Sinopsis
Quien
se precie de cinemero debe haber visto Taxi
Driver de Martin Scorsese. Estrenada con pocas expectativas en 1976. Aquel
título define a medias el argumento: un taxista insomne trabaja bajo la luna
raspando las pistas de Nueva York, sumida en el deshonor tras perder la guerra
vietnamita. En esas calles de luces psicodélicas, Travis cree observar al
demonio, ese que observó en la isla
oriental cuando fue marinero.
Tiene
alivios fugaces, uno de ellos es el cine erótico; otros, son su diario y Betsy.
Rubia embelesante cuyo oficio consiste en publicitar la campaña presidencial
del senador Charles Palantine. Su rechazo –por motivos de pronta alusión–
desencadenará sucesos violentos contra lo que Bickle nombró sewer.
Los
temas
1. Antesala y creación
Paul
Schrader manejaba henchido de rabia cuando le sobrevino una metáfora acerca de
la soledad.[1]
Y, como todo artista, intuitivamente dio inicio al guion. Ya terminado –antoja imaginárselo en un convulso
amanecer angelino– no pensó que caería en las manos de un novicio, pero
alentador cineasta.[2]
Cuenta
el director que ningún integrante del equipo premeditó la diégesis audiovisual.
Por eso ha menester esta digresión: recelo del tiempo lineal en la estructura
narrativa; básteme señalar el principio onírico. Brumoso, con órbitas errantes
y música serena; es un prefacio a la mente del protagonista.
Hablando
de ella, muchos productores adjudicaron, convenientemente, psicosis al taxista.
Miremos la definición, un tanto enredada, de Galimberti:
…
pérdida más o menos total de la capacidad para comprender el significado de la
realidad en que se vive y para mantener entre uno mismo y la realidad una
relación de sintonía suficiente para permitir un comportamiento autónomo y
responsable en el ámbito cultural en que se vive.[3]
Incluso
así un plano-secuencia, donde se ven recortes elogiosos colgados en su
habitación, puede ser falso. Aparte, la lectura anterior obvia dos temas; en
seguida señalados.
2. Puntos axiales
A)
Vietnam: Posiblemente, Travis se conmocionó al conocer las brutalidades de la
pólvora, lo cual le produjo un tipo de psicosis, llamada reactivas. Según el inextricable Galimberti “surgen después de un
gravísimo trauma de carácter psíquico, no orgánico, provocado por
acontecimientos externos”;[4] uno de ellos es
bélico.
B)
Racismo: Si mi recuerdo acierta, Fernando Savater sostenía, basándose en una
simple comparación, que los pilares del “no racismo” eran salitrosos. O sea, teórica
y prácticamente bien, ningún caucásico podría igualarse a un moreno, y ningún
moreno a un caucásico.
Mas, sucede lo mismo con cualquiera; no concibo a Fulanito, verbigracia, empeñándose como yo o, para ser más original, amando como yo.
También, Quentin Tarantino reparó con sagacidad en la ojeriza de Bickle hacia los negros e indicó que un hombre de esa raza fue su primera víctima. Observación enriquecida por el estudio de los diálogos con sus compañeros. Cuando Travis interviene esquiva a Charlie –cuya procedencia racial eludo mencionar– y solicita consejos a Wizard. ¿La discriminación genera ese escogimiento? ¿O sólo coinciden las simpatías?[5]
Sea
como fuere, el director no desmiente mi conjetura enfocando a caminantes de
palmaria similitud que, desde la perspectiva del taxista, ansían lastimarlo.
Luego, Travis se rebate en su diario al escribir sobre los beneplácitos que
concede a más de uno.
C)
Soledad: Lope de Vega confesaba:
No
sé qué tiene el aldea
donde
vivo y donde muero,
que
con venir de mí mismo
no
puedo venir más lejos.[6]
Bickle
expresa: “La soledad me ha perseguido toda la vida.”
Supuestamente
ambos están hundidos en la soledad; error. El vate no se identifica con su
terruño y eso lo margina; al taxista no le persigue la soledad, él la persigue.
Tres motivos me respaldan: 1. toma pastillas energizantes y sufre insomnio; 2.
