Aquilatando
sobre la violencia global me he dado cuenta de que aquellos años de la Ilíada
–donde
Diomedes
hacía un pacto de guerra con Glauco motivado por la tradición– o la tregua
navideña de 1914 –cuando ingleses y británicos detuvieron las ráfagas para
jugar fútbol– jamás regresarán. Un avispado lector podría aducir que los versos
no ejemplifican bien a la sociedad helénica de mediados del siglo VIII a. C. O
argumentar que las pausas bélicas son excepcionales.
Sin
embargo, empleados como símil ayudan a contraponer actitudes hoy irrealizables.
Las circunstancias variaron: es más fácil luchar sin agotarse, matar a
distancia y con mayor precisión. Aunque el símbolo, como se echa de ver en el
cuento de Borges El traidor y la cautiva,
resiste el paso del tiempo. Este, además, según infiero de una obra de Joseph
Campbell, el eximio mitólogo, se asemeja al mito cuya tarea principal es llenar
vacíos históricos para ordenar sociedades generalmente primitivas.
Aparte
de ello ¿qué nos vuelve mortíferos? En la actualidad cobran sentido muchas
hipótesis referidas al etnocentrismo, la xenofobia y el hermetismo político;
todos estos elementos combinados producen destrucción.
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