intelectuales; el segundo propio de las masas. La diferencia radica en que el trabajo constructivo es legado a generaciones posteriores y, a no ser por una catástrofe cósmica, perdurable. El segundo, claro, depende de la existencia del empleado.

La violación de esas metas produce alteraciones emocionales o patologías psíquicas; lamentablemente nuestra era es propicia para que esos males se adhieran a la cotidianidad. Enseguida mencionaré los que Bertrand observó y de consuno algunas expresiones mías: a) egocentrismo cuya génesis se remonta a la antropofilia del siglo XVI; b) el estigma del pecado muy particular de la época victoriana en la que creció Russell y c) la competitividad excesiva que posee una indubitable relación con el deseo de jerarquizarse inherente a la especie humana.

En otra parte de la obra el ilustre matemático cuenta que de niño le suscitaba un tedio enorme imaginarse llegar a los setenta años y que en la adolescencia tuvo una inclinación por el suicido. Acotaba, no obstante, que ahora, es decir en la adultez, sus ganas por vivir acrecieron. Quizá sea el único en interpretar esto como una idea acerca de las fases espirituales del intelectual y el comienzo, esta sí palmaria, de una crítica a agudos pesimista y, por añadidura, al pesimismo.

Entonces, es razonable conjeturar que existen dos etapas, independientes de la edad, en el desarrollo del creador: 1. Juventud, caracterizada por la perspicacia, el derrotismo y una autoestima minúscula; 2. Vejez, caracterizada por la sabiduría, la confianza y una extraordinaria compasión. Sin embargo, el pensador británico no recomendó que, para cuidarnos de la haraganería o, en este caso, de la esterilidad inventiva, estamos forzados a fluctuar entre esos ciclos, por más que, al final, terminemos contradiciéndonos como aquel dramaturgo argelino con La peste.

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