Cuento: Fragmentos


Diariamente Lucho insultaba a su madre llamándola cínica y traidora. Ella no era la única afectada por su furia, por ejemplo, ningún desconocido estaba exento de padecerla con tan sólo dirigirle una mirada llena de reticencia. Esa reacción era coherente a causa de sus bestiales tratos, aun reprobables para los habitantes de la caótica urbe donde residía.

A pesar de ello nunca peleó contra mujeres ni contra hombres débiles, pues los consideraba una pérdida de tiempo. Por eso mismo elegía bien a sus rivales y siempre les dejaba una cierta ventaja diciendo: ¡Pégame acá, fuerte! Hacía referencia a su mejilla izquierda que inflaba burlonamente para incitarlos. La gran mayoría de los contrincantes cruzaban el aire con el puño, pero antes de que éste aterrizara en el rostro de Lucho, lo esquivaba extrayendo de detrás de su pantalón una navaja cuyo botón del agarre descubría una hoja afilada.

Produce extrañeza que sus víctimas no mortales jamás lo hayan denunciado; quizá sentían humillación o quizá desconfiaban de la justicia estatal. De cualquier modo, las cosas iban a cambiar de manera imprevisible una mañana veraniega. Lucho conducía hacia su lugar favorito: la playa, le encantaba tanto como responder obscenamente a los conductores que le reprochaban la imprudencia de sus bruscos movimientos.

Atrapado en el tráfico, encendió la radio, pulsó la pantalla, ansioso, e incrementó el volumen de la música tecno. Vio en el tablero que el reloj electrónico estaba quieto; un minuto después tocó la bocina incansablemente y, harto ya, sacó su cabeza por la ventanilla pronunciando cien improperios que mil eufemismos no ocultarían. El silencio le respondió; entonces, decidió bajar del carro, extrañado, sin viles pretensiones, sólo quería saber por qué el transito se detuvo o sencillamente: ¿Qué pasaba?

Delante de él una larga fila de vehículos copaba su visión, en virtud de lo cual conjeturó que soñaba con pesadez, o sea, que atravesaba por una pesadilla. Temió y concentró sus pensamientos en despertarse, mas no pudo triunfar. Ofuscadísimo pateó la rueda de un coche, luego rompió el espejo y, finalmente, con la ayuda de una llave inglesa, destruyó el parabrisa. Extenuado se tendió encima de la capota, miró al cielo secando sus ojos acaudalados y le dijo a Dios: Padre ¿qué he hecho para merecer esto?

Parece que el Gran Hacedor lo estuvo escuchando porque el cielo comenzó a iluminarse, sonaron las trompetas de Brown y una voz teatral expresó: ¡Acércate, hijo, acércate al mar! Lucho, reconfortado, agonizante, incrédulo, obedeció. Cuando llegó a la orilla la voz volvió a expresarse: Detente, hijo, detente… Ahora, híncate y hunde tu rostro en la arena, avergüénzate de tus pecados y repite perdón, Padre, perdón, Creador del Universo. Lucho emuló los sintagmas y alzó la mirada esperando una nueva indicación, sin embargo, de su semblante cayeron los fragmentos de una máscara.

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