Betsy acepta compartir su tiempo con él y la lleva a un cine porno; 3. desea
fumigar el Bronx y pide cuidado –indudablemente
se autodestruye.[7]
He
ahí donde lo absurdo llega a su pináculo. Ensaya atentar contra el candidato,
no obstante, como supondría su muerte instantánea, se excusa en la promiscuidad
de Iris y pretende salvarla ultimando a dos proxenetas y a un parroquiano. ¿Inconsciencia
o vaticinio?
Dirección
Aquí
me limitaré a glosar las sugerencias scorseseanas. Primero, bifurquemos el
filme en temáticas:
Desequilibrio
Empieza:
vemos al taxista; charla mediante el fono; ruega a Betsy juntarse de nuevo y
oye una infelicidad. La cámara se mueve diestramente y enfoca un pasadizo
vacío.
Roger
Ebert, nombrando a Pauline Kael, interpretó que Bickle llama su propia atención;[8] sí y exhibe su fingida
oquedad. Hecho apuntado, particularmente,[9] en los espejos[10] cuya naturaleza esencial
la resume el famoso “Are you talking to
me.”
Termina:
mientras flotamos por habitaciones y soslayamos a tres occisos, Travis va
elaborando su ritual que acabará con una mueca vil.
Tensión
Una
multitud espera la alocución del senador Palantine; el taxista, todavía sin
raparse, entabla un raro y jocoso diálogo con un oficial del Servicio Secreto y
muestra una gracia incómoda. Después, Travis inquiere por Iris a Matthew Higgins;
aquel burlador de vírgenes esquiva la réplica mofándose de su atuendo vaquero.
Ambas
escenas crean tensión –fundada en nuestro saber de sus enfermedades psíquicas–
que finalizará, violentamente, con la transformación de Bickle. Pero, exentos
del grandioso Robert hubieran sido menos auténticas.
Técnica
Asimismo, es oportuno destacar su técnica indicando tres empleos: la vertiginosa cámara en
mano que separa al taxista del entorno; los primeros planos que, opuestamente,
lo anclan a la “realidad” y unos planos generales que filman vetustas moles,
cuyo significado exclama ¡degeneración!
Fotografía
La
setentera Nueva York guarda tres elementos axiales que complementan a Travis:
ilegalidad, neones y vaho. Estos toman forma tras el descenso solar y mediante
los ojos del taxista. Así la fotografía de Chapman se vuelve un luminoso paseo
de la infamia con jazz.
Música
Al
notable Bernard Herman, seguro, le encargaron musicalizar la rara privación
sensorial de Travis. Y lo logró, ahondando el filme con sonidos extensamente
graves que son refutados por las azules melodías de Ronnie Lang.[11]
Conclusión
Martin, en virtud de todo lo analizado, establece un genial patrón de contradicciones que, sección a sección, emulan la insanía. Ello, justamente, le da brillantez a su obra.
[1] Cf. American Film Institute, 28 de enero
de 2019, https://www.youtube.com/watch?v=ChOCtN00UNk&t=2s
[2] Martin
había realizado Alice Doesn’t Live Here
Anymore (1974) –objeto de
críticas disímiles– y Mean Streets (1973).
[3] Umberto Galimberti, Diccionario de psicología y psiquiatría, Siglo Veintiuno, 2002, p. 919.
[4] Op.
cit. p. 920.
[5] Aversión
también criticada en Ranging Bull.
Revivamos, con brevedad, algunas escenas: La Motta es golpeado por un
descendiente de africanos; inmediatamente el encuadre se ralentiza y abundan
los contraplanos. Jack mira al rival que, gracias a la luz, está endemoniado.
[6] Lope de Vega, Poesías, selección y prólogo de Rafael Alberti. Losada, s.f., pp. 78-82.
[7] En esta
contradicción algunos han comparado al conductor con un fascista.
[8] Taxi
Driver movie review & film summary, Roger Ebert, 1 de junio, 1976: www.rogerebert.com/reviews/taxi-driver-1976.
[9] Con este
adverbio omito ‘reflejo’, fragmentador por antonomasia que se sirve de muchas
cosas: ventanas, televisores, líquidos, gafas…
[10] De
acuerdo a Plotino “simulan estar llenos, pero están vacíos”; en Historia de la eternidad, Jorge Luis
Borges, Debolsillo, México, 2021, p. 19.
[11] Un
informante dice que su nombre no aparece en los créditos, aunque haya
colaborado en la película: variety.com/1976/film/reviews/taxi-driver-1200423788/.
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